
Sólo un mercado mundial y un sistema mundial de comercio libres pueden afrontar los
retos mundiales de nuestra época, dijo hoy (24 de abril) en Singapur el Sr. Renato
Ruggiero, Director General de la OMC en el Congreso Mundial del Comercio, patrocinado por
la Junta de Comercio y Desarrollo de Singapur y el International Herald Tribune.En un discurso de
amplio alcance titulado Repercusiones para el comercio en un mundo sin
fronteras, el Sr. Ruggiero abogó por un regionalismo abierto, en el que
los grupos regionales eliminen los obstáculos internos al comercio y reduzcan al mismo
tiempo los obstáculos aplicados a terceros. Cada uno de los grupos regionales
existentes o por crearse tiene que colaborar con visión y determinación a asegurar que
al final del proceso tanto el enfoque regional como el multilateral contribuyan a la plena
liberalización en un mercado mundial libre, dijo el Sr. Ruggiero.
Refiriéndose
a las telecomunicaciones, el Sr. Ruggiero expresó que, a medida que las negociaciones de
la OMC se acercan a la fecha límite del 30 de abril, la comunidad de intereses de
los países industrializados y los países en desarrollo resulta clara. Dijo que las
cuestiones no se referían a la soberanía de los regímenes nacionales de
telecomunicaciones, sino más bien a la necesidad de que todas las economías queden
abiertas a las telecomunicaciones modernas, a fin de disminuir las restricciones
espaciales y temporales que afectan a los operadores y ampliar el acceso de sus ciudadanos
a la materia prima más importante del siglo XXI: la información.
En lo que
respecta al orden del día de la primera Conferencia Ministerial de la OMC, que se
celebrará en Singapur entre el 9 y el 13 de diciembre de 1996, el Sr. Ruggiero subrayó
que, al examinar la aplicación de los Acuerdos de la Ronda Uruguay, nuestra
atención se debe dirigir especialmente a los graves problemas que afectan a los países
menos adelantados. Insistió asimismo en la necesidad de seguir la marcha de los
progresos que se alcancen en la solución de los problemas que afectan a los países
importadores netos de productos alimenticios.
Se adjunta el
texto íntegro del discurso del Sr. Ruggiero.
Repercusiones para el comercio en un mundo sin fronteras
Discurso del
Sr. Renato Ruggiero, Director General de la Organización Mundial del Comercio ante el
Congreso Mundial del Comercio, Singapur, 24 de abril de 1996
Nada me
sería más placentero que hablar sobre la realidad de un mundo sin fronteras, si
estuviéramos viviendo en un mundo así, pero, como todos sabemos, esto dista mucho de ser
cierto. Me concentraré, en cambio, en lo que el comercio, o más bien la Organización
Mundial del Comercio, puede hacer para acercarnos a ese objetivo fundamental. En esta
tarea, me centraré en el examen de algunas de las cuestiones que probablemente la OMC
deberá afrontar en su primera Reunión Ministerial, que se celebrará en Singapur en el
mes de diciembre, y en los problemas de carácter más general que tiene ante sí el
sistema multilateral de comercio. Permítanme también aprovechar esta oportunidad para
encomiar al Gobierno de Singapur y al International Herald Tribune por su
iniciativa de organizar la presente conferencia, que estoy seguro aportará una importante
contribución a una mejor comprensión de estas cuestiones y proporcionará un importante
aporte intelectual a la labor de la Conferencia Ministerial.
Desde la
posición privilegiada de Singapur, el mundo sin fronteras puede quizá parecer muy
próximo. Muy pocas economías han aprovechado las oportunidades que ofrece la
integración económica mundial con la misma visión y determinación. La contribución de
Singapur y su creciente poderío económico se hacen presentes sobre todo en aquellos
sectores en los que la mundialización está más adelantada: los servicios, la
tecnología avanzada y el capital intelectual de todo tipo. Sin embargo, para otros
Miembros de la OMC -por ejemplo, los que dependen de las exportaciones de productos
agrícolas o textiles- el mundo sin fronteras puede parecer un objetivo más remoto. Puede
parecer distante en los países menos adelantados de África o de otras regiones, cuyo
problema inmediato es integrarse en el sistema de comercio tal como es actualmente.
