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Deseo agradecer, ante todo, su invitación -en especial
por la importancia y conveniencia del asunto que nos
ocupa en la presente reunión. En la Tercera Reunión
Ministerial que se celebrará a finales de este año
deberán tomarse importantes decisiones sobre una nueva
ronda de negociaciones comerciales multilaterales de gran
alcance, muchos de cuyos temas principales ya se
convinieron al término de la Ronda Uruguay.Esto
sucede en un momento en que la situación no puede ser
más apremiante. El pasado año estuvo dominado por la
crisis financiera -una crisis cuyos efectos negativos se
han dejado sentir con mayor fuerza en los países en
desarrollo. También durante el pasado año se produjo un
aumento alarmante de las distancias entre las economías
transatlánticas, a las que hasta el momento la crisis ha
afectado en menor medida, y el resto de la economía
mundial, cuyo progreso hacia el desarrollo económico se
ha visto drásticamente frenado por la inestabilidad
financiera, el repliegue de las inversiones y la caída
de los precios y los productos básicos e industriales.
Nuestra
economía mundial, cada vez más interdependiente, no
puede mantener durante mucho tiempo estos desequilibrios.
En un mundo cada vez más pequeño gracias a la
televisión, los teléfonos e Internet, la idea de que
miles de millones de personas puedan sumergirse aún más
en la pobreza, mientras que millones de personas se
enriquecen cada vez más, resulta simplemente
insostenible -además de absurda.
¿Qué
pretenden -y necesitan- los países en desarrollo del
sistema multilateral de comercio? En primer lugar, la
plena aplicación de los compromisos existentes en
materia de liberalización, lo cual preocupa, sin duda, a
todos los Miembros de la OMC, pero para ciertos países
en desarrollo es una cuestión que condiciona su
posición ante las futuras negociaciones comerciales.
Estos países han afirmado que han tenido que enfrentarse
a problemas inesperados a la hora de aplicar los
compromisos de la Ronda Uruguay y que, además, algunos
de esos acuerdos tienen deficiencias que no se han puesto
de manifiesto hasta una vez iniciado el proceso de
aplicación. Sostienen también que no se han
materializado los beneficios anticipados, ya que, por
ejemplo, los países industrializados no han hecho honor
al espíritu de los acuerdos de liberalización (como en
el caso de los textiles), han recurrido en exceso a
medidas antidumping o no han respetado el principio del
trato especial y diferenciado. En pocas palabras, esos
países consideran que existe un desequilibrio en cuanto
al modo en que los acuerdos existentes les afectan y
estiman que ese problema requiere una solución
política, no sólo más asistencia técnica. Asimismo,
aducen que, puesto que se trata de rectificar el
desequilibrio existente, no debe convertirse en algo que
tengan que costear ellos en la próxima
Ronda.
Deseo
destacar la importancia de abordar esta compleja
cuestión con toda la atención necesaria y la buena fe
que requieren en nuestros preparativos de la próxima
Conferencia Ministerial. Como han puesto de manifiesto
las recientes reuniones de los dirigentes de los países
en desarrollo, en particular del G-15, no será posible
contar con su apoyo a la nueva Ronda mientras piensen que
no se presta la debida atención a sus legítimas
preocupaciones. Espero, y estoy seguro de que así será,
que la Unión Europea continuará a la cabeza de ese
empeño, como contribuyen ustedes a ello con esta
reunión.
En
segundo término, los países en desarrollo necesitan
mejorar el acceso a los mercados de sus exportaciones.
Según un estudio conjunto realizado en 1998 por la OMC y
la UNCTAD, incluso tras la satisfactoria aplicación de
la Ronda Uruguay, seguirá existiendo un número
sustancial de aranceles elevados tanto en los países en
desarrollo como en los desarrollados. Aproximadamente el
10 por ciento de los aranceles de los países de la
Cuadrilateral todavía son superiores al 12 por ciento ad
valorem y, además, esos tipos varían mucho,
habiendo algunos máximos arancelarios que alcanzan o
superan el 350 por ciento, y situándose la mayoría
de los máximos entre el 12 y el 30 por ciento. Entre
estos sectores se encuentran los textiles y el vestido,
el calzado, los artículos de cuero y de viaje, el
pescado, los alimentos transformados y los productos
agropecuarios -muchos de los cuales son de primordial
interés para los países en desarrollo. Sería, pues,
erróneo creer que los aranceles ya no son un problema en
la política comercial actual y en las futuras
negociaciones habrá que prestar la debida atención a
estas esferas.
