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El Sr. Ruggiero pronunció su discurso, cuyo texto completo se adjunta, en una Conferencia
sobre la futura orientación del sistema multilateral de comercio que organizó el
Gobierno de Australia.Invitar al Director General de
la OMC a pronunciar un discurso sobre las razones por las cuales el mundo necesita una OMC
fuerte y eficaz es algo así como invitar a un cardenal a que pronuncie un sermón sobre
los beneficios de la virtud: se puede dar una versión extensa o una versión breve, pero
ninguna de ellas dejará mucho lugar para dudas o debates. Pueden estar tranquilos, hoy
expondré la versión breve.
Antes de
comenzar quisiera felicitar al Sr. Bob McMullan y a sus colegas por la iniciativa de
invitarnos a Brisbane. Corresponde -y realmente cabe esperar- que Australia asuma ese tipo
de iniciativas en la preparación de Singapur y en el examen del futuro programa de
trabajo de la OMC. Australia siempre ha apoyado activamente un sistema multilateral de
comercio abierto, basado en normas convenidas y exigibles y, considero justo decirlo,
también ha sido uno de los países que más se han beneficiado con ese sistema. Australia
fue uno de los 23 miembros fundadores del GATT. También fue uno de los primeros países
que ratificaron el Acuerdo sobre la OMC y se adhirieron como Miembros a la nueva
Organización. Importantes grupos de negociación de la Ronda Uruguay fueron presididos
por australianos, y, por otra parte, también los embajadores australianos siempre han
desempeñado un papel fundamental en la vida del GATT y de la OMC. Esta Conferencia es
otra señal más del compromiso de Australia con la OMC y puedo asegurarle, Senador
McMullan, que apreciamos mucho ese compromiso.
Sospecho que
la mayoría de los presentes en esta sala no abrigan serias dudas acerca de la necesidad
de que la OMC sea una Organización fuerte y eficaz. Reconocemos el extraordinario éxito
que ha tenido el GATT durante sus 48 años de vida y confiamos en que la OMC tiene el
potencial requerido para inspirar al crecimiento económico, el desarrollo y una mejora
general del bienestar social durante los próximos decenios. Nuestra confianza nace en
parte de una idea que predomina sobre todas las demás en cuanto a la forma en que vemos
ahora el desenvolvimiento del comercio; un factor que apunta exclusivamente al sistema
multilateral de comercio como el vehículo más coherente para impulsar un crecimiento
económico sostenible. Esa idea, esa realidad, es la mundialización.
El hecho de
que desde los años 50 en adelante hayamos registrado continuamente tasas de crecimiento
del comercio mundial mucho más elevadas que las de la producción mundial demuestra con
elocuencia cuán rápida y cuán persistentemente ha avanzado durante los últimos cinco
años ese proceso, que en alguna oportunidad se denominó interdependencia pero que ahora
conocemos como mundialización. Si ahora podemos hablar de un mercado mundial -aunque
incompleto e imperfecto- es sólo porque ese proceso ha alcanzado un punto en el que los
pueblos son más conscientes del comercio y de la inversión a escala mundial y menos
conscientes de los límites nacionales o regionales.
Y esa
consciencia trae consigo grandes esperanzas y expectativas. Muchos países en
desarrollo -incluso, me alegra decirlo, cada vez más países del continente
africano- están abriéndose al mercado mundial. Y si nosotros podemos ayudarlos a que
tengan éxito en la apertura de sus economías y ofrecerles oportunidades de comercializar
sus productos en el exterior ellos, a su vez, se convertirán en nuevos mercados,
vigorosos, exigentes, para las exportaciones de las economías industriales y de los
países en desarrollo más adelantados. Esta es la forma en que se supone que funciona el
mercado mundial.
¿Qué
respuesta debemos dar en la OMC? En primer lugar, necesitamos trabajar duramente para
asegurar la plena y firme aplicación de los compromisos de la Ronda Uruguay. Si se
cumplen debidamente, esos compromisos podrán abrir claras posibilidades de favorecer y
promover el crecimiento del comercio y la inversión en los próximos años. Hemos sabido
establecer un sistema muy moderno: queda aún por saber si lo utilizaremos con eficacia y
firmeza.