La OMC, de la
que son Miembros 120 países, tiene que ayudar a configurar el programa económico y
comercial del siglo XXI, sin pasar por alto la permanente necesidad de encontrar
soluciones para los problemas que nos han acompañado durante muchos años. Por
consiguiente, ese programa debe ser amplio y equilibrado, de conformidad con el principio
de consenso que guía la labor de la OMC, pero ha de estar en constante evolución.
La realidad
económica en cuyo marco se ha de desarrollar la labor de la OMC es el impulso constante e
irrefrenable hacia la integración económica mundial. Los datos comerciales recientes
demuestran que la mundialización de las economías avanza a un ritmo rápido, haciendo a
los países cada vez más interdependientes, incluido los países en desarrollo y las
economías en transición. El comercio mundial crece a un ritmo que es casi tres veces el
del crecimiento de la producción mundial. En 1995, el volumen de las exportaciones
mundiales de mercancías aumentó un 8 por ciento, mientras que la producción mundial de
mercancías se incrementó en un 3 por ciento.
Donde mejor
se refleja la integración económica mundial es en Asia. Los países en desarrollo de
Asia se han convertido en un centro importante de la actividad comercial mundial; son
también los mercados que registran un crecimiento más rápido. El volumen de las
importaciones destinadas a los países asiáticos en su conjunto creció conforme a una
tasa anual del 10 por ciento entre 1990 y 1995. En 1995, las importaciones de los diez
principales países en desarrollo de Asia ascendieron a casi 750.000 millones de dólares
EE.UU.
La tasa de
crecimiento de las importaciones de Asia, que fue del 13 por ciento en 1995, superó la
media mundial por cuarto año consecutivo. En 1995, y también por cuarta vez consecutiva,
el volumen de las importaciones de Asia aumentó más rápidamente que el de sus
exportaciones.
En los
próximos cinco años, el incremento del volumen de las importaciones de mercancías de
los diez principales países en desarrollo de Asia podría llegar a ser tan grande como el
aumento de las importaciones sumadas de la Unión Europea y los Estados Unidos. Más de un
tercio del aumento real de las importaciones mundiales podría estar destinado
precisamente a esos diez mercados.
En Ginebra
está actualmente en marcha el proceso preparatorio de la Conferencia Ministerial. Su
primer logro ha sido un acuerdo sobre la estructura de la reunión. Se tratará de un
marco flexible y equilibrado, que permitirá la formulación de declaraciones políticas
de carácter más general por parte de los Ministros y también un examen sustantivo de
las cuestiones con el objeto de obtener resultados sólidos.
El examen del
orden del día de la reunión acaba de comenzar, y el clima ha sido positivo.
Naturalmente, existen entre los Miembros enfoques y prioridades diferentes, pero ninguno
de ellos aparece en esta etapa como inconciliable.
A mi juicio,
este clima positivo obedece al menos parcialmente a una evolución en la manera en que se
abordan las cuestiones en la OMC. Esto se manifiesta principalmente en dos aspectos. En
primer lugar, estamos comprobando que actualmente es posible entablar negociaciones
sectoriales muy importantes sin que sea necesario tener que elaborar en todos los casos
acuerdos globales intersectoriales y de amplio alcance, como se hizo en las sucesivas
Rondas del GATT. Los necesarios elementos de concesión mutua pueden existir dentro de un
sector, como lo hemos comprobado en las recientes negociaciones sobre servicios.
