
VER TAMBIÉN:
Comunicados de
prensa
Noticias
Discursos: Renato
Ruggiero
Discursos:
Mike Moore
|

En la esfera de las relaciones comerciales internacionales, la característica
fundamental y distintiva de la estrategia impulsada por los Estados Unidos para garantizar
la estabilidad y la prosperidad ha sido el multilateralismo, sostuvo hoy (14 de
octubre) el Sr. Renato Ruggiero, Director General de la OMC, al dirigirse al American
Business Council en Williamsburg, Virginia, Estados Unidos de América.Haciendo uso de la
palabra ante un público compuesto por la dirigencia empresarial estadounidense, el Sr.
Ruggiero puso de relieve cuán importante ha sido la visión y el liderazgo de los Estados
Unidos, primero en el marco del GATT de posguerra y ahora en el de la flamante OMC, para
conseguir que la piedra angular del sistema internacional de comercio esté constituida
por el principio del multilateralismo que es la no discriminación, o principio de la
nación más favorecida (NMF). Dio seis razones por las que los gobiernos se han atenido
al principio NMF y por las que es esencial resistirse al señuelo de las aparentes
ventajas a corto plazo del bilateralismo, e hizo hincapié en que no hay en
absoluto oposición entre una defensa resuelta del interés estadounidense y la existencia
de un sistema multilateral abierto.
Adjunto
figura el texto completo del discurso del Sr. Ruggiero.
El sistema multilateral de comercio: visión de los Estados
Unidos y liderazgo de los Estados Unidos
Alocución pronunciada por el Sr. Renato Ruggiero Director General de la Organización
Mundial del Comercio ante el BUSINESS COUNCIL
Williamsburg, Virginia, 14 de octubre de 1995
Es para
mí un honor estar hoy aquí y poder hacer algunos breves comentarios sobre el tema de la
Organización Mundial del Comercio ante un público de personalidades tan connotadas.
Pienso que sería difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo una concentración
de poder decisorio en materia de comercio que pueda equipararse a la que tengo al frente
en estos momentos. Las decisiones que ustedes adoptan en la conducción de sus operaciones
en cuanto puntuales de la actividad empresarial estadounidense, y la influencia que
ejercen sobre las decisiones políticas en el mundo entero, tienen para todos nosotros una
enorme gravitación. Esto hace que sea particularmente consciente de la oportunidad que se
me brinda de tomar parte en sus deliberaciones.
Cuando hace
más de cuatro decenios tanto Europa como el Japón y muchas otras naciones se estaban
recuperando todavía de los estragos causados por la conflagración mundial, los Estados
Unidos ya habían articulado y plasmado una visión del nuevo orden mundial. Ése es el
orden mundial del que se han beneficiado tanto tantas naciones a lo largo de los años.
Ése es el orden mundial en que ha sido dable asentar la economía planetaria de la
actualidad. El colapso del comunismo soviético -y la reforma económica emprendida en
muchos países en desarrollo- han hecho más próxima la visión estadounidense de una
comunidad de Estados democráticos que cultiven la coexistencia pacífica, respeten los
derechos individuales y se funden en un sistema económico basado en el mercado que eleva
el nivel de vida de la población, preserva sus oportunidades y recompensa el esfuerzo. El
reto que se plantea ahora es el de saber aprovechar esta oportunidad histórica para
terminar de edificar un sistema económico auténticamente mundial que se apoye en el
libre comercio y en principios económicos liberales. A mi juicio, nos encontramos
precisamente en una época en que el empeño por concretar esa visión primigenia
estadounidense resulta más crucial que nunca para la paz y la estabilidad del mundo.
En la esfera
de las relaciones comerciales internacionales, la característica fundamental y distintiva
de la estrategia impulsada por los Estados Unidos para garantizar la estabilidad y la
prosperidad ha sido el multilateralismo. Éste, o sea la no discriminación, representa la
piedra angular del sistema de comercio encarnado en la posguerra por el GATT, y por la OMC
el día de hoy. Ése es el principio por el que se han regido los gobiernos miembros en el
curso de ocho rondas de negociaciones comerciales multilaterales. Como consecuencia de
esos esfuerzos de negociación, los aranceles de los países desarrollados sobre productos
industriales han disminuido de más del 40 por ciento a menos del 5 por ciento. Y a medida
que se reducían los aranceles, los negociadores se iban centrando cada vez más en los
obstáculos no arancelarios al comercio. La Ronda Uruguay ha llevado al sistema
multilateral de comercio a territorios vírgenes, al ampliar su alcance al comercio de
servicios y a la protección de los derechos de propiedad intelectual. Ha servido además
para acrecentar la liberalización y fortalecer las disciplinas en muchos sectores de
interés tradicional. La nueva Organización Mundial del Comercio, creada por la Ronda
Uruguay, ha establecido un sistema reforzado de solución de diferencias, el cual, sin que
ello comporte el más mínimo menoscabo de la soberanía nacional, pondrá a disposición
de los gobiernos un recurso eficaz en todos aquellos casos en que consideren que sus
interlocutores comerciales no están cumpliendo los compromisos contractuales por éstos
contraídos.
