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I
Antes de que Cristóbal Colón
descubriera el Nuevo Mundo, los océanos dividían el mundo. Hoy día los unen. Miles de
millares de cables de fibra óptica conectan los mares y los continentes, como lo hacen
también millones de ondas sonoras y de señales electromagnéticas que atraviesan la
atmósfera de nuestro planeta. Durante 24 horas al día, esa red mundial transporta los
contratos comerciales, las transacciones monetarias, la información médica, y los
recursos educativos mundiales de manera instantánea, a través de usos horarios, de
fronteras y de culturas. Los nuevos derroteros del comercio en el decenio de 1990 son los
destellos de los láseres y los haces de satélites. La carga no es ni seda ni especias,
sino tecnología, información e ideas.
Esta
economía interconectada está transformando el planeta en forma más fundamental que la
que implica la sola mundialización de los bienes e inversiones. La revolución de la
tecnología de la información -cuyas raíces están aquí, en los laboratorios del Valle
del Silicio- ha aumentado en alto grado la corriente de información en todo el planeta,
haciendo de los conocimientos un factor de producción más importante que el trabajo, el
capital o las materias primas. Su influencia configurará algo más que el crecimiento de
la productividad; configurará también una nueva relación entre las economías avanzadas
y los países en desarrollo, un nuevo pacto entre los gobiernos y los ciudadanos, y nuevos
vínculos entre las personas que superarán las culturas, las clases y las nacionalidades.
Nadie puede
predecir con seguridad adónde nos conducirán esos profundos cambios estructurales. Lo
que es evidente es que esta nueva economía basada en la información, libre de muchas de
las limitaciones que imponen la distancia, el tiempo y los recursos, ofrece posibilidades
para agregar una nueva dimensión a la integración económica, una dimensión sin
fronteras que podría acelerar la dinámica del crecimiento y el desarrollo en gran
parte del mundo. Lo que es también evidente es que muchos de nuestros viejos instrumentos
normativos ya no servirán en esa economía sin fronteras, por lo que los nuevos
instrumentos de cooperación económica internacional que transcienden todas las
fronteras, como la OMC, cobrarán aún más importancia. El motivo de que estemos
"inventando el futuro" reside en que estamos entrando en un nuevo mundo y en un
nuevo tipo de economía, que entrañan grandes beneficios, pero también riesgos.
II
En términos
generales, la economía internacional ha pasado en los últimos cincuenta años por dos
fases de desarrollo, y está entrando ahora en una tercera, y en todas ellas avanza hacia
una economía mundial más integrada y -en algunos sectores- incluso sin fronteras:
La
economía internacional. Tal vez pueden definirse mejor los tres decenios de la
posguerra como una fase internacional de la economía mundial; con ello quiero decir una
era de creciente comercio entre un conjunto de economías vinculadas entre sí, pero que
aún tenían un carácter predominantemente nacional. En 1950, el grueso de la actividad
económica seguía teniendo lugar dentro de las fronteras del Estado nación; de hecho, la
relación entre comercio y producción mundial era solamente del 7 por ciento. El
comercio internacional se limitaba en gran parte a las materias primas o los productos
acabados, y las inversiones concernían principalmente al establecimiento de filiales
extranjeras -o fábricas afiliadas- en unas economías nacionales que,
por lo demás, estaban protegidas.
La
economía mundializada. A partir de los años setenta, y tras una aceleración en los
ochenta, la economía mundial entró en una segunda etapa de desarrollo que ahora se
denomina típicamente fase de globalización. Los rápidos avances de la
tecnología de la información y de las comunicaciones, junto con la reducción
sistemática de los obstáculos mundiales al comercio, han permitido a las empresas de
alcance internacional fragmentar el proceso de producción y ubicar sus diversos
componentes en distintos mercados de todo el planeta. El auge de las corrientes de
inversiones extranjeras es el rasgo más extraordinario de la fase de mundialización. El
comercio ya no es el único medio, y ni siquiera el principal, para entregar productos y
servicios a través de las fronteras; las inversiones se han convertido en una fuerza aún
más poderosa de estímulo de la integración, a medida que las empresas transnacionales
amplían su alcance mundial mediante el establecimiento de una presencia directa en los
mercados extranjeros. El valor acumulativo de las inversiones extranjeras se ha triplicado
desde 1987 -hasta alcanzar una cifra superior a los 3 billones de dólares EE.UU.-, al
tiempo que las ventas anuales que esos activos generan han superado el valor del comercio
mundial.