Al término
del primer año de existencia de la OMC he podido dar cuenta de una situación en general
favorable con respecto al funcionamiento de la Organización. El panorama es
particularmente alentador en la esfera de la solución de diferencias. Un número
considerable de países -tanto pequeños como grandes- recurren con frecuencia y en
diversas formas a los procedimientos previstos y, muy a menudo, logran solucionar sus
diferencias en la fase de consultas, evitando así todo el peso de las actuaciones del
grupo especial y de la apelación. Aunque aún no hemos ensayado las últimas fases del
procedimiento, no tengo motivos para temer que los gobiernos no sigan asumiendo sus
obligaciones y ejerciendo sus derechos en este contexto con la misma seriedad.
Al mismo
tiempo, sería sorprendente que la aplicación de los resultados de la Ronda Uruguay no
tropezara con dificultades. Naturalmente las habrá: hemos pedido mucho a los gobiernos y
a sus legislaturas, y sería ilusorio creer que en algún país la aplicación completa de
los resultados de la Ronda Uruguay resulta fácil y procede sin obstáculos. Pero el
esfuerzo debe hacerse. Sin ese esfuerzo, se reducirán las múltiples ventajas que vimos
surgir de la Ronda o simplemente no se concretarán. Hoy por hoy considero que no hay
peligro de que ello se produzca. Pero debemos estar atentos y educar e informar a la
opinión pública con respecto a las razones por las cuales los cambios que debe
introducir un país desde el momento en que es Miembro de la OMC son tan valiosos como
ineludibles.
La segunda
respuesta a las necesidades urgentes del mercado mundial debe ser el éxito de nuestro
programa de negociaciones. Esto concierne principalmente, pero no exclusivamente, al
comercio y las inversiones en la esfera de los servicios. Nuestro mandato consiste en
negociar varias disciplinas "horizontales" que actualmente no están previstas
en el AGCS: subvenciones, contratación pública, salvaguardias y normas, por ejemplo.
Estamos negociando en el sector de los servicios profesionales, en particular con respecto
al sector de la contabilidad. Para fines de junio, debemos haber entablado las
negociaciones sobre el transporte marítimo. Pero entre todos estos mandatos, debido
precisamente a su inextricable vinculación con el proceso de mundialización, tiene
preeminencia la negociación sobre telecomunicaciones básicas. El éxito en esta esfera
será una señal decisiva de la voluntad de los gobiernos de seguir, frente al sistema
multilateral de comercio, la lógica que corresponde a un mercado mundial. Tenemos tiempo
hasta fines de abril. Nos acercamos a las instancias finales de la negociación. A partir
de ahora es preciso que aumente el número de participantes, y que aumenten y mejoren las
ofertas. Confío en ustedes para que así suceda.
Daremos la
tercera respuesta abordando nuevamente algunas de las más vastas actividades de
liberalización de la Ronda Uruguay. Los resultados obtenidos en la reducción de
aranceles fueron impresionantes pero en determinada fase, y tal vez antes de lo previsto,
tendremos que considerar si podemos ir más allá de esos resultados o ponerlos en
práctica más rápidamente. Y para fines de siglo estamos comprometidos a celebrar nuevas
y sustanciales negociaciones en materia de agricultura y de servicios transfronterizos. Se
trata de compromisos serios e importantes, que no pueden postergarse demasiado y que los
gobiernos deben tener muy presentes al examinar sus programas de negociaciones comerciales
para los años venideros.
En cuarto
lugar, para que el sistema siga respondiendo plenamente al mercado mundial, su programa de
trabajo debe evolucionar constantemente. Por supuesto, la cuestión relativamente nueva
del comercio y el medio ambiente ya ha sido incluida en el programa de la OMC. El Comité
de Comercio y Medio Ambiente está avanzando positivamente en la definición de algunos
parámetros convenidos de común acuerdo en esta relación compleja y, en algunos puntos,
controvertida. Creo que en la Conferencia de Singapur podrá darnos un informe alentador,
en el que confío que subrayará el hecho de que las políticas comerciales y las
preocupaciones ambientales pueden y deben reforzarse mutuamente.
