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Permítanme en primer lugar darles las gracias por esta invitación para dirigirme a tan
distinguida audiencia. Por medio del liderazgo que ustedes han ejercido, el MERCOSUR se ha
convertido en una de las iniciativas más dinámicas e imaginativas que hay actualmente en
el panorama mundial. La pujanza del comercio, el aumento de las inversiones, la expansión
de la producción, todos los indicadores económicos ponen de manifiesto los notables
logros alcanzados por el MERCOSUR en solamente cinco años. Pero, más que esto, la
integración está ayudando a transformar las relaciones entre cada uno de los países y
con el mundo en su conjunto, engendrando un nuevo sentido de liderazgo compartido y
propósitos también compartidos, lo que está enviando un mensaje de esperanza a todo el
continente y más allá de los límites de éste. Está en acción aquí una idea
poderosa, y el triunfo de esta idea es, a mi juicio, decisivo para gestionar las
oportunidades y los retos de la nueva era en que estamos entrando.El acontecimiento que define
esta nueva era -y el nuevo siglo- es la mundialización. La mundialización no se limita a
la liberalización del comercio, los movimientos de capital, las comunicaciones o la
tecnología. Abarca también la gradual convergencia de nuestros intereses, objetivos y
aspiraciones, y de nuestras visiones del mundo. Lo más notable de esta etapa de la
política mundial es la manera en que las grandes divisiones del último siglo -tan
destructivas y tan estériles- están lentamente pasando a formar parte de la historia. En
su lugar, encontramos un nuevo impulso hacia un nuevo tipo de orden internacional.
Tomemos, por
ejemplo, la línea divisoria entre el Norte y el Sur. No sólo la línea que separa estos
mundos se está de algún modo borrando, sino que los países en desarrollo, como los
miembros del MERCOSUR, se están preparando para convertirse en motores del crecimiento de
la economía mundial. En un estudio reciente de la OCDE se ha estimado que la producción
por habitante en el mundo desarrollado podría crecer hasta un 270 por ciento para el año
2020, mientras que el crecimiento de los países industrializados sería del 80 por
ciento.
La
mundialización está también salvando la distancia que separa las economías que tienen
diferentes niveles de desarrollo. A medida que el teléfono, el fax y las computadoras
entrelazan a nuestros países, también nivelan el terreno de juego para el desarrollo,
dando a los países las herramientas tecnológicas que necesitan para acelerar el
crecimiento y promover rápidamente su modernización. Mientras que el mundo desarrollado
es el producto de más de 200 años de industrialización, miles de millones de personas
en el mundo en desarrollo alcanzarán el mismo nivel de progreso en una sola generación.
Por otra
parte, el debate ideológico sobre el papel del Estado y del mercado en nuestras
economías está también perdiendo fuerza. La apertura del comercio, el mercado libre y
la desregulación son políticas consideradas hoy en todo el mundo, si bien con diferentes
grados de importancia, como la clave del crecimiento y el desarrollo. El Primer Ministro
británico Tony Blair lo expresó elocuentemente cuando observó que él pertenece a
una nueva generación para la cual la educación, la capacitación y la tecnología
son los instrumentos de la prosperidad económica y la plena realización personal, y no
antiguas batallas entre las economías estatales y las economías de mercado.
La falta de
conocimientos o de comprensión siempre ha constituido la mayor barrera entre las
personas, y nada está derribando este muro invisible de manera más rápida e
irreversible que la mundialización de la información y de las ideas.
América
Latina ha desempeñado un papel indispensable en estos cambios mundiales arrolladores, y
el MERCOSUR es por muchas razones la manifestación más notable de esta política.
El MERCOSUR
refleja y refuerza la marcha de la integración en la mitad meridional de este continente.
Es un proceso que continuará avanzando, más allá de la intensificación de los
vínculos comerciales, para abarcar infraestructuras convergentes, sistemas comunes de
producción y distribución, y una red cada vez más compleja de cooperación
transfronteriza. El comercio del MERCOSUR ha crecido una media del 18 por ciento anual
desde 1991, mientras que el comercio dentro del MERCOSUR ha aumentado en alrededor del 28
por ciento anual. Las inversiones extranjeras se han incrementado de forma impresionante
(una media del 18 por ciento anual), lo que refleja la fuerza gravitatoria que ejerce un
mercado total de alrededor de 200 millones de personas. Esto a su vez ha contribuido a que
se alcancen tasas de crecimiento del 4 por ciento anual desde 1991, y se estima un aumento
de casi el 5 por ciento para 1997 y 1998.
