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I
Es
para mí un gran placer, y he de decirlo ante todo,
dirigirme a tan prestigiosa audiencia; en particular, en
una coyuntura tan crítica de la economía mundial. Nos
enseña la historia que muchas de las más altas visiones
de la humanidad se alumbraron en momentos de adversidad.
Desde la creación del sistema que, después de la
guerra, se hizo surgir de entre sus cenizas, a la
construcción europea y a la caída del Muro de Berlín,
la gran lección de nuestra generación es que la
imaginación y la esperanza han triunfado siempre sobre
el escepticismo. Hoy nos enfrentamos a lo que el
Presidente Clinton ha calificado como la crisis
económica más grave de los 50 últimos años. Y aun
así, esta crisis, para los Estados Unidos y otros
países, debe ser también una ocasión de afrontar no ya
los problemas del sistema financiero -que son
inmediatos-, sino los retos, mucho más amplios,
planteados por la revolución tecnológica y económica
global que cunde a nuestro alrededor. Es bajo esta más
vasta perspectiva desde la que deseo exponer hoy mis
observaciones.
Son
muchos los interrogantes que se han planteado -y
seguirán planteándose- acerca de la actual crisis
financiera. Pero tal vez el más desconcertante sea:
¿por qué sucede todo esto ahora, en el preciso momento
en que creíamos haber encontrado tantas respuestas a los
problemas mundiales?
Hace
casi un decenio cayó el Muro de Berlín; lapso en el que
la fe en la libertad -de elección, de mercados, de
movimiento de mercancías, capitales e ideas- ha hecho
impresionantes avances por todo el mundo: cuando el
liderazgo de los Estados Unidos es casi incuestionado;
cuando las economías avanzadas son más dinámicas de lo
que lo han sido en decenios, y cuando el vasto mundo en
desarrollo venía creciendo, hasta fechas muy recientes,
cada vez más dinámico, a una tasa media anual del 6 por
ciento a lo largo de los años noventa; cuando las
barreras económicas que nos separaban se están
reduciendo, si no eliminando, multilateralmente así como
en extensos bloques regionales; y cuando los satélites,
ordenadores y fibras ópticas están creando la realidad
de una aldea electrónica global, con su enorme potencial
para ampliar el círculo de modernización a Asia,
América Latina y África, y no tan sólo a los pocos
afortunados de Occidente.
¿Por
qué con tan gran potencial para construir un mundo mejor
nos encontramos hoy ante tan graves dificultades? La
respuesta es, en parte: por arrogancia. La nueva
economía global no es tan nueva que haya escapado a las
leyes económicas de la gravedad. Existen todavía los
ciclos comerciales, incluso en una forma más exagerada,
debido a la velocidad del cambio y al grado de nuestra
integración. Las imperfecciones del mercado -exceso de
inversión, exceso de presión, exceso de oferta- no han
desaparecido. Antes bien, han reaparecido a mayor escala.
Sin duda, una de las mayores desgracias de la crisis
actual es el supuesto de que el progreso de la economía
mundial es inevitable - de que podíamos realizar la
transición de la era de la guerra fría a una nueva era
mundial de manera indolora y con escaso esfuerzo o
imaginación por nuestra parte. Estábamos equivocados.
Ese mundo en trance de mundialización es un mundo de
inmensa promesa, pero también de inmensa complejidad y
dificultad.
Que
plantea el profundo desafío al que nos enfrentamos.
Nunca hasta ahora ha avanzado la tecnología con tanta
rapidez como en la actualidad - configurando una nueva
economía global en el proceso. Hoy día se exporta una
cuarta parte de la producción mundial, mientras que en
1950 la cifra era de tan sólo el 7 por ciento. En el
caso de los países en desarrollo ese porcentaje es aún
más elevado, de casi el 40 por ciento, lo que refleja su
integración sin precedentes en la economía mundial. El
capital circula por el mundo con mucha mayor rapidez y en
volúmenes muchas veces superiores a los hasta ahora
registrados: más de 1 billón de dólares en un solo
día. Todo esto ha dado lugar a una economía mundial
más interdependiente y abierta: con nuevas eficiencias,
mayor riqueza y un nivel de vida más elevado para
millones de personas. Ha originado también nuevas
incertidumbres, nuevos riesgos, nuevos desafíos.
