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Renato Ruggiero
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Señoras
y señores:Hoy
día, en la política comercial internacional tiene lugar
una paradoja: globalización es una palabra que está en
boca de todos, pero los acuerdos regionales gozan de más
aceptación que nunca. Actualmente, hay en vigor unos 170
acuerdos regionales, la mitad de ellos concluidos
después de 1990. Se está negociando otros 70 más o
menos. Sólo en África, existen 13 acuerdos comerciales
regionales distintos y para el año 2005 prácticamente
toda América y la zona euromediterránea participarán
en un acuerdo regional de un tipo u otro. De hecho,
prácticamente todos los países de cierto peso, salvo el
Japón y Corea del Sur, son parte en alguno de estos
acuerdos, y los dos países mencionados tienen previsto
concluir en breve acuerdos preferenciales.
Esta
situación plantea importantes interrogantes respecto del
sistema mundial de comercio, que habrá que debatir. En
los años noventa era creencia general que la única
manera de dominar las complejidades de una economía
internacional en curso de cambio acelerado era establecer
instituciones regionales y multilaterales
complementarias; ahora bien, a raíz de Seattle y
de nuestra incapacidad hasta la fecha de iniciar una
nueva ronda mundial de negociaciones comerciales ,
¿ha llegado el momento de poner en entredicho ese
confiado supuesto? ¿Se corre peligro de que el
regionalismo se esté convirtiendo en un impedimento,
más que en un elemento, de la nueva OMC? ¿De que reste
energías a las negociaciones multilaterales? ¿De que
fragmente el comercio internacional? ¿De que, por
último, esté creando un nuevo des-orden internacional
caracterizado por rivalidades y marginación cada vez
mayores y por la posible formación de bloques hostiles
entre sí?
Voy a serles franco: los acuerdos comerciales regionales
pueden ser una buena cosa, como ha demostrado
espectacularmente el MERCOSUR en los diez años últimos.
La creación de un mercado regional único puede aumentar
la eficiencia económica. Los acuerdos comerciales
regionales, aunados a la liberalización multilateral,
pueden además ayudar a los países en particular
a los países en desarrollo a explotar sus
ventajas comparativas, aguzar la eficiencia de sus ramas
de producción y actuar de resorte para la integración
en la economía mundial. También pueden contribuir a
focalizar y reforzar su adhesión política a una
economía abierta. Un beneficio lateral que observo a
diario es que este proceso adiestra a
funcionarios, y de ahí que América del Sur cuente con
tantos embajadores de primera categoría; también
instruye a los ciudadanos y hace participar a la
comunidad empresarial. Si hay grupos de países
como los que forman el MERCOSUR que pueden avanzar
más y más rápidamente hacia la apertura y la
integración, tanto mejor.
Ahora
bien, ¿sigue siendo aplicable esta misma lógica al
proceso cada vez más acusado de regionalismo que vemos
desenvolverse a nuestro alrededor hoy en día?
Ciertamente, cada vez es más difícil afirmar que la
libertad de comercio se facilita más en vastos sistemas
regionales como el ALCA o el APEC que en la OMC. El ALCA
comprende a los 35 países de América del Norte, Central
y del Sur, salvo uno, con un mercado conjunto de bastante
más de 500 millones de personas. La ambición del APEC
es aún mayor: abarcando ambas orillas del Océano
Pacífico e incorporando a tres de las cuatro
superpotencias comerciales del mundo los Estados
Unidos, el Japón y China , comprende al 40 por
ciento de la población, el 54 por ciento del PIB y el 42
por ciento del comercio del mundo. Cualquiera de estas
vastas agrupaciones regionales consta de países tan
distintos por su magnitud, perspectivas y nivel de
desarrollo como los que tenemos en la OMC, por lo que es
probable que las fricciones comerciales no sean menos
agudas en ellas. ¿Creemos de verdad que la
liberalización de la agricultura se producirá con más
facilidad en un esquema que en la OMC? ¿Podemos
realmente dar por supuesto que las diferencias
comerciales entre, por ejemplo, China y los Estados
Unidos podrán resolverse con más facilidad en el APEC
que en la OMC? Como estamos hablando de unos mismos
países, con los mismos intereses y las mismas
sensibilidades con independencia del contexto
, cabe afirmar que la superposición de normas y
jurisdicciones no facilita sino que dificulta aún más
la gestión de las relaciones comerciales
internacionales. Ello no obstante, no me cabe duda de que
el APEC es un factor positivo, sus estudios sobre
facilitación del comercio y su papel de vanguardia a
propósito del comercio electrónico han sido sumamente
valiosos en Ginebra. Creo que uno de los motivos por los
que la región resistió durante la crisis asiática fue
la adhesión a la apertura de los mercados, tantas veces
reiterada en las reuniones del APEC.
