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Permítanme en primer lugar agradecer a Rubens Ricupero,
Secretario General de la UNCTAD, Klaus Topfer, nuevo
Director Ejecutivo del PNUMA y Eimi Watanabe,
Administrador Auxiliar del PNUD su presencia en este
Simposio. Una de las lecciones que cabe extraer del
debate sobre las relaciones entre comercio y medio
ambiente es que, debido a su carácter
multidisciplinario, también debe abarcar la labor de
otras instituciones -y su presencia aquí en el día de
hoy es un signo tangible de ese compromiso común.Agradezco
igualmente a los Países Bajos, la Unión Europea,
Noruega, Dinamarca, el Japón, el Canadá y Australia su
contribución financiera a este Simposio. Mi
agradecimiento va también al Centro Internacional
de Comercio y Desarrollo Sostenible por el apoyo
financiero y administrativo prestado. Hemos sido
extremadamente afortunados a la hora de atraer expertos
de las organizaciones especializadas en cuestiones de
desarrollo, medio ambiente y economía y me complace que
sean tantas las figuras destacadas, tanto de los países
en desarrollo como de los países desarrollados, que han
acudido aquí, a Ginebra para intercambiar sus puntos de
vista sobre esta cuestión.
Parece
particularmente apropiado que nuestra reunión tenga
lugar en esta sala, la nueva sala del Consejo General de
la OMC, porque aquí es donde el programa comercial del
futuro empezará a tomar forma. La relación entre el
comercio y el medio ambiente constituirá un importante
telón de fondo de este proceso y por esta razón espero
que durante los próximos dos días se dé un diálogo
abierto y constructivo. Sé que se manifestarán
diferencias de opinión, pero también estoy persuadido
de que hoy nos hemos reunido aquí porque compartimos la
misma convicción: la de que trabajando juntos podremos
alcanzar mejor el objetivo que compartimos en materia de
desarrollo sostenible.
Señoras
y señores. A medida que nos acercamos al final del
presente siglo, uno de los principales desafíos del
próximo es ya evidente: cómo compaginar las necesidades
del planeta con la necesidad de incluir a miles de
millones de personas en la economía mundial. Hace sólo
un decenio, muchos habrían considerado que ambos
objetivos eran incompatibles. El debate ambiental estaba
fuertemente influenciado por las teorías de los
límites del crecimiento y eran muchos los
que consideraban que la mundialización del comercio y la
inversión serían una de las principales amenazas para
el planeta. Al mismo tiempo muchos empresarios y
funcionarios gubernamentales consideraron que el programa
ambiental era freno del desarrollo económico y un
obstáculo para un desarrollo mayor a escala mundial. Sin
embargo en los años recientes ha habido signos positivos
de que afortunadamente esta fractura ideológica se está
cerrando. En su lugar está emergiendo un nuevo consenso,
en el sentido de que la liberalización comercial y la
protección ambiental no sólo constituyen dos metas
compatibles sino que deben ser las dos facetas de la
misma estrategia para lograr un desarrollo sostenible a
escala mundial.
Hoy
deseo formular tres afirmaciones generales acerca del
camino que se abre ante nosotros. En primer lugar, la
liberalización del comercio es una aliada poderosa del
desarrollo sostenible y la sinergia de ambos debería
renovarse y revitalizarse en el Comité de Comercio Medio
Ambiente. En segundo lugar, el medio ambiente sostenible
es igualmente fundamental para el futuro de la economía
internacional y la solución de los desafíos ambientales
mundiales estriba en lograr acuerdos en materia de medio
ambiente a escala mundial. Nada hay en la OMC que se
oponga a dichos acuerdos. Por el contrario, la OMC tiene
interés en tender un puente efectivo hacia el programa
ambiental, cuando menos porque la falta de una estrategia
coherente afectará tanto al sistema de comercio mundial
como al medio ambiente mundial. Lo cual me conduce a la
tercera afirmación: la mundialización nos está
impulsando a todos a desarrollar una arquitectura
internacional que gestione los vínculos no sólo entre
comercio y medio ambiente, sino también entre las demás
políticas que actualmente rebasan fronteras y
jurisdicciones. La forma en que configuremos esa
arquitectura determinará en gran medida el modo en que
haremos frente a los desafíos y a las oportunidades de
esta nueva era mundial.
La
relación entre el comercio abierto y el desarrollo
sostenible se reflejó por primera vez en la labor
pionera de la Comisión Brundtland y más tarde en la
Declaración de Río de 1992. En ambos casos se llegó a
la conclusión esencial de que la liberalización del
comercio es un poderoso motor de crecimiento económico y
de que el crecimiento es vital para establecer las
condiciones que propician los progresos en la protección
ambiental y la realización de un desarrollo sostenible.