En segundo
lugar, estas negociaciones sectoriales de alcance mundial han confirmado y aún mejorado
los logros de la Ronda Uruguay, poniendo a los países industrializados y a los países en
desarrollo en el mismo lado de la mesa de negociación. Se pueden tomar como ejemplo los
servicios financieros: resultaba claro que el interés de los países industrializados
residía en abrir el acceso a los mercados en expansión de las economías en desarrollo.
Sin embargo, era también evidente que los intereses de los países en desarrollo iban en
la misma dirección, ya que al acordar una estructura más abierta, transparente y
previsible para los servicios financieros, maximizaban su posibilidad de atraer
inversiones y aseguraban una de las condiciones básicas para el crecimiento de todos los
sectores económicos.
Los mismo
sucede en el sector de las telecomunicaciones, en el que debemos llegar a feliz término
la semana próxima. A medida que nos acercamos al final de la negociación, la comunidad
de intereses de los países industrializados y los países en desarrollo resulta clara.
También resulta evidente que lo que está en juego no es la soberanía de los regímenes
nacionales de telecomunicaciones: los cambios rápidos y radicales que se producen en
materia de tecnología nos obligan a examinar nuevamente este concepto. Las cuestiones que
se plantean verdaderamente en este sector se relacionan con la necesidad de que todas las
economías queden abiertas a las telecomunicaciones modernas, a fin de disminuir las
restricciones espaciales y temporales que afectan a los operadores y ampliar el acceso de
sus ciudadanos a la materia prima más importante del siglo XXI: la información.
Tanto en el
caso de los servicios financieros como en el de las telecomunicaciones, nos estamos
ocupando verdaderamente del futuro.
Aunque las
tecnologías de los servicios marítimos son más antiguas, se podría decir casi lo mismo
de las negociaciones en curso en este sector. También en este caso la importancia
decisiva que reviste el sector para la mayor parte de las formas de actividad económica y
en prácticamente todos los países hace que sea impensable aceptar la posibilidad de un
fracaso.
Estos
argumentos no se refieren exclusivamente al sector de los servicios. Piensen ustedes en el
comercio y el medio ambiente, tema que en algún momento se consideró que separaba
peligrosamente a los países industrializados de los países en desarrollo. También en
esta materia está apareciendo un terreno común.
En estas
circunstancias alentadoras abordamos la cuestión del orden del día de la Conferencia
Ministerial. Una estructura básica para este examen, basada en general en una propuesta
anterior del Ministro Yeo, parece estar obteniendo un amplio nivel de aceptación.
Desearía formular algunas breves observaciones sobre algunos de los puntos que aparecen
en esa lista.
En primer
lugar figura la aplicación. Esto no debe suponer simplemente una labor cuantitativa de
inventario, sino también una visión y un compromiso políticos renovados. También debe
abarcar la manera en que todos nos hacemos cargo de la situación de los países en
desarrollo y en particular la de los países menos adelantados.
En la
Conferencia Ministerial, nuestra atención se debe dirigir especialmente a los graves
problemas que afectan a los países menos adelantados. Teniendo en cuenta los textos de
Marrakech, debemos examinar qué nuevas medidas específicas se podrían tomar para ayudar
a esos países mediante la apertura de los mercados, la promoción de las inversiones y el
fomento de la capacidad institucional y humana, con un ambicioso programa de asistencia
técnica en cooperación con otros organismos.
Por último,
no debemos olvidar que también tenemos la obligación de seguir la marcha de los
progresos que se alcancen en la solución de los problemas que afectan a los países
importadores netos de productos alimenticios.
Permítanme
referirme ahora a lo que se ha dado en llamar nuevas cuestiones. Lo primero que cabe
señalar es que hasta ahora sólo existe una cuestión realmente nueva: la propuesta
estadounidense de que se aborde en la OMC la cuestión de la corrupción. Es difícil
negar que se trata de una preocupación que al menos merece ser examinada seriamente.
Entre las
restantes cuestiones, desearía centrarme especialmente en el comercio y las inversiones.