La Ronda
Uruguay constituyó un esfuerzo concertado en pos de la actualización del sistema
multilateral de comercio y de un incremento de su eficacia en cuanto árbitro de las
relaciones económicas entre los países, cuya intensidad, complejidad y amplitud jamás
tuvieron en el pasado la magnitud que hoy las caracteriza. Como era de preverse, los
Estados Unidos fueron, una vez más, el primer centro de impulsión de la Ronda Uruguay y
de la extensión del temario de la misma. En la OMC, al igual que en el GATT, no cabe que
se haga nada importante sin el respaldo estadounidense.
Es ya patente
que otras cuestiones que afectan al intercambio internacional de bienes y servicios
reclaman la atención de los gobiernos. Entre ellas mencionaré, de manera particular, las
normas en materia de inversiones. Aunque en el Acuerdo relativo al sector de los servicios
se aborda la cuestión de las inversiones en dicho sector, quedan todavía por elaborar
normas de amplia base tendentes a asegurar para la inversión internacional lo que se
consiguió en el GATT con respecto a las mercancías. Es también probable que haya cabida
para ocuparse de la política en materia de competencia, evocada tan sólo en términos
más bien generales en el caso de los servicios y de la propiedad intelectual.
He mencionado
esos temas nuevos para subrayar así la constante pertinencia del sistema multilateral de
comercio de cara a las necesidades de la economía mundial. Es indudable que se precisa
una actualización continua del sistema para que éste se corresponda con el carácter
cada vez más planetario de la economía mundial. El comercio internacional ha pasado a
ocupar un lugar bastante más importante en el contexto de prácticamente todas las
economías nacionales. Si la producción mundial se ha multiplicado casi seis veces en
términos reales desde 1950, el comercio mundial se ha multiplicado por trece. En los
Estados Unidos, las exportaciones representaban tan sólo el 5 por ciento de la renta
nacional en 1960; a comienzos de los años noventa, la parte de las exportaciones en el
PIB ascendía a más del doble. Lamentablemente carecemos de estadísticas fiables acerca
del comercio internacional de servicios, pero sabemos que el comercio de éstos registra
una expansión incluso más rápida que la del comercio de mercancías y totaliza
actualmente alrededor del 20 por ciento de las corrientes comerciales internacionales. Ese
20 por ciento abarca únicamente el comercio transfronterizo, pero no en cambio las
transacciones de los proveedores extranjeros de servicios en el seno de las economías
nacionales, que el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios incluye igualmente.
Al tiempo que
crece la importancia del comercio, también crece la contribución de éste a la creación
y el mantenimiento de puestos de trabajo. En los Estados Unidos más de siete millones de
empleos dependen de las exportaciones de mercancías. Del número total de puestos de
trabajo creados en los Estados Unidos en más o menos los diez últimos años,
aproximadamente una tercera parte procede del incremento de las exportaciones de
mercancías, y de la actividad de exportación prácticamente todos los nuevos empleos en
el sector manufacturero. Si dispusiéramos de estadísticas en lo que respecta a los
servicios, esas cifras serían incluso más impresionantes.
Las
corrientes internacionales de inversiones también han aumentado espectacularmente en los
últimos años. La inversión extranjera directa para todos los países en conjunto
totalizó anualmente por término medio 50.000 millones de dólares EE.UU. en el curso de
la primera mitad de los años ochenta, y en 1993 se elevaba ya a 194.000 millones de
dólares EE.UU. Hubo una época en que los empresarios con actividades internacionales
solían enfocar el comercio y la inversión como medios sustitutivos de asegurarse el
acceso a mercados extranjeros. Hoy en día las empresas tienen necesidad a menudo de estar
en condiciones tanto de invertir como de comerciar para llevar adelante sus negocios
-éste es un aspecto importante de la actividad económica a escala mundial, y el éxito a
tal respecto está supeditado a la existencia de regímenes abiertos y previsibles en
materia de comercio e inversión.