Aunque los
progresos obtenidos en los últimos cinco años han sido impresionantes, aún es posible
avanzar un poco más. Resulta alentador que se hayan establecido mecanismos para ampliar
la liberalización y se hayan fijado calendarios estrictos. Y, lo que es más importante,
la visión y la voluntad políticas de marchar hacia adelante carece de toda ambigüedad.
Todas las señales indican que el MERCOSUR seguirá siendo en el próximo siglo uno de los
procesos de integración más fructíferos y de avance más rápido.
El principal
reto que afronta el MERCOSUR, como todas las demás iniciativas regionales, no es interno
sino externo. Por más ambicioso que sea el alcance del regionalismo, la realidad es que
estamos avanzando hacia una economía de dimensiones mundiales, y no regionales. En esta
economía mundial, las empresas necesitarán tener acceso a insumos de precios mundiales y
a mercados de ámbito mundial, y este acceso determinará cada vez más los lugares en que
esas empresas van a producir e invertir.
El MERCOSUR
ya ha demostrado que es un valioso instrumento para gestionar estas oportunidades y
desafíos mundiales. La integración regional dentro del MERCOSUR debe seguir siendo un
importante camino hacia la integración mundial, mejorando la eficiencia y la capacidad de
sus industrias, aprovechando sus ventajas comparativas y representando un trampolín hacia
la economía mundial. El MERCOSUR contribuye a ampliar y armonizar la voz de sus países
en el sistema mundial, y este factor -como esta reunión lo pone de manifiesto- será
todavía más importante a medida que elaboremos las normas que regirán la economía del
siglo XXI.
A medida que
avanzamos hacia un mundo de comercio mundial y de competencia mundial, el desafío
fundamental consistirá en fortalecer las normas y las estructuras mundiales plasmadas en
el sistema multilateral. El éxito del MERCOSUR se medirá cada vez más por la habilidad
de ustedes para ayudar a diseñar y construir este nuevo orden económico, tanto en
función de sus propios intereses como de los intereses de la economía mundial en su
conjunto.
Nunca
insistiré demasiado en el alcance y la ambición del programa que tenemos ante nosotros
en la OMC, aunque cada paso hacia adelante tropieza con importantes dificultades.
Sólo en este
año hemos concertado un acuerdo para liberalizar los servicios mundiales de
telecomunicaciones y para lanzar la libertad de comercio en los productos de la
tecnología de la información, iniciativas que, teniendo en cuenta el comercio que
abarcan, son el equivalente del comercio mundial de productos agropecuarios, automóviles
y textiles sumados. Además, el valor de estas iniciativas no puede medirse sólo en
cifras comerciales. En una economía mundial basada en la información, las
telecomunicaciones y la tecnología de la información son dos elementos fundamentales. La
liberalización en estos sectores proporcionará la base necesaria para el crecimiento
económico de todos los países, tanto en desarrollo como industrializados, reduciendo
notablemente los costos para las empresas y para los consumidores, y mejorando de forma
extraordinaria la eficiencia. Por lo tanto, dicha liberalización aporta una contribución
importante para borrar la línea divisoria entre el Norte y el Sur.
La tercera
iniciativa fundamental de este año se ha referido a los servicios financieros, y
evidentemente la conclusión satisfactoria de las negociaciones en curso en este sector
tendrá la máxima prioridad en los meses venideros. Con la mundialización de los
mercados financieros, la realización de operaciones durante las 24 horas y las
innovaciones en materia de tecnología financiera, los servicios financieros no pueden -y
no deben- verse limitados al interior de las fronteras. La economía mundial no puede ser
más sólida que el sistema financiero mundial en la que se basa.
Los países
del MERCOSUR han dado pasos significativos hacia la liberalización financiera, y han
asumido importantes compromisos en la OMC. Sus esfuerzos por liberalizar el comercio de
servicios en el marco del propio acuerdo del MERCOSUR están avanzando. Los insto a seguir
participando activamente en las negociaciones de Ginebra, sabiendo que sus países tienen
mucho que ganar de un sector financiero eficiente y competitivo.
El creciente
papel que desempeña la OMC en la economía mundial se refleja en el movimiento tendiente
a ampliar su ámbito y también a profundizarlo. Los 28 países que actualmente están
negociando su adhesión -incluidos China, Rusia, Arabia Saudita, los Estados Bálticos y
Viet Nam- son o bien países en desarrollo o bien economías en transición. Este hecho,
quizá más que ningún otro rasgo del programa futuro de la OMC, es un referéndum
positivo acerca del valor del sistema multilateral de comercio. Una vez que estos países
formen parte del sistema -y tengo muchos motivos para pensar que así será- el sistema
multilateral será verdaderamente universal por primera vez en su historia, que se
extiende a lo largo de 50 años.