Al
prepararnos para Singapur también debemos pensar la forma en que acometeremos las otras
cuestiones nuevas, que varios Miembros de la OMC se han manifestado
interesados en abordar.
Por ejemplo,
el comercio y la inversión: el hecho de que se les haya considerado en algún momento en
forma separada o como alternativas constituyó más una aberración histórica y política
que una realidad práctica. Ambos temas están estrechamente conectados y mucho más en el
contexto de la mundialización. Las empresas comercian para invertir e invierten para
comerciar. Los países en desarrollo y las economías en transición no podrán
diversificar sus exportaciones en ninguna escala significativa si no atraen inversiones,
que a su vez adquieren cada vez más importancia en la medida en que se intensifican las
presiones sobre los presupuestos destinados a la ayuda. Y sin inversiones internas tampoco
podrán desarrollarse sectores de servicios que brinden un apoyo adecuado a la actividad
manufacturera y exporten servicios por cuenta propia.
El AGCS se
basó principalmente en la idea de que los proveedores de servicios deben invertir y
establecerse en los mercados a fin de abastecerlos. Gran parte del Acuerdo sobre las MIC
tiene por finalidad crear condiciones jurídicas seguras para la inversión y, en
particular, para la transferencia de tecnología. Por supuesto, el Acuerdo sobre la OMC
establece la ilicitud de determinadas medidas relacionadas con las inversiones que
distorsionen el comercio. En pocas palabras, resulta difícil decir que las inversiones
constituyen una cuestión nueva para la OMC.
El problema
es cómo iremos adelante y hacia dónde. Las inversiones internas siempre han sido
promovidas y protegidas por tratados bilaterales: alrededor del 60 por ciento de 900
de esos tratados se ha negociado en los últimos 10 años. Además, acuerdos
regionales celebrados recientemente incluyen condiciones relacionadas con las inversiones.
En conjunto, no puede decirse que en el mundo exista un clima muy coherente o previsible
para las inversiones. En efecto, la situación actual es la antítesis misma de la que
debería propugnarse en una economía mundial.
Sin restar
mérito a los esfuerzos que se hacen actualmente por racionalizar la situación, no hay
que olvidar que siguen siendo fragmentarios: muchos países han quedado excluidos y es
posible que los términos que en definitiva fueron acordados resulten mucho menos que
aceptables para la mayoría excluida. Por otra parte, es muy importante que los intentos
por establecer normas internacionales aplicables a las inversiones no entren en pugna con
los compromisos ya asumidos en la OMC ni con el programa de trabajo de ésta; por ejemplo,
como ya lo he mencionado, dentro de pocos años comenzará una nueva ronda de
negociaciones sobre servicios. Hay muchos argumentos que pesan a favor de una iniciativa
auténticamente multilateral en esta esfera.
Otra
consecuencia de la mundialización es la atención cada vez mayor que se está prestando a
las prácticas privadas que puedan restringir o distorsionar el comercio y la competencia
internacionales. El GATT, y ahora la OMC, se han interesado principalmente en la
eliminación o reducción de las medidas gubernamentales que tienen esos efectos.
No obstante,
no es para nada nueva la necesidad de incluir los asuntos relativos a la política en
materia de competencia en los acuerdos comerciales internacionales.
- Cabe observar
que ya en la segunda mitad del decenio de 1940, cuando nació el GATT, en la Carta de La
Habana, que nunca entró en vigor, se reconocía la necesidad de integrar las cuestiones
del comercio, la política en materia de competencia y las inversiones.
- En diversos
acuerdos regionales, que reflejan fases más avanzadas de integración económica,
también se han tratado estos temas en una forma coherente y unificada.
- Algunos
Acuerdos de la OMC, en particular sobre servicios y propiedad intelectual, ya contienen
disposiciones relativas a la competencia.
- En las
negociaciones en curso sobre telecomunicaciones, una cuestión de capital importancia es
la necesidad de contar con salvaguardias adecuadas para impedir el abuso de posiciones
dominantes en el mercado.