Por ejemplo, se ha estimado que la conclusión de la
Ronda Uruguay está aportando 500.000 millones de
dólares EE.UU. por año a la economía mundial,
unos recursos que resultan indispensables para reducir la
pobreza y el subdesarrollo a escala mundial, que durante
mucho tiempo se han considerado como los factores que por
sí solos son responsables de la mayor degradación
ambiental.
La
liberalización del comercio también tiene un papel
importante que desempeñar en el ajuste de los mecanismos
mundiales de fijación de los precios, como condición
previa para el ajuste de las políticas mundiales. Los
fracasos en materia de fijación de precios constituyen
una causa implícita esencial de la degradación
ambiental. Estudios sucesivos han mostrado el grado en
que las restricciones de acceso a los mercados, las
políticas nacionales de apoyo y las subvenciones a la
exportación, no sólo han suprimido el potencial de
desarrollo de muchos países, sino que también han dado
lugar a precios distorsionados y a graves efectos
secundarios en materia de medio ambiente, hasta el punto
de que los recursos escasos no sólo están explotados en
exceso, sino que en algunos casos están literalmente
agotados.
Con
la Ronda Uruguay avanzamos, pero nos queda mucho más por
hacer. Debemos asegurarnos de que nuestros compromisos en
el marco de la Ronda Uruguay se aplican plenamente.
Debemos seguir centrándonos en la progresividad
arancelaria y en las numerosas crestas arancelarias que
subsisten, especialmente si queremos aliviar la presión
que se ejerce sobre los países en desarrollo para que se
especialicen únicamente en la explotación de recursos
naturales o en las actividades ambientalmente sensibles.
También podemos aspirar a negociar unas disciplinas más
estrictas en materia de subvenciones. La agricultura, la
pesca y la energía son sectores en los que una mayor
disciplina de mercado podría tener un efecto positivo en
el medio ambiente. Todas esas cuestiones han sido objeto
de amplios debates y trabajos en el Comité de Comercio y
Desarrollo pero es evidente que aún queda mucho más por
hacer.
Existe
otra dimensión igualmente importante del desarrollo
sostenible, a saber, la representada por la idea de que
tanto el crecimiento como el desarrollo económico
continuados dependen más que nunca en nuestro mundo
interconectado de la vitalidad y del carácter sostenible
del ecosistema mundial. Ninguno de nosotros puede dejar
de verse afectado por la realidad del cambio climático,
la deforestación, los agujeros en la capa de ozono o la
contaminación de las aguas. Ninguno de nosotros puede
seguir permitiéndose el lujo de hacer caso omiso de la
amenaza, económica pero también ambiental, que
constituye un ecosistema en rápido deterioro para
nuestro frágil planeta. Tanto entre las empresas como
entre los gobiernos la noción de que no podemos
permitirnos el coste de proteger el medio ambiente está
dando paso a la convicción de que lo que no podemos
permitirnos es no protegerlo.
La
liberalización comercial puede y debe ser un aliado
fundamental del desarrollo sostenible. Pero unos mercados
más libres no resolverán por sí solos todas las
cuestiones ambientales y sociales complejas con que
debemos enfrentarnos en el mundo interdependiente de hoy.
Una mayor liberalización de la inversión no es una
receta para regenerar el ozono de la estratosfera. Por
sí solos unos aranceles más bajos no detendrán la
destrucción de nuestros recursos marinos. La solución
más amplia de los desafíos ambientales y de otro tipo
reside en el logro de un consenso mundial en cada una de
esas esferas. Se trata de alcanzar acuerdos y normas
globales que puedan aplicarse, y también de construir el
tipo de instituciones mundiales necesarias para
gestionarlos unos y otras. En otras palabras, se trata de
elaborar normas mundiales para subvenir a necesidades
mundiales, como lo hemos hecho durante más de
50 años con el sistema del comercio.
Se
debería hacer valer la influencia de la OMC cuando sea
posible para apoyar la labor de otros foros
multilaterales. Permítanme citar dos ejemplos: el
Comité de Comercio y Desarrollo, en su informe a la
primera Conferencia Ministerial de la OMC, en Singapur,
señaló que las formas más apropiadas de hacer frente a
los problemas ambientales compartidos es mediante
soluciones compartidas. Los cerca de 185 acuerdos
multilaterales sobre el medio ambiente -o AMUMA-
representan la mejor forma de abordar los problemas
ambientales mundiales. Y los resultados lo demuestran. En
los últimos años, ha habido signos alentadores de que
el deterioro de la capa de ozono está retrocediendo,
gracias a los considerables logros del Protocolo de
Montreal. Este acuerdo, y otros varios, como la
Convención sobre el Comercio Internacional de Especies
Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) y
el Convenio de Basilea, están funcionando porque
los gobiernos han llegado a la conclusión de que
trabajar con los demás aporta más resultados que
trabajar solo. Algunos de estos acuerdos también
contienen medidas sobre el comercio y, a pesar de las
inquietudes de algunos miembros de la comunidad
medioambiental, nunca ha surgido una diferencia jurídica
entre la OMC y un AMUMA a este respecto.