No obstante,
el comercio también está creciendo a medida que las empresas, o sus filiales, realizan
un número cada vez mayor de transacciones a través de las fronteras y que el comercio
abarca, en medida creciente, todas las fases del proceso de producción, desde los
componentes, pasando por los servicios, hasta el diseño y la ingeniería. El comercio
intraempresarial de las compañías transnacionales o de sus socios representa en la
actualidad alrededor de dos tercios del comercio mundial. Por otra parte, el comercio,
como proporción de la producción mundial, se ha triplicado con creces desde 1950,
pasando del 7 a más del 22 por ciento. Las empresas comercian ahora para invertir e
invierten para comerciar, hasta el punto de que ambas actividades forman parte, en grado
creciente, de una sola estrategia para la entrega de productos a través de las fronteras.
La
economía sin fronteras. Hoy día, cuando nos aproximamos al final de los años
noventa, hay señales de que se está introduciendo una nueva dimensión en el proceso de
integración, una dimensión en la que las tecnologías digitales y las redes de
comunicaciones están creando la posibilidad de una economía cada vez más sin fronteras
en los sectores clave. Durante el último decenio más o menos, el costo de las
telecomunicaciones y la informática ha bajado enormemente, al tiempo que han aumentado su
rapidez y capacidad. Una llamada telefónica trasatlántica cuesta ahora tan sólo el
1,5 por ciento de lo que costaba hace 60 años. Además, el Banco Mundial prevé que,
para el año 2010, el costo habrá disminuido en otros dos tercios, a alrededor de 3
centavos de dólar por minuto, con lo cual las telecomunicaciones trasatlánticas casi se
han convertido en un servicio gratuito. El costo de la capacidad de procesamiento también
se ha reducido mucho: en un 100 por ciento desde 1960. Un solo transistor, que se vendía
por 70 dólares EE.UU. a mediados del decenio de 1960, se puede comprar ahora por menos de
una millonésima parte de un centavo. Esto ha hecho, a su vez, que la capacidad de
procesamiento sea ahora accesible a millones de personas comunes. En 1995 se vendieron en
todo el mundo unos 50 millones de ordenadores personales, frente a 35 millones de
automóviles.
Tal vez sea
Internet lo que mejor simbolice esta economía cada vez más carente de fronteras y basada
en la información. A la vez un instrumento de comunicación a nivel mundial y local y una
fuente de conocimientos, Internet se ha venido duplicando sin cesar en tamaño anualmente
desde su creación hace alrededor de 25 años. Unos 55 millones de personas de todo el
mundo están ya conectadas por Internet; para el año 2000, esa cifra podría aumentar a
550 millones, acercándose al 10 por ciento de la entera población del planeta. Tampoco
es Internet el único conducto disponible. Otras tecnologías, como los mercados
financieros informatizados, el correo electrónico, las actividades bancarias por
teléfono y el intercambio de datos electrónico, están avanzando hacia una economía
cada vez más sin fronteras y basada en la información.
De la misma
manera que el proceso de mundialización del comercio y las inversiones ha alterado la
estructura del sector manufacturero desde el decenio de 1980, la aparición de una
economía sin fronteras podría transformar las industrias de servicios o basadas en
ideas en una forma igualmente extraordinaria; esas industrias ya representan más
del 70 por ciento del PIB de muchos países miembros de la OCDE y hasta un 50 por ciento
en el caso de algunos países en desarrollo. Anteriormente se suponía que la mayoría de
los servicios eran intrínsecamente no exportables porque el producto eran las
personas -bien su fuerza muscular, bien su capacidad intelectual- y su exportación
exigía una presencia física en los mercados extranjeros. En el caso de muchos servicios,
la invención de la microplaqueta ha invertido esta concepción ortodoxa.
Hoy en día
cualquier servicio que pueda ponerse en forma digital y transmitirse electrónicamente
podrá producirse y entregarse, en cuestión de segundos, en cualquier lugar del mundo.