A diferencia
de otras cuestiones, por ejemplo, el comercio de mercancías, las inversiones no suponen
la existencia de una relación acotada en el tiempo. Una vez que las mercancías se
entregan y se pagan, los intereses del exportador pueden dirigirse a cualquier otra parte,
pero cuando los inversores colocan su dinero en un país, hacen una apuesta en favor de su
éxito. Las inversiones representan un mecanismo muy eficaz de difusión de conocimientos
y de competencia profesional, así como de crecimiento en todo el mundo. Son esenciales
para liberar las posibilidades de producción inexplotadas de los países en desarrollo y
las economías en transición, y para abrir nuevos mercados para las exportaciones de las
mercancías y los servicios que crean los empleos mejor remunerados en los países
exportadores.
En un mundo
en el que las restricciones presupuestarias limitan cada vez más la financiación
tradicional de la asistencia para el desarrollo, las inversiones extranjeras directas
constituyen más que nunca la clave del desarrollo. No obstante, sigue habiendo
importantes desequilibrios en las corrientes de inversiones; sólo alrededor del 35 por
ciento de todas las inversiones extranjeras directas se dirige a los países en
desarrollo. Incluso esta cifra da una imagen demasiado halagüeña, ya que oculta el hecho
de que la parte del león de las inversiones extranjeras directas va a parar a un grupo
reducido de diez importantes países en desarrollo.
Estas cifras
muestran la magnitud de la tarea de alentar a los inversores a que depositen su confianza
en un ámbito más amplio. Evidentemente, se trata de una tarea compartida: los países
interesados tienen que dar la bienvenida a las inversiones y asegurar su seguridad básica
de una manera que ofrezca credibilidad. Es difícil concebir que esto se pueda hacer con
eficacia y equidad fuera del sistema multilateral de comercio.
Tengo que
reconocer plenamente que algunos Miembros ven la existencia de dificultades, e incluso de
problemas políticos, en la idea de realizar una negociación sobre inversiones en la OMC.
Sus preocupaciones pueden ser comprensibles, pero vale la pena recordar que la experiencia
adquirida en materia de acuerdos internacionales sobre inversiones demuestran que siempre
existen elementos de flexibilidad. Indudablemente, no hay motivos para negarse a
considerar la posibilidad de examinar en la OMC esta cuestión, que reviste una
importancia capital -con lo que se negaría a la mayoría de los países del mundo la
posibilidad de participar directamente en la adopción de decisiones sobre su futuro
régimen internacional. Debo recordarles que en esta mayoría silenciosa figuran aquellos
que más necesitan los beneficios que aportan las inversiones. Como en los otros sectores
que he mencionado, la forma de abordar las inversiones en el sistema multilateral debe
partir de la premisa de que se trata de cuestiones que pueden y deben acercarnos más en
lugar de dividirnos.
Otras de las
denominadas cuestiones nuevas se han examinado más en otros ámbitos que en
Ginebra, y no deseo tratarlas en detalle.
Deseo hacer
notar que la cuestión del comercio y la competencia adquiere más importancia a medida
que se reducen los obstáculos al comercio; lo hemos visto en la práctica en ocasiones
recientes. Las cuestiones relacionadas con la competencia tienen antecedentes en nuestro
sistema: fueron abordadas en la Carta de La Habana y constituyen ahora un elemento
importante en la negociación sobre telecomunicaciones. Por lo tanto, lo reconozcamos o
no, la competencia está ocupando un lugar en nuestro orden del día. La cuestión es
simplemente cuándo y de qué manera esto se hará explícito.
En cuanto a
una cuestión muy diferente y muy compleja, la del comercio y las normas de trabajo, sólo
deseo hacer notar que en la última reunión informal de Ginebra, las delegaciones de la
Unión Europea y los Estados Unidos han hecho una importante declaración en el sentido de
que ningún debate que se realice en la OMC debe tener como objetivo la aplicación de las
normas de trabajo fundamentales mediante sanciones comerciales, ni cuestionar la ventaja
comparativa de los países de bajos salarios.