Otro
ejemplo es el consenso alcanzado en la Conferencia
Ministerial de la OMC en Singapur sobre la espinosa
cuestión de las normas de trabajo. Las posiciones tanto
en un sentido como en el otro sobre esta cuestión se
mantuvieron muy enérgicamente. Sin embargo, después de
meses de cuidadosa preparación en Ginebra y de cinco
días de intenso debate en Singapur, salimos de
la Conferencia con un consenso claro y fuerte, un
consenso por el cual los Miembros se comprometieron en
primer lugar a la observancia de normas del trabajo
fundamentales, internacionalmente reconocidas; en segundo
lugar declararon que la OIT era el órgano competente
para tratar la cuestión de las normas del trabajo; en
tercer lugar, admitieron que tales normas se promueven
mediante el crecimiento y el desarrollo, fomentados por
la liberalización comercial; y en cuarto lugar
convinieron en que las normas del trabajo en modo alguno
deban utilizarse para fines proteccionistas o para poner
en entredicho la ventaja comparativa de los países. El
hecho de que la OIT esté actualmente dando pasos
importantes en esos sectores muestra, que el consenso
sobre las cuestiones más difíciles no sólo es posible
sino absolutamente esencial para un progreso real y
duradero.
Cito
estos ejemplos para poner de relieve dos cuestiones: que
los enfoques multilaterales en los campos ambiental y
social están funcionando y que nada en la OMC se opone a
que la comunidad internacional persiga metas comunes en
otros acuerdos internacionales. Sin perjuicio del
requisito básico de la no discriminación, las normas de
la OMC no plantean ninguna limitación de las opciones
políticas de que dispone un país para proteger su medio
ambiente o sus normas de salud contra el perjuicio bien
de la producción nacional o bien del consumo de
productos de producción nacional o de importación. Los
gobiernos pueden utilizar cualquier tipo de restricción
del comercio, incluidos los contingentes de importación
y exportación y las prohibiciones, con imposición de
impuestos u otras cargas en la frontera, para los fines
de la protección ambiental o de la conservación de
recursos dentro de su jurisdicción. A título de
ejemplo, durante los últimos cinco años un 10 por
ciento o más de todas las normas de productos
notificadas con arreglo al Acuerdo de la OMC sobre
Obstáculos Técnicos al Comercio tienen que ver con el
medio ambiente. Ello es buena prueba de la importancia
que presentan las normas y reglamentos nacionales sobre
el medio ambiente. Ni una sola de esas medidas se ha
puesto nunca en cuestión en la OMC.
Por
supuesto, existen cuestiones más arduas que surgen en el
debate sobre comercio y medio ambiente, cuestiones que
gravitan en torno al derecho soberano de los gobiernos a
establecer procesos de producción, normas o métodos de
carácter nacional. Pero una vez más ese debate lleva
implícita la necesidad apremiante de alcanzar soluciones
multilaterales precisas de esas cuestiones específicas.
En este caso las normas de la OMC tampoco deben
constituir un obstáculo. Esas soluciones, por ejemplo,
podrían comportar transferencias financieras o
incentivos a compartir las cargas, a los que se ha
recurrido con éxito en el marco del Fondo Multilateral
del Protocolo de Montreal o del presupuesto trienal del
Fondo para la Protección del Medio Ambiente. Podrían
también incluir disposiciones para vigilar la
observancia y otras medidas complementarias. En la medida
en que el acuerdo en cuestión sea verdaderamente
multilateral por basarse en el consenso entre un amplio
grupo de países, la OMC poco puede decir acerca de la
utilización de dichas medidas.
Lo
repito, hasta la fecha no ha surgido ningún conflicto
entre las normas de un AMUMA y las de la OMC. No obstante
debemos permanecer alertas y otear el futuro, no sólo
para evitar los conflictos potenciales que se puedan
encontrar más adelante en el camino, sino para refutar
los argumentos de aquellos que afirman -sin fundamento
hasta la fecha- que en última instancia los programas
del comercio mundial y del medio ambiente no pueden menos
que entrar en conflicto. El punto clave es que los AMUMA
y la OMC representan diferentes cuerpos legales. Hemos de
establecer un marco para definir las relaciones entre
los AMUMA y la OMC, sin dejar de garantizar que los
programas comerciales y ambientales se apoyen mutuamente.