Centenares de miles de consumidores ya están haciendo compras electrónicas
de libros, periódicos en línea, vídeos e incluso automóviles, sentados en casa frente
a sus ordenadores. No obstante, los efectos más revolucionarios serán los que se
produzcan en el comercio intraempresarial o entre distintas empresas. El soporte lógico
informático, la información médica, los programas educacionales, el procesamiento de
datos y los servicios jurídicos y de arquitectura serán todos sectores que podrán pasar
a formar parte de un entorno cada vez más competitivo y más carente de fronteras, en el
que todos los países y todas las empresas operen en un mercado mundial
virtual.
III
Deseo mencionar simplemente varios rasgos básicos que definirán esta nueva economía sin
fronteras: uno de ellos es su creciente indiferencia a la geografía, el tiempo y las
fronteras. El comercio solía venir configurado por las realidades de la geografía
como un elemento de la ventaja comparativa de una nación. Actualmente, el comercio
vendrá configurado o definido en sectores importantes por la ausencia de geografía. Esta
conquista tecnológica del tiempo y el espacio producirá efectos económicos de gran
alcance. Disminuirán rápidamente los costos de las transacciones para los consumidores y
las empresas, se comprimirán muchas fases que existen entre el comprador y el vendedor,
como la distribución, las ventas, las actividades al por menor. El tiempo de esas
transacciones se reducirá aún más rápidamente, agregando toda una nueva dimensión a
los procesos de producción en el momento oportuno. Tal vez el aspecto más
importante será la desaparición de los obstáculos y la disminución de los costos para
entrar en el mercado -o para iniciar un nuevo negocio-, lo que permitirá entrar en él a
un número mucho mayor de proveedores. No sólo beneficiará esta mayor competencia a los
consumidores, sino que también las pequeñas y medianas empresas -así como las grandes
empresas multinacionales- participarán entonces plenamente en el mercado mundial.
La otra
víctima posible del comercio electrónico serán las fronteras. El intercambio
electrónico de material informático de programación, de servicios o de información
tiene lugar en el sitio que más se parece todavía a un solo mercado mundial, un mercado
definido, no por productos, corrientes de documentos y controles en las fronteras, sino
por octetos electrónicos y haces de láser. Hace varios años, Robert Reich preguntó
¿quiénes somos nosotros? en una era de integración mundial. Dicho de otro
modo, ¿importará más la nacionalidad económica en un mundo en el que no pueda
desenredarse la trama del valor añadido mundial?
La pregunta
hecha por Reich es aún más pertinente en una economía digital, que opera en el espacio
cibernético y no tiene realidades físicas, y menos aún nacionalidad. ¿Cuál es, por
ejemplo la nacionalidad de un paquete de soporte lógico mejorado en Delhi para una
empresa de Seattle y que pasa por Internet a Beijing? En el futuro se hará un número
cada vez mayor de este tipo de preguntas, planteando importantes retos, desde la
relevancia de las normas de origen, pasando por la aplicación de las normas y
reglamentos, hasta el cobro de los impuestos a los minoristas y consumidores que operan en
el espacio cibernético.
Un segundo
rasgo es que la información es, cada vez en mayor medida, el recurso crítico y el
principal impulsor del proceso de integración. La información es hoy día un
elemento clave de la economía mundial. De la misma manera que el gran aumento del
comercio y las inversiones estimuló en primer lugar el proceso de mundialización en los
años ochenta, ahora es el acceso a la tecnología - y la competencia en relación con
ella- el factor que configura la economía sin fronteras. Por supuesto, esta difusión de
la tecnología no es un nuevo proceso, ya que la historia del progreso humano a través de
los siglos es en gran parte la historia del desarrollo y la aplicación generalizada de la
tecnología. Lo que es nuevo es el modo en que una red cada vez más extensa de
ordenadores, teléfonos y máquinas de fax está acelerando el proceso y ampliando su
alcance. Esta economía impulsada por la información difiere, en aspectos fundamentales,
de la economía tradicional de tierra, trabajo y capital, y no se limita a ninguna región
ni país. Es una economía móvil y puede desarrollarse en cualquier lugar, eliminando
muchas de las distinciones que anteriormente definían el potencial económico.