Por último,
siguiendo el esbozo del Ministro Yeo, llegamos a la cuestión de una mayor
liberalización, tema que nos recuerda cuánto queda aún por hacer antes de que podamos
hablar con propiedad de un mundo sin fronteras.
Si algo nos
han enseñado los siete largos años de negociación de la Ronda Uruguay es que los
obstáculos existentes en las industrias tradicionales, como la de los productos textiles
y la agricultura, figuran entre los más difíciles de reducir, y sobre todo porque a lo
largo de los años se han construido grupos de presión política amplios y poderosos. La
creación de un mundo que, aunque no carezca de fronteras, al menos no se limite
simplemente a sustituir una forma de restricción comercial por otra, requiere un esfuerzo
constante. Ese esfuerzo necesitará el renovado apoyo de los Ministros que se reunirán en
Singapur en diciembre.
Al examinar
los puntos del orden del día de la próxima reunión de Singapur, los gobiernos deben
también tener en cuenta la necesidad de responder a tres importantes retos que tiene ante
sí el sistema multilateral a medida que nos acercamos al próximo siglo.
El primero de
ellos es respetar y fortalecer el contrato fundamental que une a países que ocupan todos
los niveles del desarrollo económico. El mundo industrializado tiene que mantener
abiertos sus mercados y ampliar su apertura en los años venideros. Por su parte, los
países en desarrollo tienen que proseguir sus reformas de liberalización y aumentar su
integración en el sistema mundial. De forma conjunta, los países industrializados y los
países en desarrollo tienen que colaborar para mejorar la situación de los países menos
adelantados.
El segundo
reto consiste en aceptar la responsabilidad compartida, entre los países que ya son
Miembros de la OMC y aquellos que desean ser Miembros, de construir un sistema
verdaderamente universal, al que puedan adherirse y aportar su contribución todos los
candidatos presentes y futuros.
Por último,
el tercer reto es asegurar que los obstáculos nacionales no sean simplemente sustituidos
por obstáculos regionales sino que, por el contrario, el regionalismo y el
multilateralismo coincidan al final del camino. A mi juicio, éste es el principal
desafío a que debe hacer frente en la actualidad el sistema multilateral; este desafío
configurará su futuro y ayudará a plasmar el mundo del siglo XXI.
El sistema de
comercio avanza actualmente por dos carriles: el regional y el multilateral. Las
iniciativas en materia de comercio regional se están ampliando y tienen aspiraciones de
ampliarse aún más. Sería erróneo suponer que el sistema multilateral está en un
período de letargo. Acabo de darles algunos ejemplos de su dinamismo. Sin embargo, lo que
quizá nos falta es demostrar un nivel de ambición que sea por lo menos equivalente al de
los principales sistemas regionales. Permítanme explicarles lo que quiero decir.
Algunas
iniciativas regionales recientes son verdaderamente gigantescas, por lo menos en su
perspectiva, por ejemplo el proyecto europeo de crear una zona de comercio preferencial
con todos los países mediterráneos para el año 2010, o el acuerdo marco entre la Unión
Europea y el MERCOSUR, o el plan establecido en la Declaración de Miami, de crear una
zona de libre comercio de las Américas para el año 2005; o, por último, el compromiso
del APEC de crear una zona de libre comercio en dos etapas entre los años 2010 y 2020.
El sistema
multilateral carece de un plan detallado comparable para la eliminación de todos los
obstáculos al comercio. No obstante, algunos de los grupos regionales más nuevos (como
el APEC y el MERCOSUR) incluyen un compromiso que reviste una gran importancia para el
futuro del sistema multilateral; se trata del regionalismo abierto.
Por supuesto,
debemos ser claros acerca del significado del regionalismo abierto. Entre las distintas
posibilidades, veo dos alternativas básicas.