La
mejora del acceso a los mercados es un objetivo
especialmente importante de los países menos adelantados
y los países en desarrollo menos dinámicos. Desde la
cumbre de Lyon de 1996 he instado a los Miembros de la
OMC a que consoliden el acceso en régimen de franquicia
de las exportaciones de los países menos adelantados.
Algunos Miembros de la OMC ya han adoptado medidas en esa
dirección; sé que la Unión Europea es uno de
ellos, y les felicito por ello, mas también deseo
recalcar que puede -y debe- hacerse aún más. La
supresión de todos los obstáculos al comercio con los
países menos adelantados por parte de todos los países
industrializados y -con un calendario distinto- por los
países en desarrollo más dinámicos, debe ser un
objetivo fundamental de la próxima Ronda.
En
tercer lugar, la importancia de las nuevas tecnologías
en el desarrollo. Muchas de las cuestiones que
abordaremos en las futuras negociaciones se referirán a
la evolución de la tecnología en campos como los de las
telecomunicaciones, los servicios financieros, las
tecnologías de la información y el comercio
electrónico. Hay quienes han afirmado que sólo afectan
a los países desarrollados. Nada más lejos de la
realidad. Las nuevas tecnologías, como los ordenadores,
los teléfonos móviles o Internet, contribuyen a acortar
distancias y ahorrar tiempo, brindando una salida de la
marginación física, lo que permite acceder en
condiciones de igualdad a los recursos más importantes
del sigo XXI -el conocimiento y las ideas. Las nuevas
tecnologías determinan si un país está preparado para
participar en la nueva economía mundial, o bien quedará
rezagado. En vez de considerar la tecnología una barrera
entre el Norte y el Sur, deberíamos verla como un puente
entre ambos -y esforzarnos en que ese puente se haga
realidad.
En
cuarto término, debemos subrayar la importancia en el
desarrollo de las políticas sobre inversiones y
competencia -y la necesidad de considerar esas cuestiones
de manera flexible y creativa para tener plenamente en
cuenta las necesidades de los países en desarrollo. Por
un lado, no cabe duda de que unas condiciones más
igualitarias en materia de inversiones son fundamentales
para una gran mayoría de los países en desarrollo y
para prácticamente todos los países menos adelantados.
El peligro al que se enfrentan hoy día los países en
desarrollo no es una riada de inversiones extranjeras
sino la penuria de inversiones. Las corrientes netas de
capital privado hacia los mercados emergentes, que
ascendieron a 327.000 millones de dólares EE.UU. en 1996
y 260.000 millones en 1997, se desplomaron en 1998
pasando a 152.000 millones de dólares -aunque debe
decirse que el mayor descenso se ha producido en las
corrientes de capital a corto plazo, no en las
inversiones a largo plazo.
No
nos referimos únicamente al acceso al capital
productivo. Nos referimos al acceso a los mercados de los
países desarrollados, al acceso a las técnicas de
gestión y comercialización, al acceso, ante todo, a la
tecnología y a los procedimientos modernos -todo lo cual
mana ahora de las inversiones y las alianzas
empresariales transfronterizas. La razón de que sea
preciso efectuar un examen de las normas de la OMC en
materia de inversión es sencilla e imperiosa: la
necesidad de establecer condiciones de igualdad globales
-tanto para las economías de los países en desarrollo
como para los países desarrollados- instaurando un marco
de normas seguras, previsibles y no discriminatorias.
Existen, sin duda, aspectos delicados como ocurre en
todos los asuntos importantes, pero la función de los
negociadores es tomarlos en consideración y encontrar la
respuesta adecuada.
La
razón para examinar las normas en materia de competencia
en el sistema comercial es igualmente imperiosa. Hay que
disipar la idea de que a los países en desarrollo y a
los países menos adelantados no les interesa esta
cuestión. Antes bien, si queremos favorecer el
desarrollo del sector privado en esos países debemos
ayudarles a establecer un marco reglamentario que permita
funcionar a los mercados -la legislación mercantil,
financiera y sobre competencia que debe apuntalar la
confianza de los empresarios y la seguridad de los
inversores. Las normas en materia de competencia tienen
una función muy importante en ese contexto, lo mismo
para los países en desarrollo que para los países
desarrollados.