Esta
economía impulsada por los conocimientos no está reemplazando a otras actividades
económicas; las fábricas y las explotaciones agrícolas no van a desaparecer, el soporte
lógico no va a sustituir a los alimentos que comemos ni a los automóviles que
conducimos. Con todo, la tecnología está cambiando la forma en que producimos las cosas,
a veces de modo impresionante. Tomemos incluso la más tradicional de las actividades
económicas, es decir, la agricultura, que ha existido desde los tiempos más remotos. La
mecanización, la biotecnología, los transportes y las tecnologías de la información
están transformando radicalmente la producción y la distribución agrícolas hasta el
extremo de que la agricultura moderna semeja a veces más a una industria de servicios que
a las actividades agropecuarias tradicionales. Por otra parte, la misma transformación se
está produciendo en gran parte en la minería, la silvicultura, el transporte y otras
ramas de producción.
Un resultado
de todo ello es una atenuación de muchas de las antiguas distinciones entre el sector
manufacturero y el de los servicios, entre los productos y los procesos, y entre las
llamadas economías de alta tecnología y las economías más tradicionales,
sean industriales sean de recursos. Sin embargo, el resultado más importante logrado es
mayor crecimiento y mayor número de empleos. En los Estados Unidos, por ejemplo, a los
empleos en los sectores de alta tecnología les correspondió en 1996 del 20 al 25 por
ciento del crecimiento de los salarios y los ingresos en cifras reales. Por lo que
respecta a la producción, la contribución de esos sectores al PIB totalizó 420.000
millones de dólares EE.UU. en ese año, lo que significaba un aumento del 15 por ciento
con respecto a 1995.
Esto
conduce a una tercera característica, a saber el potencial de la economía sin fronteras
para nivelar las relaciones entre los países y las regiones. Bill Gates ha previsto
una era futura de capitalismo exento de fricciones, es decir, la idea de que
un acceso libre y equitativo a la información hará que nos aproximemos más que nunca a
un mercado perfecto. Quiero agregar que ello también comporta la posibilidad de
introducir una nueva dimensión en lo que respecta a la igualdad de oportunidades. Al
nivel del individuo, las antiguas divisiones entre capitalistas y trabajadores se están
desvaneciendo a medida que un número cada vez mayor de personas corrientes poseen, en
medida creciente, los nuevos medios de producción, es decir, la educación,
las aptitudes y los conocimientos especializados requeridos para administrar una economía
avanzada e impulsada por la información. Además, a nivel mundial, las antiguas
divisiones entre el Norte y el Sur están siendo reemplazadas por nuevas distinciones
entre los países que adoptan la tecnología y aceptan la mundialización, y aquellos que
van a la zaga; o, como señala Jean-François Rischard, del Banco Mundial, los
países rápidos y los lentos, los países que aprenden y los que permanecen estáticos,
los países que se han incorporado y los que quedan fuera, los países que son 100 por
ciento seguros y los que no lo son.
Una economía
mundial cada vez más conectada ofrece posibilidades para reducir aún más la
brecha entre las regiones y países que anteriormente tenían acceso a la tecnología y la
información, y los muchos otros que no lo tenían. El acceso a las telecomunicaciones
está aumentando rápidamente -hasta abarcar 1.000 millones de personas, es decir, casi un
quinto de la humanidad, a la vuelta de este siglo- creando la posibilidad real de un
teléfono en cada aldea. La docena aproximadamente de sistemas de satélites
mundiales actualmente en construcción eliminarán prácticamente las limitaciones de
anchura de banda y reducirá en un decenio los gastos de conexión a unos pocos dólares
por estación. Muchos países en desarrollo podrán prescindir de fases enteras de
desarrollo para pasar directamente a la generación más reciente de telefonía sin hilos,
evitando con ello los enormes costos que entraña la construcción de una infraestructura
de corte antiguo, basada en cable de cobre. Al presente, más del 80 por ciento de la
población mundial no puede hacer una llamada telefónica; en breve tendrá acceso, no
solamente a las comunicaciones avanzadas, sino también a programas educativos, a
servicios médicos y a la información técnica que pasa a través de esas redes.