La
cuestión es: ¿nos hemos adaptado a ese nuevo
mundo? ¿Se han puesto al día nuestros sistemas,
nuestras políticas, nuestros planteamientos? A comienzos
de siglo, construimos un marco de instituciones y
políticas nacionales para facilitar la realización de
todo el potencial que ofrecía la mayor libertad de los
mercados nacionales: legislación bancaria, política de
competencia, bienestar social, trabajo, salud y
legislación de seguridad. A medida que cunde la lógica
de la globalización, apremia la necesidad de adoptar
políticas similares de ámbito internacional. El
problema al que hoy nos enfrentamos es que estamos
intentando abordar la economía global del próximo siglo
con las instituciones y las políticas de un siglo que se
extingue. La crisis actual demuestra que ya no podemos
seguir ignorando esa realidad.
II
Pero
no es ésta una tarea sencilla y sin dificultades. En
primer lugar, la globalización está difuminando la
distinción entre cuestiones nacionales e
internacionales, redefiniendo -pero no suprimiendo-
nuestras nociones tradicionales de soberanía. Como hemos
visto el pasado año, la debilidad de los sistemas
financieros nacionales puede tener ahora muy importantes
repercusiones en todo el mundo. Y aun así, no existe un
mecanismo sencillo que llegue al interior de las
fronteras y contribuya a modificar esos aspectos y
mejorarlos. Y es el caso que las finanzas no son en modo
alguno el único ámbito normativo en el que la
globalización está transformando lo que una vez fueran
cuestiones nacionales en inquietudes globales. Los
países tienen derecho a utilizar sus recursos como mejor
estimen. Pero la secuela puede ser la lluvia ácida, los
gases de invernadero o la deforestación
que
a su vez afectan al ecosistema global, nuestro patrimonio
común. Un ejemplo aún más manifiesto es el de los
derechos humanos, que muchos países consideran como un
asunto interno. Pero esa distinción es cada vez más
difícil de sostener en el mundo actual, en el que no
sólo el comercio está globalmente interconectado, sino
también la información: donde la CNN, el Internet o las
máquinas de fax transmiten sin esfuerzo imágenes e
información a través de las fronteras de una manera que
influye profundamente en el modo en que las naciones se
perciben unas a otras.
Esto
plantea un segundo reto de la era global. El comercio,
las inversiones y la tecnología unen el mundo en que
vivimos mediante lazos cada vez más estrechos, pero este
mundo sigue teniendo diferentes sistemas, diferentes
intereses y situaciones, con muy diferentes niveles de
desarrollo. En el preciso momento en que necesitamos
mayor cooperación y consenso, la comunidad internacional
ya no es un acogedor club transatlántico, sino una
verdadera comunidad global de intereses con docenas de
nuevos, activos e importantes actores en la escena
mundial
casi todos los cuales son países en
desarrollo o economías en transición. A este entorno
internacional más complejo viene a añadirse la
creciente influencia de los intereses comerciales,
inversores internacionales y organizaciones no
gubernamentales que desempeñan actualmente un papel
fundamental en la configuración de las relaciones
transnacionales.
La
crisis actual pone de manifiesto esas nuevas
complejidades -y también las nuevas fricciones- de
nuestro mundo interdependiente y plantea toda una serie
de nuevos interrogantes sobre el modo de abordarlas.
¿Podemos mantener un sistema comercial estable sin un
sistema financiero estable? ¿Podemos compaginar la
necesidad del desarrollo sostenible con la necesidad de
procurar a millones de seres un nivel de vida digno?
¿Podemos prever normas de trabajo compartido entre
economías y sociedades muy diferentes? La
interdependencia significa que debemos de hallar
respuesta para todas esas cuestiones interconectadas de
una manera más coherente y equilibrada. Pero la
interdependencia significa también que existe la
posibilidad de un mayor antagonismo así como de una
mayor convergencia: la estrechez de los lazos también
puede ser contraproducente.
Plantea
esto un tercer desafío: muchas de las cuestiones
económicas, ambientales e incluso sociales a las que nos
enfrentamos son de naturaleza cada vez más global, pero
nuestra política sigue siendo nacional. Nuestros
dirigentes, representantes y funcionarios son
responsables ante todo y sobre todo ante los electores
nacionales
cuyos intereses son todavía, en
gran parte, nacionales. Y, por el futuro previsible, el
Estado-nación continuará siendo la única institución
viable y legítima para expresar la voluntad democrática
del pueblo. ¿Cómo resolver el potencial de tensión
entre nuestros intereses y responsabilidades globales
crecientes y nuestros asuntos nacionales, más estrechos?
¿Cómo movilizar el apoyo popular a los objetivos,
políticas e instituciones mundiales? Y -y esto es lo
más importante- ¿cómo evitar un "déficit
democrático": una brecha entre las políticas
mundiales y la población cuyos intereses se supone que
han de reflejar?