En
quinto término, necesitamos una estrategia de desarrollo
coherente e integrada -en particular para los países
menos adelantados y los países en desarrollo menos
dinámicos. El comercio por sí solo no puede resolver
todos sus problemas. Muy poco puede hacerse sin una
estrategia integrada que tenga en cuenta el gran número
de problemas a que se enfrentan esos países -desde la
salud y la educación a la asistencia técnica, pasando
por la creación de capacidades y, algo importantísimo,
el alivio de la carga de la deuda. Éste es el campo en
el que empezamos a movernos -en colaboración con el
Banco Mundial, el FMI, el PNUD, la UNCTAD y otros
organismos internacionales- en el marco de los programas
integrados de asistencia técnica. El tercer pilar de un
nuevo esfuerzo en favor de los países menos adelantados
en la esfera del comercio será un enfoque amplio e
integrado de la asistencia técnica y el alivio de la
carga de la deuda -junto con el pleno acceso a los
mercados de las economías avanzadas.
Pero
necesitamos mucha más voluntad política -para lo que el
apoyo de los aquí presentes es decisivo- y más
recursos. Las necesidades presupuestarias para
actividades de cooperación técnica son ya de gran
magnitud -y aumentarán en el futuro a medida que un
mayor número de países menos adelantados se adhieran al
sistema y que el propio sistema se vaya haciendo cada vez
más complejo. En la actualidad, el 80 por ciento de la
asistencia técnica se financia mediante contribuciones
voluntarias de un número muy reducido de países muy
generosos -que no se encuentran entre los principales
interlocutores comerciales. Esta dependencia de
donaciones ad hoc dificulta sobremanera
la eficaz preparación de las actividades de cooperación
técnica, además de ser fundamentalmente injusta.
¿Cómo puede gozar de credibilidad nuestro compromiso
hacia los países menos adelantados si ni siquiera
podemos encontrar un mínimo de recursos en el
presupuesto de la organización?
Muestra
de lo que vengo diciendo es que la generosa contribución
de la Comisión ha hecho posible dos iniciativas muy
importantes: haciendo suya una propuesta formulada por
Sir Leon Brittan y por el Presidente Clinton a principios
del presente año, la OMC acogerá un Simposio de Alto
Nivel sobre Comercio y Medio Ambiente que se celebrará
los días 15 y 16 de marzo, y un Simposio de Alto Nivel
sobre Comercio y Desarrollo los días 17 y 18 del mismo
mes. Estas dos reuniones, que tendrán lugar en la sede
de la OMC en Ginebra, son una iniciativa muy importante
para el sistema multilateral de comercio, ya que
reunirán -por primera vez- a altos funcionarios de las
capitales, organizaciones intergubernamentales,
organizaciones no gubernamentales, la comunidad
empresarial, sindicatos, representantes de los
consumidores, el desarrollo y la agricultura y miembros
del mundo académico.
Es
una oportunidad única para favorecer un diálogo a alto
nivel y un libre intercambio de ideas sobre las complejas
cuestiones que se van a tratar y las responsabilidades
del sistema comercial. También preparará el camino para
la Tercera Conferencia Ministerial de la OMC que se
celebrará en noviembre del presente año. Estas dos
iniciativas son una prueba más del alto nivel de
transparencia y democracia de nuestro sistema -un sistema
basado en normas y cuyas decisiones adoptan por consenso
y ratifican todos los gobiernos nacionales.
Y
finalmente, pero no por ello menos importante, debemos
fortalecer el sistema multilateral de comercio velando
por que los países en desarrollo tengan las mismas
responsabilidades que los otros dentro del sistema.
Actualmente, el comercio es aún más importante para el
futuro económico de los países en desarrollo que para
el de los países industrializados. En el decenio de los
setenta, el comercio expresado como parte del PIB de los
países en desarrollo era ligeramente inferior al 20 por
ciento. Hoy en día corresponde al 38 por ciento -frente
a menos del 15 por ciento en la UE y el 11 por ciento en
los Estados Unidos. Entre 1973 y 1997, el porcentaje de
las importaciones de productos manufacturados de los
países en desarrollo en los mercados desarrollados se
triplicó -pasando del 7,5 por ciento al 23 por
ciento. Estas cifras reflejan la extraordinaria y
auténtica integración de los países en desarrollo en
la economía mundial durante los tres últimos decenios.
Pero también ponen de manifiesto que no se producirá
una recuperación económica sostenida en los países en
desarrollo sin una recuperación sostenida del comercio
mundial.
En
este contexto de incertidumbres y crecientes
desequilibrios -junto con la certeza de la
interdependencia y de oportunidades sin precedentes- nos
enfrentamos al desafío de una nueva Ronda. Estamos
concluyendo ahora la primera fase de los preparativos de
la Reunión Ministerial, que se ha centrado
fundamentalmente en la aclaración de las cuestiones que
convendrá tratar. La segunda fase, de febrero a julio,
se centrará en las propuestas concretas de los Miembros
de la OMC. Este proceso incluye la ardua tarea de
preparar recomendaciones a los Ministros acerca del
programa de trabajo de la OMC en el nuevo milenio. Nos
hemos comprometido ya a negociar en esferas importantes
como los servicios, la agricultura y diversos aspectos de
la propiedad intelectual y existe un consenso cada vez
mayor a favor de una amplia Ronda multilateral de gran
alcance, aunque he de decir que no todos los países -en
especial, no todos los países en desarrollo- comparten
una misma visión.