No se trata
de previsiones para un futuro lejano, pues esos cambios ya están en marcha hoy día, en
estos mismos momentos. Ya estamos siendo testigos de un desplazamiento significativo del
poder económico hacia el Sur y el Este, el cual tendrá unas repercusiones en la
política mundial tan fuertes como el derrumbamiento del Muro de Berlín. El Banco Mundial
prevé que los países en desarrollo crecerán a una tasa anual del 5 al 6 por ciento
entre el momento actual y el año 2020. Ello significa que esos países casi duplicarán
su participación en la producción mundial, desde alrededor del 16 por ciento en 1992 al
30 por ciento en el año 2020. Lo que demuestran estas cifras, entre otras cosas, es el
ritmo más rápido de desarrollo. Un nivel de industrialización cuyo logro requirió
150 años en Gran Bretaña o 100 años en los Estados Unidos, lo han conseguido los
llamados "tigres" de Asia en menos de una generación; ello representa el
proceso más rápido de desarrollo de toda la historia económica. Esas distancias siguen
reduciéndose. En 10 países en desarrollo cuyos habitantes constituyen casi un
30 por ciento de la población mundial -es decir, más de 1.500 millones de personas-
¡los ingresos medios per cápita se duplicaron con creces entre 1980 y 1995! Gracias a la
difusión de las tecnologías de la información, ese proceso de industrialización está
en condiciones de acelerarse y ampliarse aún más.
Este notable
historial de progreso económico y tecnológico está produciendo efectos reales sobre la
vida cotidiana de la gente. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
nos recuerda que la pobreza se ha reducido en los últimos 50 años en mayor medida que en
los 500 años anteriores. Desde 1960, las tasas de mortalidad infantil han disminuido
en casi la mitad. Las tasas de malnutrición han bajado en cerca de un tercio. Para el
final del siglo, el analfabetismo entre los adultos se habrá reducido en casi en tres
quintos y de 4.000 a 5.000 millones de personas, aproximadamente, tendrán acceso a
educación básica y atención de la salud. Más notable es aún el hecho de que el PNUD
mencione la posibilidad de erradicar la pobreza en el mundo en la primera parte del
siglo próximo, una idea utópica incluso hace unos pocos decenios, pero una
posibilidad real actualmente.
IV
La OMC
desempeñará -y deberá desempeñar- un papel preponderante en ese mundo interconectado.
Existe una relación clara e indivisible entre la dinámica del progreso tecnológico en
nuestra época, y la dinámica de la liberalización de la economía mundial; el programa
de trabajo futuro de la OMC reviste una importancia capital para que esta tendencia no
sufra desviaciones. También hay un vínculo evidente entre una integración económica y
tecnológica más profunda, por un lado, y por otro, las normas mundiales necesarias para
administrar nuestra interdependencia, normas que sólo puede proporcionar el sistema de
comercio multilateral. En el programa de esta Conferencia se identifican varios sectores
en los que el cambio económico ofrece nuevas oportunidades, pero también nuevos
desafíos. Permítaseme describir brevemente algunas de las formas en que el sistema de la
OMC está trazando el rumbo futuro:
Gestión
de la frontera tecnológica. En primer lugar cabe mencionar los progresos que se han
venido logrando en la liberalización de nuevos sectores de la economía mundial,
contribuyendo con ello a ampliar y profundizar el flujo de tecnología e información en
todo el mundo. Tan sólo este año hemos concluido acuerdos para liberalizar los servicios
de telecomunicaciones mundiales y los productos de la tecnología de la información, y el
volumen del comercio que esto abarca equivale al comercio mundial en los sectores de la
agricultura, el automóvil y los textiles juntos. En conjunto, hemos concluido de hecho
una nueva Ronda pero con otro nombre. Sin embargo, y lo que es más importante, hemos dado
un paso significativo hacia la inclusión del comercio tecnológico del siglo próximo en
el marco de un sistema basado en normas, que cuenta con capacidad para aplicarlas. Ésta
es la extraordinaria contribución de la OMC a una evolución económica de carácter más
previsible.
Con todo, la
frontera tecnológica está avanzando continuamente y generando a su vez
nuevas presiones para que el sistema comercial mantenga el mismo ritmo. En un discurso
reciente, el Presidente Clinton ha pedido la negociación de una zona de libre comercio en
el marco de Internet. Ello representa una importante medida en nuestros esfuerzos para
discutir el programa de trabajo en el sector del comercio para el siglo XXI y examinar a
fondo la tendencia global hacia el libre comercio en el sector de la información. No
obstante, sólo por el hecho de que Internet ofrezca una nueva frontera brillante y
beneficiosa, en la que los negocios pueden hacerse a través de una red mundial completa
de conexiones electrónicas, no debemos considerar que los gobiernos no tienen
preocupaciones y responsabilidades legítimas en relación con esa red. Los gobiernos no
pueden renunciar sencillamente a sus funciones en esa esfera; entre las cuestiones
normativas más importantes con que se enfrentan en lo tocante al comercio electrónico
están las relacionadas con la privacidad, la protección de la propiedad intelectual, la
política fiscal y la reglamentación por motivos de política pública general. Sin
embargo, habrá que trazar una cuidadosa línea divisoria entre la intervención de
carácter legítimo y las distorsiones ocasionadas por el proteccionismo. Así pues, las
consecuencias del comercio electrónico para las responsabilidades gubernamentales en esos
sectores tendrán que ser estudiadas con suma atención.