El número de
países que participan activamente en el sistema internacional de comercio no ha cesado de
progresar. En 1948 el GATT contaba con 23 miembros; en la OMC hay hoy 109 países miembros
y el número de éstos se está acrecentando con celeridad. Entre los países que negocian
su eventual ingreso en la OMC figuran China, Rusia y muchas antiguas repúblicas
soviéticas. Esas negociaciones deben garantizar que los nuevos miembros satisfagan los
requisitos prescritos para formar parte de la OMC; es sin duda innegable que todos deben
acatar sus normas. Pero es igualmente innegable que la exclusión de un país como China
no aporta una base sólida a largo plazo para el sistema multilateral de comercio, ni
tampoco, según mi parecer, para la estabilidad política mundial.
Poca
necesidad puede haber de exaltar en un foro como éste las ventajas que depara el
intercambio internacional, pero sí quisiera explicar someramente por qué atribuyo tanta
importancia al mantenimiento del principio de no discriminación, o de la nación más
favorecida, en cuanto eje de las relaciones internacionales en la esfera del comercio y la
inversión. No cabe duda de que el sistema internacional de comercio está construido
sobre varios planos: hay un plano que se presta a los enfoques bilaterales, uno más
amplio de alcance regional y, luego, el plano multilateral. No sería realista -e
incluso sería equivocado- postular que las relaciones comerciales deben abordarse
exclusivamente en el plano multilateral. Pero sería igualmente equivocado considerar que
los enfoques bilaterales o regionales constituyen una alternativa al sistema multilateral.
No hay, ni debe haber, oposición alguna entre esos tres estratos, sino más bien una
complementariedad natural entre ellos, bajo la primacía del sistema multilateral regido
por normas. Permítanme dar seis razones por las que -tomando en consideración la
existencia de los demás estratos- un enfoque multilateral resulta esencial para que las
naciones puedan beneficiarse plenamente de la especialización internacional.
En primer
lugar, las políticas comerciales no discriminatorias dan a los hombres de negocios la
oportunidad de comprar y vender en las mejores condiciones posibles, libres de toda
distorsión de origen gubernamental en lo que concierne a las decisiones en materia de
fuentes de abastecimiento. El principio NMF es pues uno de eficiencia, tanto en la medida
en que garantiza el acceso a suministros de bajo costo como en la medida en que da a los
productores la posibilidad de realizar ventas en mercados extranjeros sin tener que
encontrarse por efecto de alguna política en una situación de desventaja relativa frente
a otros proveedores. En segundo lugar, dado un mundo de regímenes comerciales
diferenciados y discriminatorios, la complejidad de todo negocio más allá de una
frontera y el tiempo que éste exigirá serán mayores, lo que elevará los costos y
socavará la competitividad. El trato NMF reduce pues, además, el costo de las
transacciones.
La tercera
razón en favor del mantenimiento del principio NMF viene determinada por la importancia
de asegurarse de que las economías en desarrollo y en transición permanezcan dentro del
marco del sistema. Un cambio notable que data de hace relativamente poco es la aceptación
generalizada por esos países de políticas basadas en el mercado. Ellos han reconocido
las ventajas de un sistema internacional de comercio abierto, cuyos beneficios les
interesa compartir. En el curso del último decenio más de 70 países en desarrollo han
puesto en marcha iniciativas multilaterales de liberalización del comercio. No dejaría
de ser irónico, amén de oneroso, que esos países se pusieran bajo la advocación del
sistema internacional de comercio precisamente cuando los principales protagonistas del
mismo estarían empezando a adoptar un enfoque discriminatorio y excluyente.
En cuarto
lugar, la discriminación inherente a toda relación comercial basada en la reciprocidad
supondrá necesariamente que las relaciones económicas queden definidas, fundamentalmente
cuando no exclusivamente, en términos bilaterales. Esto creará a su vez vínculos
inextricables entre los intereses económicos y la dinámica política -en otras palabras,
el bilateralismo entraña una politización del comercio. Las relaciones de poder pasarán
en la negociación por delante de las regidas por normas. Los resultados de ella dejarán
de depender de los propios intereses mutuos, ya que los países terminarán por actuar en
función de lo que estarán forzados a hacer y no de lo que considerarán útil desde el
punto de vista del respectivo interés nacional. El compromiso en pro de la cooperación
internacional se debilitará y la estabilidad de los acuerdos internacionales será menor.
No habrá ya un sistema, sólo arreglos bilaterales ad hoc, a menudo efímeros.
