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IAgradezco
al Gobierno italiano que me haya invitado a participar en
esta conferencia. Lamento sin embargo no poder permanecer
más tiempo con ustedes, pero ya conocen los apremios y
necesidades de Ginebra en este momento.
Dentro
de pocos días nos encontraremos en Seattle, con ocasión
de la Tercera Conferencia Ministerial de la OMC. Los
acontecimientos de Seattle moldearán nuestra
institución y determinarán la calidad de las relaciones
comerciales entre las naciones al comienzo del nuevo
milenio. Es mucho lo que está en juego y considerable el
trabajo por realizar si queremos que Seattle sea un
éxito como debiera. Un fracaso es inconcebible.
Parecemos vivir en un mundo especial en Ginebra, un mundo
de oportunidades inasequibles, aunque ello también se
pueda afirmar del mundo en general ¿no es así?
Recientemente
informé a los Ministros de que la situación en Ginebra
era grave pero no desesperada. Tras una larga sucesión
de horas puedo dar cuenta de ciertos avances. La
situación es desesperada pero no grave.
Las
diferencias entre gobiernos que actualmente debatimos en
Ginebra son diferencias legítimas y honorables. Los
esfuerzos para solventarlas son igualmente legítimos.
Las prioridades no pueden menos que diferir, pero existe
un objetivo común -el objetivo de mantener y reforzar
unas relaciones comerciales equitativas y estables entre
las naciones. Con todo, de lo que se trata no es del
comercio por el comercio. Se trata de ofrecer a las
poblaciones de todo el mundo una base sólida para
disfrutar de mayores ingresos, nuevas oportunidades,
mejores puestos de trabajo y condiciones de vida
superiores y por tanto un mundo más seguro, más estable
y más previsible.
En
Ginebra el ambiente es positivo y pienso que deberíamos
ser optimistas. No puede llegarse a un acuerdo sobre cada
cuestión antes de que acudamos a Seattle. Los Ministros
tendrán que dar pruebas de su liderato. Con todo debemos
ofrecer una base sólida para nuestro trabajo y eso es lo
que espero que consigamos en los próximos días.
Todavía no hemos alcanzado ese punto. Los Embajadores no
pueden rebasar el marco de las instrucciones de sus
capitales. Una vez más hago un llamamiento en favor de
mayor flexibilidad, sensibilidad y visión por parte de
esas capitales.
II
El
mundo estará pendiente de nosotros en Seattle. ¿Pueden
imaginarse el costo de un fracaso? Todavía sería
posible que el obcecado descuido de los intereses mutuos
y una negativa a compaginar necesidades divergentes
pudieran llevarnos a fracasar en el acuerdo en Seattle y,
lo que sería peor aún, a acordar ese fracaso. Pensemos
en el regalo que estaríamos haciendo a nuestros
críticos. ¿Qué significaría eso? ¿Que habíamos
impedido a los pobres mejorar su condición? ¿Que
habíamos detenido el progreso? Sería equivalente a
celebrar el hecho de que Europa NO se amplíe. Es como
celebrar que se alce un nuevo muro de Berlín. ¿Cuál
sería la próxima cosa que desearían detener y cómo
podríamos empezar de nuevo? Representamos los últimos
50 años que han presenciado en la mayor parte de los
países, como han mejorado las condiciones de vida, se ha
alargado la existencia humana y se ha reducido la
mortalidad infantil. Nunca en la historia de la humanidad
se ha producido un progreso tan continuo, pero éste no
siempre ha sido constante y nunca ha sido suficiente.
Nunca ha celebrado tanta gente su libertad política y
económica.
No
basta con que los gobiernos acepten sus responsabilidades
para forjar el trato por concluir en Seattle. Sobre los
gobiernos recae también la responsabilidad compartida de
explicar por qué contamos con la OMC y por qué debemos
invertir tiempo y esfuerzos, como lo hacemos, en la
construcción y el fortalecimiento de nuestra
institución. Nuestros críticos son algunas veces más
explícitos que nuestros partidarios y no todos nuestros
críticos están en el error. Debemos interpelarles y
mejorar nuestro juego. No es difícil encontrar fallos en
nuestro sistema. ¿Qué sistema, obra de seres humanos,
es perfecto? Debemos ser el único negocio que no tiene
una división de comercialización y son nuestros
clientes y propietarios los que deben hacer de
vendedores.