La coordinación política entre los funcionarios
comerciales y ambientales en los planos nacional e
internacional, desempeñará un papel importante a la
hora de garantizar que los Miembros de la OMC pueden
respetar las obligaciones que han contraído tanto en la
OMC como en los AMUMA, así como para reducir la
posibilidad de que surjan incoherencias jurídicas. En el
contexto de la oportunidad de incluir en los AMUMA
disposiciones comerciales sobre las que se haya llegado a
un acuerdo específico, deberían respetarse mutuamente
la pericia técnica y la política tanto en la esfera
comercial como en la ambiental.
Pero
existe otro corolario importante de este argumento. Si el
problema es el medio ambiente, entonces nuestro objetivo
debe consistir en desarrollar políticas mundiales que se
planteen el medio ambiente y no el comercio. Pedirle a la
OMC que resuelva problemas ajenos a su labor fundamental,
especialmente cuando se trata de problemas que los
gobiernos no han podido abordar satisfactoriamente en
otros contextos, no es simplemente una receta para el
fracaso sino que puede causar un perjuicio incalculable
al propio sistema del comercio con todos los efectos
colaterales que ello tendría sobre una economía
sostenible mundial.
La
hipótesis de que los mismos países que en los foros de
medio ambiente no pueden alcanzar un consenso acerca de
objetivos ambientales podrían de algún modo lograrlo
con menos esfuerzos en la OMC entraña un error
fundamental. La OMC es una organización basada en el
consenso y todas las decisiones esenciales se logran
sobre la base del acuerdo mutuo. Difícilmente puede
esperarse que un país al que no se ha persuadido de
sumarse a un consenso para resolver un problema ambiental
mediante un AMUMA se sume a un consenso en la OMC para
cambiar las normas del comercio de modo que éstas
permitan que se le sancione. En la realidad probablemente
ocurra precisamente lo contrario.
Existe
otra importante consideración. La OMC no es un órgano
supranacional con facultades extraterritoriales ni tiene
la intención de convertirse en ello. No es un policía
mundial que pueda obligar al cumplimiento de las normas a
gobiernos que no estén deseosos de hacerlo. Las normas
de la OMC son el resultado de una negociación libre
entre gobiernos soberanos y dentro de un sistema basado
en el consenso. Igualmente importante es el hecho de que
las normas de la OMC sean no discriminatorias, lo que
equivale a que se garanticen derechos iguales a todos los
países dentro del sistema, independientemente de su
tamaño y poder. Permítaseme decir las cosas muy claras.
No se puede obligar a país alguno a aceptar normas y
disciplinas para las que no haya dado explícitamente su
acuerdo. Ningún país está obligado a aceptar las
resoluciones de la OMC en materia de diferencias aunque,
si un país es incapaz de aplicar una resolución de la
OMC, puede tener que otorgar ventajas a sus
interlocutores comerciales en otros sectores.
La
ironía estriba en que algunos socavarían ahora estos
principios básicos de la cooperación internacional
invocando objetivos mundiales de mayor generalidad. De
hecho un resultado paradójico de la actual búsqueda de
soluciones mundiales a los problemas ambientales,
sociales y de otra índole es la presión creciente que
en algunos sectores se ejerce en favor de medidas
comerciales unilaterales. Pero ¿quién puede decir que
sus normas ambientales, sus tradiciones culturales, sus
sistemas políticos representan una norma universal?
¿Cuáles de esos valores y normas deberían imponerse a
otros países? ¿Deseamos realmente que la OMC desempeñe
el papel de juez, jurado y policía de nuestros valores
ambientales, sociales y éticos? No sólo estamos
pidiendo al sistema del comercio que desempeñe una
función para la que nunca estuvo previsto sino que, lo
que es peor, esa es la forma más segura de adulterar el
espíritu de consenso y cooperación internacionales que
tan desesperadamente necesitamos para comenzar a abordar
los más amplios desafíos del próximo siglo.