Muchas
de las críticas recientes de la globalización son
irracionales o algo peor. Pero es también cierto que
muchos millones de nuestros ciudadanos se sienten
legítimamente inquietos por el problema de la pobreza,
la educación y las desigualdades de ingresos, la salud
de nuestro planeta, la seguridad de los alimentos de sus
hijos o los derechos fundamentales de sus conciudadanos.
Son éstas cuestiones muy importantes y complejas, tal
vez demasiado para resolverlas en la CNN o en grupos de
debate por Internet, pero también demasiado importantes
para confiarlas únicamente a burócratas
internacionales.
Se
plantea aquí un cuarto desafío de primera importancia:
el de lograr una orientación rectora en esta era de
planteamientos globales. No es nada sencilla la tarea de
movilizar el esfuerzo colectivo y la imaginación en unos
momentos en que no nos enfrentamos ya a un enemigo
común, sino a miles de problemas complejos. La guerra
fría no era tan sólo una cuestión de intereses
geopolíticos encontrados, sino también un choque de
ideas: democracia contra totalitarismo; libertad contra
control del Estado. Pero el "cemento" de la
guerra fría se ha quebrantado. Existe el riesgo de que
los pormenores de la técnica eclipsen las grandes ideas.
Las admirables alianzas quedan empequeñecidas por pugnas
y rivalidades triviales.
Tampoco
hemos articulado una visión clara de cómo debiera ser
un nuevo orden mundial. Hace un siglo, los estadistas que
proyectaron el sistema de posguerra -las Naciones Unidas,
Bretton Woods, el GATT- se sintieron profundamente
influidos por las lecciones compartidas de la
historia aun cuando su política y sus actitudes fueran
diferentes. Todos habían vivido el caos económico de
los años treinta, cuando el repliegue sobre sí mismos
había conducido directamente a la descomposición del
comercio internacional, la Gran Depresión y, por
último, la guerra mundial. Todos ellos -incluso las
potencias derrotadas- convinieron en que el único camino
para la reconstrucción y la paz consistía en construir
una estructura internacional completamente nueva:
enraizada en los valores de la libertad, la apertura y la
interdependencia.
El
fin de la guerra fría no alumbró una demanda similar de
un nuevo sistema internacional. Por el contrario, el
triunfo sobre el comunismo soviético vino a reforzar el statu
quo. Alentó la creencia de que habíamos alcanzado
el fin de nuestros debates, ya que no el fin
de la Historia. Y esa política exterior pudo caer en el
olvido ante inquietudes nacionales más apremiantes. El
resultado es una cierta sensación de parálisis frente a
muchos de los retos que plantea la globalización: la
conciencia de las colosales tareas a las que nos
enfrentamos y, aun así, la incapacidad en que hasta
ahora nos hemos visto de forjar una visión y una línea
rectora colectivas para seguir adelante.
III
Hoy
día nos encontramos frente a una nueva realidad. Si el
reto de los 50 últimos años era abordar un mundo
dividido, el reto del futuro es abordar un mundo
interdependiente. Nuestro panorama institucional y mental
habrá de cambiar. Los hechos acaecidos el pasado año, y
en especial en los últimos meses, ilustran claramente
que el statu quo ya no es suficiente. Que en esta
economía mundial cada vez más globalizada, sin
fronteras, donde el comercio, las inversiones, la
tecnología y la información circulan por el planeta de
manera cada vez más instantánea y cómoda, no podemos
confiar ya en nuestros antiguos instrumentos normativos y
nuestros viejos planteamientos. Los acontecimientos nos
dejan atrás. Hoy día necesitamos responder a los retos
que se nos plantean con la misma clarividencia y la misma
imaginación que inspiraron a los arquitectos del sistema
de la posguerra hace ahora 50 años.
¿Qué
se ha de hacer? Evidentemente, no es éste el momento de
programar el cambio. Es el momento de inculcar en las
mentes la necesidad del cambio. Y -lo que es más
importante- el momento de adoptar una visión y unos
objetivos más amplios. Permítanme que esboce en líneas
generales el rumbo que se ha de tomar:
En
primer lugar, debemos sustituir el liderazgo
predominantemente unilateral por un liderazgo más
colectivo y con un reparto de responsabilidades más
equilibrado. No quiere esto decir que el liderazgo de los
Estados Unidos sea por eso menos importante. Por el
contrario, es cada vez más esencial porque lo que el
mundo pide a los Estados Unidos es mucho más difícil y
más complejo. Durante la guerra fría, la tarea rectora
versaba sobre solidaridad, disciplina, posibilidad de uso
de la fuerza en la defensa común de nuestros valores. En
cambio, en un mundo interdependiente esa tarea rectora es
el arte de la cooperación y el consenso; del
reconocimiento de que nuestros intereses nacionales son,
de manera creciente, intereses de ámbito mundial, y de
que nuestra seguridad nacional depende cada vez más de
la seguridad de los demás.