No
todos los que se oponen y protestan son malos o están
locos. Muchos desean mejorar la OMC o hacerse con
ella para que refleje sus intereses. Supongo que se trata
de una forma de adulación. Muchos desean un
enfrentamiento leal y es a ellos a quienes debemos
responder. Como el Comisario Lamy ha señalado en otras
ocasiones, de lo que se trata no es sólo de tener éxito
en Seattle. Más importante aún es la consecuencia, el
desafío de negociar buenos resultados y luego conseguir
que los cuerpos legislativos nacionales los aprueben. En
última instancia los dirigentes políticos deben
responder ante los parlamentos, ante las urnas. Ante su
mandante: el pueblo. En una ocasión, acababa yo de
perder una elección en Nueva Zelandia y, en la noche de
la votación, dije que el pueblo siempre tiene razón.
Incluso cuando está equivocado, tiene razón.
No
me excuso por lo que tratamos de conseguir con nuestro
sistema multilateral de comercio -lo único que deseo es
avanzar. Es posible que tengamos 100.000 personas
manifestándose contra nosotros en Seattle, pero
recuerden también, que 1.500 millones de personas y más
de 30 países desean adherirse a la OMC. Saben lo que
ofrece y quieren participar. ¿Qué hay de malo en desear
que China y Rusia formen parte de un mundo basado en
normas? Una gran contradicción, donde las haya, consiste
en que mientras que el mundo celebra la libertad
política, tal como se ha propagado por toda Europa,
África, Asia y América del Sur, los espíritus abiertos
que celebran estas libertades suelen excluir de sus
planteamientos las libertades económicas que ofrece el
comercio. Existe una contradicción entre los que,
después de ofrecer generosas limosnas en la iglesia los
domingos, cuando hay una inundación o un terremoto en el
tercer mundo, firman el lunes una petición que cierra el
paso a los productos que los trabajadores de ese mismo
tercer mundo han fabricado.
III
¿Cómo
explicar a los que nos critican el objeto de nuestra
lucha en Seattle? Propongo tres mensajes básicos. Primero,
el sistema multilateral de comercio es un componente
esencial de la arquitectura de la cooperación, la paz y
el progreso internacionales. El mundo no sería un lugar
más seguro sin las Naciones Unidas, el FMI, el Banco
Mundial o la OMC, a pesar de sus imperfecciones. La
turbulenta historia de nuestros seis o siete últimos
decenios nos enseña que los fracasos de la cooperación
internacional conducen a graves problemas económicos que
pueden contribuir a rivalidades y guerras. Fue esa
costosa y devastadora lección la que a partir de aquel
momento sugirió a los dirigentes la configuración del
sistema multilateral por cuya salud y vigor velamos hoy
en día. El sistema GATT/OMC es una fuerza que se ejerce
en favor de la paz y el orden internacionales. Una
fortificación contra el desorden. Esa es una razón
suficiente para insistir en la corrección de cuanto
estamos haciendo. Si no tuviésemos este sistema
multilateral de comercio, ciertamente sería necesario
inventarlo. Me parece que nadie aspira a que haya menos
comercio, menos inversión, menos puestos de trabajo,
menos ideas y menos investigación. Espero que nadie
desee que el mundo adopte la posición fetal y se
congratule del advenimiento de una nueva Edad Media.