En la OMC,
nuestra prioridad inmediata es la conclusión satisfactoria en diciembre de las
negociaciones sobre los servicios financieros mundiales. La liberalización financiera y
la creación de un sistema financiero mundial fuerte y estable son, en realidad, dos caras
de la misma moneda. La liberalización invita a hacer inversiones, lo cual significa un
mayor acceso al capital, a conocimientos especializados y a una red financiera mundial
interactiva. Los compromisos de liberalizar los servicios financieros en el marco del
Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios no pondrán en peligro en modo alguno la
capacidad de los Miembros de la OMC para aplicar políticas macroeconómicas y normativas
apropiadas. Por el contrario, los compromisos de liberalizar exigen la adopción de tales
políticas, lo cual es la condición sine qua non de un sector financiero sólido y
vigoroso. Evidentemente, no podemos hacer todo de una sola vez. Además, muchos países no
están sino iniciando el proceso de reforma interna. Sin embargo, la liberalización del
comercio, con compromisos futuros, incluso si en algunos casos se asumen en forma
escalonada, puede contribuir al logro de un proceso de reforma más amplio y a dar a éste
la credibilidad indispensable para el éxito y la estabilidad.
Hay otro
aspecto que debe tenerse en cuenta al comenzar a definir un programa de liberalización
para el siglo próximo. Aun reconociendo las grandes posibilidades para un comercio sin
fronteras, no debemos olvidar los múltiples sectores del comercio internacional en los
que las fronteras son bien reales -como la agricultura, los textiles o los productos
industriales- ni el gran número de países cuyo bienestar económico depende de un
comercio más abierto en esos sectores. A menos que podamos avanzar de un modo que permita
atender no sólo las preocupaciones de larga data, sino también las más recientes, tanto
los países en desarrollo como las naciones desarrolladas corren el riesgo de una
fragmentación de la economía mundial, y un nuevo aumento de la brecha entre los países
que participan en el proceso de mundialización y los que quedan al margen de él.
Integración
de los mercados emergentes - Oportunidades y desafíos. El segundo elemento
fundamental del programa de la OMC es aumentar el número de sus Miembros. La economía
sin fronteras no está solamente intensificando nuestras relaciones, sino también
ampliándolas. El estrechamiento de los vínculos con los países de Asia, América Latina
y, ahora, África, que se están convirtiendo rápidamente en países emergentes, brinda
enormes oportunidades, pero también grandes desafíos en lo que respecta a la
integración, el ajuste y la estabilidad. En el documento de esta Conferencia se sostiene,
y con razón, que el crecimiento futuro de China, la India o el MERCOSUR dependerá del
mantenimiento de la estabilidad económica y política y de una continuación del proceso
de reformas. Todos esos países se enfrentan con importantes problemas de ajuste
económico y social. Tan sólo la modernización de China requerirá importaciones de
equipo y tecnología por valor de casi 100.000 millones de dólares EE.UU. anuales, y
los gastos en infraestructura durante la última parte del presente decenio podrían
ascender a unos 250.000 millones de dólares. En el caso de China y de los otros 27
candidatos, la adhesión a la OMC es un elemento clave del proceso de reforma interna, que
proporciona seguridad de acceso a los mercados mundiales, una solución de diferencias de
carácter resolutivo y un puesto en la mesa redonda en que seguimos elaborando las normas
comerciales del siglo XXI.