Los
dirigentes habrán de explicar a su audiencia que la
política económica internacional trata de algo más que
de exportaciones y empleos, por fundamentales que éstos
sean. Trata de la gestión de un mundo más
interdependiente; de la seguridad y de la prosperidad, y
de una participación activa en el sistema internacional
y las organizaciones internacionales. Los dirigentes
habrán de explicar una de las contradicciones de esta
época nuestra globalizada: que sólo permaneciendo
aislados se renuncia a la soberanía.
En
segundo término, no podemos ya analizar los problemas a
través de un prisma reducido, sectorial. Necesitamos
afrontar los retos que se nos plantean desde una
perspectiva más amplia, como piezas de un puzzle
interconectado y más vasto. De manera creciente, la
interdependencia económica plantea numerosos problemas
que ignoran ya fronteras y jurisdicciones, desde las
inversiones y la política de competencia a las normas
ambientales, las cuestiones del desarrollo, la
distribución de los recursos, las normas del trabajo,
las cuestiones sanitarias, los derechos humanos y la
seguridad exterior. Y, de manera creciente, dependemos de
los demás: en cuanto a la estabilidad financiera, el
desarrollo económico, la seguridad ambiental e incluso
la reforma política.
Desde
esta perspectiva, la crisis actual brinda una oportunidad
y entraña un peligro. El peligro de que al centrar
nuestra atención en la necesidad inmediata de impedir un
nuevo contagio en los mercados financieros, corremos el
riesgo de pasar por alto las causas subyacentes de
nuestras dificultades: los árboles pueden impedirnos ver
el bosque. Pero también puede ser una oportunidad si nos
señala cómo esos problemas a los que nos enfrentamos
forman realmente parte de un desafío global de mayor
amplitud
y exigen soluciones de ámbito igualmente
global. Tan pronto como hayamos restaurado la confianza
en los mercados financieros mundiales, se alzarán voces
aún más sonoras pidiendo una solución apropiada para
los problemas del medio ambiente, los derechos humanos,
las normas del trabajo, las preocupaciones sanitarias,
las desigualdades internacionales o la delincuencia y el
terrorismo mundiales. Todas esas voces estarán en lo
cierto.
También
necesitamos definir un foro más amplio para atender esos
problemas más complejos. Por ejemplo, ha llegado el
momento de construir una entidad que se ocupe de los
problemas del medio ambiente: ¿del mismo modo que en
1994 creamos la Organización Mundial del Comercio para
situar el comercio internacional sobre una firme base
institucional? ¿Debemos ir más allá y crear un marco
institucional más amplio para atender todos nuestros
asuntos sectoriales y regionales interconectados?
Después
de la guerra, creamos las Naciones Unidas, la OTAN y
otras entidades con las que restablecer el crecimiento,
la paz y la seguridad en un mundo devastado. En un mundo
en el que los nuevos riesgos de inestabilidad
internacional obedecen también a crisis financieras o a
la degradación del medio ambiente, ¿no habremos de
pensar en nuevos mecanismos con los que mantener nuestra
seguridad colectiva? No estoy convencido de que haga
falta una nueva serie de instituciones internacionales.
Lo que hace falta es una nueva orientación en la que se
dé prioridad a los retos que plantea la globalización,
y un nuevo compromiso para con la coherencia de las
normas mundiales de las estructuras existentes: para
reinventar las instituciones que ya tenemos. Lo que
necesitamos es una nueva línea de transmisión para la
voluntad política de nuestro liderazgo colectivo.
Y
esto me lleva a mi tercer argumento: que sólo podemos
empezar a construir un sistema verdaderamente global
basándonos en un consenso más amplio. Nuestro éxito en
la eliminación de las barreras económicas que nos
separaban fue fruto -y no causa- de un vasto consenso
sobre el valor de la liberalización del comercio sujeta
a normas comunes, penosamente forjada a lo largo de los
50 últimos años. Del mismo modo, sólo
alcanzaremos soluciones globales a los otros muchos
problemas pendientes en el plano internacional -medio
ambiente, desarrollo, normas del trabajo, derechos
humanos, cuestiones sanitarias, etc.- estableciendo el
mismo tipo de consenso desde el principio. Y el consenso
únicamente puede alcanzarse mediante la tarea rectora.