En
segundo lugar, se puede aprovechar nuestro sistema
para ocuparse de la pobreza y crear un mundo menos
excluyente. El GATT comenzó en 1947 con 23 Miembros, hoy
en día integran la OMC 134 países y existe un
proceso ininterrumpido de nuevas adhesiones. La
explosión del número de Miembros ha aportado nuevos
desafíos y una adaptación de las prioridades. Más de
las dos terceras partes de nuestros Miembros participan
en una lucha contra la pobreza que constituye, casi
literalmente, una cuestión de vida o muerte. Las
oportunidades comerciales y la adaptación a las
condiciones de la competencia internacional constituyen
elementos esenciales para ayudar a los países y sus
poblaciones a salir de la pobreza, pero no son el único
ingrediente. El apremio a este respecto no sólo es
moral, debido a que la pobreza y la desesperación nos
degradan a todos, sino que también se manifiesta en la
necesidad de generar los consumidores del futuro para las
florecientes economías de hoy en día.
Aquellos
que deseen detener el progreso de la OMC, aun cuando
éste se refiera a los esfuerzos para crear mejores
oportunidades comerciales en beneficio de los países
más pobres, harían bien en reflexionar sobre el grado
en que pueden defender esa postura incluso aduciendo
razones morales. Desde mi llegada a la OMC he prestado
gran importancia a la necesidad de garantizar un acceso
al mercado sin limitaciones para todos los productos de
los países menos adelantados. Seguramente no es pedir
demasiado. Después de todo, los países menos
adelantados representan menos del 0,5 por ciento de las
exportaciones mundiales. Además los países interesados
tendrían la ventaja de saber que, independientemente de
lo que produzcan, pueden vender sin tener que superar
obstáculos bajo la forma de medidas comerciales.
Mi
tercer punto, está estrechamente relacionado con
el segundo y consiste en que nuestro sistema sostiene
millones de personas y contribuye a crear nuevas
oportunidades para ellas. La revolución de la
información, a la propagación de cuyas ventajas ha
contribuido el sistema multilateral de comercio, ha
comprimido el tiempo y la distancia en modos que habrían
resultado inimaginables hace apenas unos años. Es
posible que los que intentan detener los esfuerzos de
la OMC para reducir la protección y ampliar las
oportunidades no deseen detener la difusión de las
ventajas derivadas del progreso tecnológico, pero es
igualmente probable que ese efecto se produzca de todas
las maneras. Cuando yo era un muchacho un trabajador
habría necesitado toda su retribución anual para
comprar la Enciclopedia Británica a sus hijos. Hoy en
día se puede consultar gratis en Internet. ¿Quién
desea hacer uso hoy de las tecnologías y técnicas de
ayer? ¿Qué madre, independientemente de cuál sea su
país de origen, no desea obtener la mejor atención
médica para su hijo enfermo? Existe un sinnúmero de
vías que permiten a un entorno abierto que se adapta a
los cambios crear más oportunidades y mejores
condiciones de vida.
IV
Siempre
hemos disfrutado de la mundialización de la literatura y
la música. En el más solitario atolón del Pacífico,
en el más remoto valle selvático, se escucha ópera
italiana, se lee a Shakespeare y esencialmente cada cual
tiene las mismas expectativas y ambiciones, a saber, que
sus hijos tengan una vida mejor que la suya. Todos
queremos un mundo más justo, un mundo de oportunidades
asequibles a todos. Las viejas divisiones entre el Norte
y el Sur, entre la izquierda y la derecha, ya no son de
rigor. Lo que hoy en día nos divide es la diferencia
entre los que abren los brazos al futuro y los que lo
temen. No hay que temer al futuro. Hay que hacerle
frente. Hagámosle frente juntos y luchemos para mejorar
lo que tenemos y para compartirlo de forma más eficaz.
Tenemos en nuestro seno la oportunidad de mejorar
considerablemente el próximo siglo, tras haber aprendido
la lección de nuestros horribles y mortales fracasos de
la primera mitad del presente siglo. Damas y caballeros,
nos es dada la singular oportunidad de conseguir que el
próximo siglo se base en el derecho, las normas, el
compromiso y la persuasión. La alternativa es un mundo
basado en la coerción, la fuerza y el poder. Espero que
podamos enaltecer nuestra visión y mirar por encima de
nosotros mismos y de nuestros intereses nacionales a
corto plazo, honrando así a los padres que nos crearon a
nosotros y a nuestras instituciones.
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