La primera de
ellas se basa en la presunción de que toda zona preferencial de que se trate se ajustará
a las exigencias jurídicas del sistema multilateral. Esto significaría que dichas zonas
podrían ser al mismo tiempo compatibles jurídicamente con las normas de la OMC y tener
un carácter preferencial, lo que significa que constituirían una excepción a la
cláusula de la nación más favorecida, que es el principio básico del sistema
multilateral. La posibilidad de incluir en el marco de las normas tal excepción jurídica
a este principio fue concebida en una época y en una situación completamente diferentes.
En la actualidad, con la proliferación de grupos regionales, la excepción podría
convertirse en norma, y esto amenazaría con cambiar completamente la naturaleza del
sistema.
La segunda
interpretación del regionalismo abierto es la que han expresado algunos gobiernos que son
miembros del APEC o del MERCOSUR. En esta hipótesis, la eliminación gradual de los
obstáculos internos al comercio dentro de un grupo regional se llevaría a cabo más o
menos al mismo ritmo y en los mismos plazos que la reducción de obstáculos respecto de
los países no miembros. Esto significaría que la liberalización regional sería en
general compatible no sólo con las normas de la OMC sino también -y esto es muy
importante- con el principio de la nación más favorecida.
La elección
entre estas dos opciones es decisiva, ya que ambas conducen a resultados muy diferentes.
En el primer caso, llegaríamos en no más de 20 ó 25 años a una división del comercio
mundial en dos o tres zonas preferenciales intercontinentales, cada una de las cuales
tendría sus propias normas y un régimen de libre comercio dentro de la zona, pero
seguirían existiendo obstáculos externos entre los bloques. ¿Es éste el mundo que
deseamos?
Les dejo
imaginar las consecuencias de esta concepción para el equilibrio económico y político;
los problemas de aquellos países que no se acomodaran a ninguno de los bloques serían
graves. Por otra parte, ¿dónde estarían China y Rusia en un mundo de esas
características?
La segunda
alternativa apunta a una convergencia gradual, basada en normas y principios compartidos,
de todos los principales grupos regionales. Cada uno de los grupos regionales existentes o
por crearse tiene que contribuir con visión y determinación a asegurar que al final del
proceso tanto el enfoque regional como el multilateral contribuyan a la plena
liberalización en un mercado mundial libre. Al final de este proceso tendremos un mercado
mundial libre con normas y disciplinas internacionalmente convenidas y aplicadas a todos,
y con capacidad para invocar el respeto de los derechos y obligaciones a los que todos se
habrán adherido libremente. En ese mundo podrá y deberá haber un lugar para China,
Rusia y todos los demás candidatos a adherirse a la OMC. El valor global de un sistema
basado en normas y disciplinas será limitado si algunos de los principales agentes quedan
fuera de él.
Sólo un
mercado mundial y un sistema mundial de comercio libres pueden afrontar los retos
mundiales de nuestra época. En los próximos 20 años la población del mundo crecerá en
unos 2.000 millones de personas. Ya en la actualidad tenemos casi 2.000 millones de
habitantes en Asia, en América Latina, en las economías en transición y en partes de
África que se están uniendo a la economía de mercado mundial.
Ante hechos
de esta magnitud resulta claro que no existe ninguna alternativa racional a un mercado
mundial cada vez más integrado, en el marco de las normas y disciplinas del sistema
multilateral. No se trata de imponer metas o calendarios al sistema desde fuera; si
escogemos la opción mundial, como estoy convencido de que es nuestra obligación, tales
metas y calendarios formarán parte de la evolución orgánica del sistema y responderán
a la lógica de las necesidades mundiales.
El logro de
una auténtica zona mundial de libre comercio aportaría una formidable contribución para
fomentar el crecimiento y asegurar un mundo seguro en el siglo venidero. Espero que éste
será el mensaje que transmitirán desde esta conferencia tan oportuna, tanto los
gobiernos participantes como los círculos empresariales y los medios de comunicación |