En quinto
lugar, la posibilidad de extraer de los interlocutores comerciales compromisos de acceso a
los mercados sobre la base de la amenaza de proceder en caso contrario a una exclusión de
sus productos, aunque pueda parecer tentadora en determinadas circunstancias, obliga de
hecho a jugar una partida peligrosa. Es perfectamente posible que otros países sigan ese
ejemplo, dado lo cual sus consecuencias serán inciertas. La existencia de innumerables
combinaciones de interlocutores comerciales encerrados en pujas dominadas por la
reciprocidad debiera ser sin lugar a dudas una perspectiva capaz de hacer vacilar hasta a
los más férreos escépticos con que tropieza la causa del multilateralismo. ¿Cuáles
serían en nuestro actual mundo interdependiente las consecuencias de una situación como
ésa en lo que respecta a renta y crecimiento, para no mencionar las que tendría en lo
que respecta al desarrollo de la actividad empresarial? Una vez más, la amenaza de
trastornos y de una costosa desorganización de las relaciones económicas internacionales
regulares procedería de la ausencia de normas claras y previsibles para la conducción de
las relaciones comerciales internacionales.
Por último,
un elemento valioso del sistema de la OMC, a menudo inexistente o ineficaz en el ámbito
de los acuerdos bilaterales, es la solución imparcial de las diferencias. En el caso de
los acuerdos bilaterales fundados en la reciprocidad, con excesiva frecuencia no hay forma
de garantizar su observancia. A falta de un sistema estructurado de solución de
diferencias, de incontestable legitimidad, los desacuerdos resultantes de arreglos
bilaterales pueden dar lugar a un grave deterioro de las relaciones comerciales más
amplias, sin hablar de las de carácter político.
Esas son las
seis principales razones por las que los gobiernos se han atenido al principio NMF a lo
largo del período de posguerra y por las que es esencial resistirse al señuelo de las
aparentes ventajas a corto plazo del bilateralismo.
Durante el
breve tiempo que ha transcurrido desde que empecé a ejercer el cargo de Director General
de la OMC, se han emprendido en ésta varias negociaciones relativas al sector de los
servicios. A mi juicio, dos de ellas -sobre los servicios financieros y sobre las
telecomunicaciones básicas- tienen particular importancia para el contexto en que se
desarrollan las actividades empresariales internacionales. Se trata de negociaciones
particularmente ilustrativas de los desafíos que tiene ante sí el sistema multilateral
de comercio, así como del margen a su disposición para hacer una aportación valiosa al
aumento de la prosperidad. El acceso a servicios financieros y de telecomunicaciones
eficaces y de poco costo constituye sin duda una condición previa de la competitividad
internacional para prácticamente todos los sectores.
Las
negociaciones relativas a las telecomunicaciones básicas deberán quedar concluidas a
finales de abril del próximo año. Si culminan con éxito, traerán aparejadas nuevas
oportunidades importantes en materia de comercio e inversión. Esas negociaciones
coinciden con una tendencia a la liberalización de dicha rama, que puede atribuirse tanto
a las presiones de las industrias usuarias como al rápido avance tecnológico. Pero hay
una resistencia denodada a la supresión de los mecanismos de suministro monopolista en
muchos países, y la realización de una acción multilateral concertada ofrece las
mejores posibilidades de conseguir resultados de vasto alcance. En caso de que las
negociaciones finalicen con éxito, las empresas de explotación de las telecomunicaciones
deberían quedar en condiciones de brindar una amplia gama de servicios a precios
competitivos, tanto en el mercado nacional como en el internacional. Los Estados Unidos
ocupan una posición de vanguardia en esa esfera de negociación, en cuanto país dotado
de uno de los mercados de telecomunicaciones más liberal y de costo más bajo del mundo.
Es de esperar que su compromiso en favor de un auténtico resultado multilateral siga
careciendo de toda ambigüedad. Se precisa un resultado decisivo en las negociaciones de
la OMC para poder hacer realidad la visión de una Sociedad Planetaria de la Información.
Para
terminar, desearía insistir en que, para mí, no hay en absoluto oposición entre una
defensa resuelta del interés estadounidense y la existencia de un sistema multilateral
abierto. Antes bien, ese sistema se ha ensayado ya y se ha constatado que es positivo,
tanto para favorecer la prosperidad estadounidense como para defender los derechos
estadounidenses con sujeción a sus normas. Se trata de un sistema más capaz ahora que
nunca de satisfacer ese objetivo fundamental de los Estados Unidos que es el imperio de la
ley en el comercio internacional. Sería trágico permitir que posturas estrechamente
centradas en la reciprocidad, y las aparentes virtudes de ventajas sectoriales inmediatas
conseguidas sobre la base de arreglos discriminatorios, pongan en peligro la continuidad y
la estabilidad del sistema internacional de comercio. Esto no redundaría en provecho de
ningún país. |
|