Habida
cuenta de lo anterior, deseo hacer una primera
observación, general aunque muy importante: si queremos
-y así es- que las nuevas negociaciones multilaterales
sean realmente multilaterales, realmente globales, y
estén de verdad orientadas a encauzar de manera
creciente en el sistema de comercio multilateral a los
países en desarrollo y los países menos adelantados,
las principales potencias comerciales del mundo tienen
que asumir algunas responsabilidades muy definidas, la
primera de las cuales es disminuir las tensiones entre
ellas. Estas tensiones pueden bloquear el trabajo
ordinario de la OMC, y deben evitarse.
En
segundo lugar, no debemos dejar que la agricultura vuelva
a ser la cuestión predominante en la nueva Ronda. Y no
podemos dar la impresión de que su éxito o fracaso
depende únicamente de la posibilidad de que los
principales interlocutores comerciales lleguen a un
acuerdo sobre cuestiones agrarias. Si nos centramos
demasiado en las cuestiones tradicionales, nos
arriesgamos a pasar por alto lo mucho que la economía
mundial ha cambiado desde la Ronda Uruguay y lo
importantes que son las nuevas cuestiones tanto para los
países en desarrollo como para los países
desarrollados. Deseo señalar que en una nueva Ronda
tendremos que prestar mayor atención a los factores que
predominarán en el desarrollo económico y la economía
mundial en el siglo XXI -en especial, las nuevas
tecnologías y los servicios.
En
tercer término, es absolutamente necesario que el
programa de negociaciones de la OMC sea equilibrado y que
así se vea desde la perspectiva de los países en
desarrollo. Sin duda, la activa participación de los
países en desarrollo será fundamental para el inicio y
el éxito de esa Ronda. Los países en desarrollo y los
países menos adelantados representan actualmente casi
las cuatro quintas partes de los Miembros de la OMC.
Desde un punto de vista político, este sistema no podrá
avanzar con seguridad en su próxima Conferencia
Ministerial y en el próximo siglo si esos países no
albergan la convicción de que las nuevas negociaciones
son necesarias y de que las exigen sus intereses
económicos. Aunque éstos no son homogéneos, espero que
todo lo que he dicho hoy aquí haya mostrado cuán
importantes son todos ellos para el desarrollo y el
progreso de nuestro mundo interdependiente.
Cuando
observamos las cifras que muestran lo vinculada que está
hoy en día al comercio la producción de los países en
desarrollo, resulta muy difícil pasar por alto la
amplitud de nuestra integración y nuestra
interdependencia. Al ser nuestras economías tan
dependientes unas de otras, a ningún país le interesa
cerrar sus mercados ni aflojar sus lazos con el resto del
mundo. Para las economías avanzadas, como la Unión
Europea, la lucha contra el proteccionismo deberá seguir
siendo un objetivo con el que no se pueda transigir. La
tarea actual consiste en mejorar la gestión de la
interdependencia. Y aumentar su dimensión humana y de
desarrollo, no rechazarla.
Permítanme
hacer una última observación. Actualmente nos
enfrentamos a un repunte de las críticas a la
mundialización. Cada vez se aboga más por una
dimensión humana en este proceso. De manera creciente,
la opinión pública desearía incluir en la gestión de
la economía mundial cuestiones que sobrepasan los
parámetros financieros y comerciales tradicionales. Creo
que el alto grado de interdependencia que hemos
alcanzado, y que aumentará en los próximos años,
imprime una gran fuerza a esta visión -una nueva visión
que no engloba únicamente la liberalización del
comercio y los movimientos de capital, no sólo las
normas laborales, sino también las redes de protección
social, el medio ambiente, la salud y la educación
-especialmente el papel de las nuevas tecnologías-, la
erradicación de la pobreza, la diversidad cultural y la
disminución de las desigualdades como cuestiones que
deben incluirse en un concepto mejorado de gestión
económica global.
La
próxima ronda comercial multilateral ha de reflejar un
conocimiento más profundo de la interrelación de todas
esas cuestiones; no para pretender que el sistema
comercial encuentre una respuesta a todas y cada una de
ellas, sino para que se traten al más alto nivel dentro
de una estructura mundial que las tenga todas presentes.
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