Prestación
de asistencia a los que se encuentran al margen de la economía mundial. La
universalidad tiene otra dimensión importante, es decir, la necesidad de lograr que todos
estén incluidos en la nueva economía impulsada por la información, no sólo para
impedir que los más pobres pasen a estar más marginados, sino también para ayudarnos a
todos nosotros a aprovechar las oportunidades que ofrece la integración tecnológica y
económica. El paso hoy en día desde la producción industrial hasta una producción
basada en los conocimientos exige nuevo saber y nuevas aptitudes -y mucho más complejos-
que la migración en el siglo pasado desde la explotación agrícola al taller de una
fábrica. Así pues, los gobiernos también tienen que encontrar nuevos enfoques para
hacer frente al desafío del desarrollo, que se extiende más allá de las inversiones en
la industria y la infraestructura, para abarcar también las inversiones en el capital
humano.
El mes
próximo se celebrará en la OMC una Reunión de Alto Nivel con la UNCTAD, el Centro de
Comercio Internacional y las principales instituciones financieras multilaterales a fin de
elaborar un nuevo enfoque integrado del problema de la marginación de los países menos
adelantados. Uno de los objetivos que se persiguen -cuyo logro por la OMC está bastante
próximo- es una utilización mucho mayor de las nuevas tecnologías para aumentar el
alcance y la eficacia de la asistencia técnica y la información. El objetivo más amplio
es integrar nuestras políticas y aprovechar nuestros esfuerzos, vinculando la asistencia
técnica con el fortalecimiento de la capacidad y el acceso a los mercados a fin de
elaborar una estrategia de desarrollo que se refuerce mutuamente.
V
Cuando nos acercamos al 50. aniversario del sistema multilateral, existe una gran
oportunidad para actuar en forma tan creativa en la construcción de esa economía mundial
cada vez más sin fronteras, como lo hicieron nuestros antepasados hace medio siglo al
construir el sistema internacional de la posguerra. El "inventar el futuro" no
exige nada menos. Sería erróneo subestimar los múltiples problemas competitivos y
estructurales de la economía mundial y los gobiernos y las instituciones internacionales
tienen que abordarlos en forma cooperativa.
Sin embargo,
sería igualmente erróneo pasar por alto el hecho de que, si continúan las tendencias
actuales, tenemos posibilidades reales para duplicar el comercio mundial en un decenio, y
duplicar la producción y los recursos del mundo en dos, con una tasa de crecimiento en
los países en desarrollo equivalente al doble de la correspondiente a las naciones
avanzadas. Tenemos el potencial para asegurar un acceso, en pie de igualdad, a la
educación y la información -especialmente en el caso del mundo en desarrollo- que, a su
vez, dará lugar a la igualdad de oportunidades. Además, tras todo ello, tenemos el
potencial para superar los obstáculos, no solamente geográficos, sino también en lo que
respecta a la política, la riqueza y los conocimientos, que durante demasiado tiempo han
separado nuestros diferentes mundos. Nunca ha habido anteriormente tal coincidencia de
oportunidades importantes, en cuyo marco la economía de mercado, en todas sus
variaciones, domina el progreso de la economía mundial entera. Nunca anteriormente ha
tenido una generación mayor poder para crear un mundo mejor.
No obstante,
ese gran poder para configurar el futuro va acompañado también por una gran
responsabilidad. No tenemos un mensaje claro acerca de las grandes oportunidades en
nuestra época cambiante, al tiempo que el mensaje de que disponemos se centra en demasía
en los desafíos. Es preciso invertir esta tendencia. Confío en que la celebración a
alto nivel en mayo próximo del 50. aniversario del sistema de comercio multilateral en
Ginebra nos brindará esta oportunidad. La alternativa a todo ello es un mundo dividido.
No la cooperación internacional basada en normas, sino la anarquía internacional basada
en el poder. No la invención del futuro, sino un retorno al pasado, con sus conflictos,
sus divisiones y sus tragedias. La vía que elijamos dependerá de nuestra visión, pero
también de nuestra sabiduría y prudencia en los años venideros.
Nuestro
momento en la historia no es distinto del momento que aprovechó Colón hace unos 500
años. De la misma manera que la conquista de los océanos en el siglo XVII inició un
período de rápido desarrollo en Europa y el Nuevo Mundo, nuestra conquista más reciente
de la geografía podría dar lugar, a mi juicio, a un período igualmente dinámico de
desarrollo en el mundo. Con todo, para descubrir este nuevo mundo, tenemos que encontrar
nuevos medios que nos permitan aprovechar las energías colectivas y ser tan visionarios y
tan audaces como los intrépidos exploradores que abrieron las rutas del comercio en el
pasado. |
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