Al
hacer hincapié en la necesidad de acuerdos
multilaterales sobre las cuestiones ambientales y de otra
índole no sólo estoy aduciendo que éste es un problema
ajeno, y que esas cuestiones no presentan interés ni
pertinencia a los ojos de la OMC. Lo que estoy
defendiendo es que la mejor manera de solucionar los
problemas del medio ambiente a escala mundial es mediante
políticas e instituciones de ámbito mundial en materia
de medio ambiente, que iniciativas fundamentales como el
Protocolo de Kyoto o el acuerdo de Singapur en lo
relativo a las normas del trabajo demuestran que el
multilateralismo puede funcionar y que pueden concluirse,
y de hecho ya se están concluyendo, AMUMA que se
planteen la reforma de las actividades económicas
básicas como las emisiones de gas causantes del efecto
invernadero.
También
estoy sugiriendo que cometeríamos un grave error si
pretendiésemos que la OMC ofrece algún tipo de atajo
para la política mundial ambiental o social. El
unilateralismo no convencerá a ningún país de la
validez de los valores que otro país afirma. Y las
sanciones comerciales no servirán como señal de alarma
a la opinión pública de todo el mundo. Este enfoque de
hecho puede verse como un síntoma de debilidad y no de
fuerza. Podría reflejar una falta de confianza esencial
en la posibilidad de que los derechos o valores propios
puedan ser libremente compartidos con los demás.
Al
conmemorar el quincuagésimo aniversario del sistema
multilateral en el presente año hemos de mirar hacia el
futuro y también hacia el pasado. La guerra fría ha
acabado. Las divisiones entre el Norte y el Sur se han
difuminado. Hoy en día tenemos la oportunidad de
completar la construcción de un sistema universal del
comercio que reúna a las economías industriales, a las
economías en desarrollo y a las economías en
transición en una comunidad de normas y disciplinas.
Aprovechar esta oportunidad será una contribución
esencial no sólo a un futuro próspero sino también a
un futuro sostenible y seguro. Pero ni por un momento
podemos pensar que los logros de ayer constituyen una
garantía suficiente de los éxitos de mañana. Los
millones de personas que en nuestra aldea global todavía
viven en condiciones de pobreza, el deterioro de la
estratosfera de nuestro planeta, la regresión de los
bosques y la contaminación de los ríos, que constituyen
otras tantas cicatrices en nuestros paisajes - esos
desafíos eclipsan nuestros éxitos al final del siglo,
contribuyendo a una imagen que combina las luces y las
sombras.
Tampoco
trabaja el tiempo a nuestro favor. La mundialización de
nuestra economía se está desplazando literalmente con
la velocidad del Internet, pero los desafíos mundiales
en materia de medio ambiente a que hacemos frente se
están desvelando de forma no menos rápida y tendrán
cuando menos una repercusión igualmente profunda en
nuestro futuro colectivo. Necesitamos soluciones ahora y
no en un futuro hipotético y las soluciones comienzan
con el reconocimiento de que los problemas comunes, tanto
si se trata de la estabilidad monetaria como de la
perspectiva de un cambio climático, son demasiado
amplios para ser resueltos con enfoques únicos o por
gobiernos que actúen por su cuenta. Una mayor coherencia
mundial en la concepción de políticas es un paso no
sólo lógico sino también necesario en esta era de
interdependencia. El que las políticas, como las
fronteras, se vuelvan cada vez más difusas pone de
relieve con claridad la necesidad de un avance en el
frente más amplio posible y no de modo fragmentario o
aislado, dicho de otra forma, subraya la necesidad de una
arquitectura mundial que conforme un nuevo tipo de
sistema mundial.
Recientemente
escuché en Wáshington los comentarios de Bob Strauss,
el antiguo Representante de los Estados Unidos para
Cuestiones Comerciales, sobre la forma en que el programa
comercial se ha ampliado hasta rebasar lo que parecía
posible en el momento de la Ronda de Tokio. De forma
análoga, yo les instaría a no creer que las normas e
instituciones en materia de medio ambiente a escala
mundial son inasequibles. La realidad de la economía
mundial y de la interdependencia económica de hoy exige
que ampliemos, en lugar de contraer, los horizontes de la
cooperación internacional mediante los instrumentos
apropiados para cada problema y no únicamente en la
arena ambiental sino en muchos otros sectores también.
La progresión de la OMC durante el último medio siglo
es prueba de lo que se ha conseguido a escala
internacional durante los últimos 50 años mediante la
cooperación y el consenso y también de lo que se puede
lograr en el futuro. Esa es la razón de que el diálogo
de hoy tenga tan vital importancia. Esa es también la
razón por la que valoro tanto sus contribuciones como
sus consejos. Esta es igualmente la razón por la que
necesitamos acción y cooperación colectivas, promovidas
no sólo por los gobiernos nacionales, sino también por
las muchas organizaciones internacionales y ONG hoy
representadas en esta sala. Por esta razón hago votos
por el éxito del presente Simposio y espero que resulte
extremadamente productivo.
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