Sería
profundamente erróneo suponer que un nuevo orden mundial
puede imponerse de algún modo a los demás; que existe
un atajo para el consenso internacional a través de la
presión o la coerción. Las únicas normas que tienen
legitimidad -y, por lo tanto, son ejecutorias- son las
normas que se han acordado por consenso, como hicimos en
la Organización Mundial del Comercio. El consenso, lejos
de debilitar el sistema o de refrenarlo, ofrece -y estoy
cada vez más convencido de ello- el único fundamento
futuro para la cooperación y el progreso económico
internacional. El unilateralismo no persuadirá a ningún
país de la vigencia de los valores que otros sostienen.
Este planteamiento es, de hecho, indicio de debilidad y
no de fuerza. Refleja una falta fundamental de confianza
en que los derechos o valores de unos puedan ser
compartidos libremente por los demás.
IV
Oímos
muchas críticas -en estos tiempos- de la globalización
y del papel que desempeña la crisis actual. Pero la
globalización no es una política que se haya de juzgar
acertada o errónea. Es un proceso impulsado por las
realidades del cambio económico y tecnológico. Hace 200
años, las máquinas de vapor lanzaron la primera
revolución industrial. Un siglo después, la producción
en serie y el transporte masivo inauguraban una segunda
revolución industrial. Cada una de ellas condujo a un
cambio fundamental en la organización de la producción
y en el cometido de los gobiernos. Actualmente, una
revolución en las comunicaciones y la informática
-revolución digital- está configurando el panorama
económico mundial de manera no menos poderosa.
Y,
al igual que en las revoluciones anteriores, la
globalización suscita sus propias contradicciones: entre
lo que podemos conseguir con la tecnología y lo que
podemos abarcar en los planos de la política, las
instituciones y las emociones. Pretendemos comprender la
interdependencia global, pero en algunos aspectos la
opinión pública parece más replegada sobre sí misma
que nunca desde 1930. Comprendemos la necesidad de
cooperación internacional y de instituciones, pero nos
resistimos a aceptar la injerencia en asuntos internos.
Deseamos el imperio internacional de la ley, pero
solamente si refleja nuestras normas y nuestras leyes. El
resultado es que nos encontramos entre dos mundos: entre
el mundo globalizado del mañana, y el mundo de los
intereses nacionales, antagonismos y perspectivas del
ayer. Internet coexiste con Kosovo.
Existen
tensiones que solamente pueden resolverse con una tarea
rectora y una visión de proyección global. La
disyuntiva a la que nos enfrentamos -como la crisis
actual ha mostrado con tanta nitidez- es la siguiente:
avanzar basándonos en normas comunes o basándonos en el
poder. La disyuntiva es: estabilidad o incertidumbre;
consenso o antagonismo; un futuro en unión o retorno a
nuestro pasado de división, con todos sus
enfrentamientos y tragedias.
La
manera de salvar los escollos en los meses y años
venideros dependerá de la elección que hagamos hoy.
Pues, en realidad, la crisis financiera no es más que la
punta del iceberg. Lo que necesitamos es mejorar el
método de abordar esta nueva interdependencia compleja y
creciente que llamamos globalización. Precisamos de una
nueva orientación para fomentar una mayor participación
y responsabilidad de los países en desarrollo, y para
promover una mayor comprensión, por parte de todos
nosotros, de que los problemas que se nos plantean
desbordan con mucho el ámbito de la política sectorial.
La
semana pasada, cuando preparaba mi discurso para esta
reunión, leí dos artículos el mismo día: uno firmado
por Jeff Garten en el International Herald Tribune, en el
que propugnaba la creación de un Banco Global, y otro en
el Economist, donde se exponía la idea de una moneda
mundial. No voy a predecir cuántos años necesitaremos
para contar con una moneda mundial ni si llegaremos a
verla algún día. Pero lo que quiero decirles es que
para superar la crisis actual necesitaremos
clarividencia, necesitaremos valor, necesitaremos mirar
más allá de las próximas semanas o los próximos meses
como hicimos al final de la guerra, y, más que
nunca, necesitaremos construir algo cuyo impacto
desborda, con mucho, nuestras fronteras nacionales o
regionales.
Dije
al principio que, según nuestra experiencia de los 50
últimos años, la imaginación ha triunfado siempre
sobre el escepticismo. Tal ha sido el caso del Muro de
Berlín, sin una guerra; o de la construcción europea,
que de un continente devastado y dividido ha dado paso a
una unión aduanera, a un mercado único y, actualmente,
a una moneda única. Ésa ha sido también la
contribución de esta gran nación en nuestros tiempos.
Permítanme decir que necesitaremos esa misma
imaginación una vez más en nuestro intento por
construir un verdadero sistema global: un sistema basado
en normas y no en el poder. Muchas gracias.
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