Ampliar el
alcance de la OMC significa también ayudar a los países que aún permanecen en los
márgenes de la economía mundial a participar plenamente en el sistema y a beneficiarse
de él. Entre las principales prioridades del programa de la OMC para este año figura una
conferencia de alto nivel con el propósito de combatir la marginación de los países en
la economía mundial. Trabajando conjuntamente con la UNCTAD y el CCI, así como con el
Banco Mundial, el PNUD y el Fondo Monetario Internacional y otras importantes
instituciones financieras, nos proponemos establecer una estrategia integrada para ayudar
a los países más pobres del mundo, estrategia que abarca desde el desarrollo de la
cooperación técnica mediante nuevas tecnologías hasta el mejoramiento del acceso a los
mercados y de la capacidad de hacer uso de éste.
Permítanme
concluir con la observación de que la integración mundial basada en normas no será un
proceso fácil e indoloro. Los muros que nos separaban funcionaban como obstáculos y
también como amortiguadores, y a medida que esos muros son derribados, algunos sólo
verán nuestras diferencias y disparidades y no nuestros intereses comunes.
Tampoco
podemos permitirnos subestimar los cambios sociales que se están produciendo a raíz de
la transformación económica más importante desde la Revolución Industrial. En América
Latina, como en todas partes, la apertura del comercio y los cambios tecnológicos han ido
acompañados de enormes presiones en favor del reajuste y la reestructuración, lo que ha
supuesto presiones sobre el empleo y la seguridad social en todos los países, tanto ricos
como pobres.
Sin embargo,
estos desafíos se ven eclipsados por las inmensas oportunidades que ofrece la
mundialización. A lo largo de la historia hemos soñado con una comunidad mundial de
naciones basada, no en el poder o la dominación, sino en el imperio del derecho y la
razón. Esto es lo que está en juego en nuestros esfuerzos por culminar la creación de
un sistema multilateral de comercio abierto, universal y basado en normas. Hoy este
sistema está a nuestro alcance. Una vez que hemos acordado el libre comercio en el
MERCOSUR, en la región de Asia y el Pacífico, en América del Norte y en Europa, resulta
difícil considerar que nuestro objetivo último sea otra cosa que un único mercado
global: el libre comercio a nivel mundial.
La gestión
de un mundo de economías, pueblos y civilizaciones convergentes, en el que cada uno de
ellos conserva su propia identidad y su propia cultura, representa el gran reto y la gran
promesa de nuestra era. Sólo estamos en el umbral de esta nueva era y el futuro es aún
incierto. Sin embargo, si existe hoy alguna certidumbre, consiste en que el sistema
multilateral de comercio, universal y basado en normas, se está convirtiendo rápidamente
en el pilar central del nuevo orden internacional; un vínculo fundamental entre el Norte
y el Sur -el mundo industrializado y el mundo en desarrollo-, el cimiento indispensable de
nuestro mundo cada vez más interdependiente. Velar por la cohesión social y abordar las
cuestiones de distribución es la obligación de los gobiernos nacionales de todo el
mundo, pero el poderoso motor de crecimiento constituido por el sistema multilateral
contribuye a darles recursos para que lo hagan más eficazmente.
La
alternativa sería un mundo dividido en bloques comerciales, cuyas relaciones se
establecerían sobre todo mediante el poder y no mediante leyes, bajo la influencia del
nacionalismo económico y político. En resumen, un mundo que avanzaría hacia la
repetición de las conocidas tragedias de nuestra historia. Esto es lo que hace que el
futuro del sistema multilateral de comercio constituya una cuestión política
fundamental.
El próximo
año tendremos oportunidad de celebrar el quincuagésimo aniversario del sistema
multilateral. Esto debería servir de ocasión para mirar hacia atrás y examinar la
contribución excepcional aportada por este sistema a la era moderna, y para enviar un
claro mensaje acerca de las oportunidades del sistema mundial que hemos ayudado a
fomentar. También debería constituir una ocasión para mirar hacia el futuro y examinar
la evolución venidera de la OMC y de la economía mundial, una oportunidad para comenzar
a construir los próximos 50 años de paz y prosperidad. Todos y cada uno de ustedes en el
MERCOSUR comparten la responsabilidad de construir esta arquitectura del futuro. |
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