Todos ustedes
tienen conocimiento de las diferencias comerciales que recientemente se han planteado en
torno a las distintas concepciones del papel de la política en materia de competencia y
de su aplicación para ofrecer oportunidades comerciales. En efecto, es inevitable que la
OMC se vea cada vez más involucrada en cuestiones relativas a una política de defensa de
la competencia, independientemente de que este asunto figure oficialmente en el orden del
día de Singapur. Habría que decidir si la OMC debe tratar las cuestiones relacionadas
con la política en materia de competencia solamente de manera ad hoc, en el
contexto de cuestiones específicas relativas a la política comercial, o si debería
iniciar un examen global de los vínculos existentes entre comercio y competencia con
miras a desarrollar una perspectiva multilateral coherente de la forma en que la política
comercial y la política en materia de competencia podrían reforzarse recíprocamente.
Algunos
Miembros de la OMC consideran conveniente incluir en el nuevo programa el tema del
comercio y las normas del trabajo. No duden de que soy plenamente consciente de los
aspectos delicados que encierran ambos puntos de la cuestión, que también considero
debería ser objeto, al menos, de un debate, incluso informal, a fin de evitar conflictos.
A mi juicio, aumentarían considerablemente las posibilidades de tal debate si se aceptara
claramente que el proteccionismo no constituye una respuesta adecuada a las inquietudes
que despiertan las normas del trabajo. Por otra parte, considero que los países no
deberían mejorar sus propias condiciones de competencia explotando deliberadamente a los
sectores vulnerables de la fuerza de trabajo. Es necesario aclarar si se trata de una
preocupación por los derechos humanos o por la competitividad. Si, -y estoy seguro de que
la mayoría de las personas piensan lo mismo- se trata de una cuestión de derechos
humanos, cabe preguntarse qué categorías de derechos están en juego. Aquellos más
fundamentales -es decir, los relativos al trabajo infantil y al trabajo forzado o
los derechos sindicales- ya han sido reconocidos más o menos en todo el mundo, en la
Declaración Universal de Derechos Humanos. Ahora el problema consiste en encontrar la
mejor manera posible de hacerlos respetar, y decidir en qué foro deben ser abordados. En
lo que respecta a la OMC, su tarea más inmediata consiste en obtener un consenso para
evitar que esta cuestión sea fuente de controversias, en Singapur o en otros foros.
También se
ha planteado la cuestión de la corrupción en el comercio internacional. En el contexto
de la OMC, todos los trabajos en esta esfera podrían, en principio, centrarse en primer
lugar en la contratación pública. En términos cuantitativos, el nuevo Acuerdo, que
entró en vigor el 1. de enero, multiplica por diez las contrataciones públicas
abiertas a competencia internacional, en comparación con el Acuerdo anterior. No
obstante, sigue siendo sólo un Acuerdo plurilateral, cuyo número de miembros es
limitado. Ampliar este número ayudaría a mejorar la transparencia, que es la enemiga de
las prácticas de corrupción.
La quinta
respuesta al desafío que supone la mundialización consiste en ampliar el número de
Miembros de la OMC, a fin de que se convierta en una Organización verdaderamente
universal. Hay 29 negociaciones de adhesión en curso, y muchos otros países están
considerando la posibilidad de presentar su candidatura; de ello se deduce la enorme tarea
que nos espera para asegurar que la integración de estas nuevas economías rinda
beneficios concretos y produzca crecimiento económico, tanto para ellas como para sus
interlocutores comerciales. Si se acuerdan las condiciones correctas, más de un millardo
y medio de nuevos consumidores y trabajadores podrían ingresar al sistema en los
próximos años. Y este ingreso debería considerarse como una oportunidad para todos y no
como un problema potencial de nueva competencia.
Y por último
la respuesta debe ser dar sentido a la relación entre integración económica regional y
sistema multilateral de comercio.
En este punto
no hay ninguna contradicción lógica. En los círculos comerciales internacionales, ésta
ha sido la opinión de la gran mayoría. Sin embargo, la relación entre regionalismo y un
sistema multilateral basado en el principio de la NMF es una relación compleja, que está
adquiriendo cada vez más complejidad a medida que aumenta el número y el alcance de las
iniciativas regionales.
Las
iniciativas comerciales regionales pueden constituir la base para poner término a
hostilidades de antigua data, como ha sucedido en Europa y, confiamos, tal vez suceda en
el Oriente Medio. Y en el caso de los países menos adelantados, como muchos países
africanos, dichas iniciativas constituyen un paso esencial hacia la plena integración en
la economía mundial. También contribuyen a centralizar y a reforzar el compromiso
político de apertura de las economías y de los regímenes comerciales, compromiso que es
fundamental mantener.
No obstante,
nadie puede afirmar con fundamento que el regionalismo sea una alternativa al
sistema multilateral. Para que la economía sea una economía mundial debe existir un
sistema mundial de normas comerciales, un foro mundial para continuar las negociaciones y
una plataforma, también mundial, para establecer el nuevo programa con respecto al
comercio. Y todo ello puede encontrarse únicamente en el sistema de la OMC, razón que lo
convierte en un marco fundamental e insustituible para el desarrollo de las iniciativas
regionales.
Encontrar la
forma de que aquél y éstas se desarrollen juntos -y no separados- tal vez sea la
cuestión más urgente que enfrenten los encargados de formular las políticas
comerciales. Sugeriré tres elementos que podrían facilitar una respuesta.
- En primer
lugar, mejorar la capacidad institucional de la OMC para abordar las iniciativas
regionales. La aplicación de las normas vigentes destinadas a asegurar que esas
iniciativas se desarrollen de una manera abierta ha sido bastante ineficaz. El
establecimiento reciente de un Comité de los Acuerdos Comerciales Regionales, que
sustituye a 25 Grupos de Trabajo distintos, debería mejorar considerablemente esta
situación. No piensen que se trata de una mera reorganización burocrática pues, me
permito subrayar, el mandato del nuevo Comité incluye las consecuencias sistémicas de la
relación entre los acuerdos regionales y el sistema multilateral.
- En segundo
lugar, asegurar que el nivel de ambición y el ritmo del progreso en la liberalización
multilateral -o mundial- del comercio sean por lo menos equivalentes a los
correspondientes a los esfuerzos regionales. Los países deben estar dispuestos a hacer en
el plano multilateral lo que están dispuestos a hacer en el plano regional. En la
práctica, ello significa llevar vigorosamente a cabo el programa con que se estableció
la OMC, e incluso acelerar su aplicación todo lo posible; también significa mantener a
la OMC en la vanguardia del nuevo programa del comercio.
- En tercer
lugar, acentuar la dimensión política de la OMC. Los países del APEC se reúnen todos
los años a nivel de Jefes de Gobierno y, con más frecuencia, a nivel ministerial. Se
celebran reuniones del mismo tipo en otros grupos regionales. En cambio, en la OMC por
ahora está previsto que los Ministros se reúnan sólo cada dos años, pese a que el
sistema multilateral se está convirtiendo cada vez más en una cuestión política. Y
ello porque la evolución de este sistema depende cada vez más de las políticas
reglamentarias nacionales y menos de los obstáculos transfronterizos. Es decir, las
dificultades a las que debe hacer frente el sistema multilateral presentan, junto al
aspecto técnico, un carácter cada vez más político. Es lógico suponer entonces que la
participación activa de los líderes políticos se convertirá en una característica
normal de la OMC, como lo es ahora en muchas agrupaciones regionales.
En pocas
palabras, el mundo necesita una OMC fortalecida, porque la OMC refleja y representa a la
economía mundial tal como realmente es. La OMC responde mejor a la realidad económica y
a las prácticas comerciales que cualquier otra institución económica o marco jurídico
similar. Pero no puede quedarse tranquila, debe seguir desarrollándose, al ritmo de los
acontecimientos y cambios. El futuro programa ha sido principalmente dictado por la
lógica y el sentido común. Singapur constituye sólo una etapa -aunque una etapa
importante- en la maduración de este programa y, si hay consenso, en el camino hacia una
nueva fase de negociación. Las señales que vengan de Singapur nos dirán si los
gobiernos están dispuestos a seguir la lógica de la economía mundial y a maximizar los
beneficios a través de un sistema multilateral de comercio fuerte, vibrante y
actualizado. |
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