Hay
un segundo motivo para cuestionar la nueva carrera hacia
el regionalismo. Si algo pone de relieve la
globalización es, sin duda, la lógica de unas normas
mundiales aplicables a empresas mundiales que actúan en
un mercado mundial. Desde las telecomunicaciones a los
servicios financieros, pasando por el procesamiento de
datos y el comercio electrónico, la nueva economía crea
cada vez más un único espacio económico indiferente a
la distancia, al tiempo y a la geografía. En este mundo
digital, en el que Buenos Aires está tan próximo a
Singapur como a Montevideo, pierde buena parte de su
razón de ser la idea de la preferencia y la integración
regionales. ¿Qué significa un acuerdo regional en el
comercio electrónico? ¿O el acceso preferencial a
Internet? Ante el laberinto de una diversidad de reglas,
normas de origen y procedimientos de solución de
diferencias, las empresas pueden acabar por hacer caso
omiso del sistema de comercio, prefiriendo la ausencia de
normas a la enmarañada red que estamos tejiendo.
Hay
una tercera razón por la cual el argumento original a
favor del regionalismo tiene hoy día menos validez. A
principios de los años ochenta, los Estados Unidos,
entre otros países, tomaron el camino regional por
considerar que estaba tambaleándose el antiguo sistema
del GATT. Aquel mundo ya no es el actual. Las
negociaciones multilaterales en la Ronda Uruguay tuvieron
éxito, incluso un éxito espectacular. Hay en Ginebra
una nueva Organización Mundial del Comercio que está
dotada de un mecanismo vinculante de solución de
diferencias y que es una institución permanente
consagrada a propulsar la liberalización en todo el
mundo. Desde 1995 han ingresado en la OMC 12 países,
aumentando el número de sus Miembros a 140, y pronto se
adherirán otros muchos, entre ellos, naturalmente,
China, además del Taipei Chino y Lituania. Es
paradójico que, justo cuando nos encaminamos a crear un
sistema universal de comercio, un sistema al que han
bregado por adherirse millones de personas, algunos
gobiernos, a nivel, regional y hemisférico, puedan poner
imprudentemente en peligro esa universalidad. Entiendo la
necesidad que sienten de adoptar decisiones, de hacer
avanzar las cosas, pues las personas investidas de
responsabilidad pública no van a permanecer inertes sin
hacer nada. Lo sé, porque cuando era Ministro, hice
progresar acuerdos bilaterales y regionales al tiempo que
llevaba adelante la Ronda Uruguay.
Pero
no nos equivoquemos. El regionalismo entraña riesgos
reales, cuyas consecuencias apenas empezamos a ver ahora.
El peligro inmediato es que se debiliten la coherencia y
la previsibilidad que brinda el multilateralismo conforme
recurran los gobiernos cada vez más a acuerdos
regionales para cuidar sus intereses comerciales. Llama
la atención, por ejemplo, que el 90 por ciento del
comercio del Canadá tenga lugar dentro del TLCAN y que
el comercio dentro del MERCOSUR haya pasado del 9 por
ciento en 1990 a más del 20 por ciento en 1999. Europa
está empeñada en ampliar su unión hacia el Sur y hacia
el Este, aunque la OMC de hecho ayudará a esa expansión
por el costo que ésta entrañará para el presupuesto de
la UE. Las dos relaciones comerciales más importantes de
los Estados Unidos están dentro del TLCAN. Deberíamos
tener claro a dónde pueden conducir todas estas medidas,
y las correspondientes contramedidas. Como vimos en
Seattle, el regionalismo puede disminuir el incentivo
para avanzar multilateralmente; si no se avanza
multilateralmente, los países caerán cada vez más en
brazos de los bloques regionales y, antes de que nos
demos cuenta, nos encontraremos en un círculo vicioso
cuyo resultado nadie puede realmente predecir.
El
futuro más ominoso sería una repetición de lo sucedido
en los años treinta y que el mundo se lanzase a la
carrera a construir bloques regionales defensivos,
incluso hostiles. ¿Estoy exagerando? Cuando se examina
el movimiento hacia el regionalismo que tiene lugar hoy
en día, resulta difícil no llegar a la conclusión de
que algunas de las iniciativas puestas en marcha no
pretenden tanto hacer progresar la eficiencia y la
cooperación económica regionales como reforzar
preferencias regionales, e incluso esferas regionales de
influencia, en un mundo de intensa competencia por los
mercados, las inversiones y la tecnología. Aun en
momentos en que caen los aranceles a escala mundial
gracias a sucesivas rondas de liberalización
multilateral hay un laberinto de reglamentaciones,
normas técnicas y normas de origen opuestas entre sí
que podrían llegar a constituir los nuevos
muros entre los bloques. Lo más importante
es la realidad de que las dos principales potencias
económicas del mundo, los Estados Unidos y la Unión
Europea, son a menudo la tracción de esta
competencia: sendos ejes de rueda con
rayos de comercio preferencial irradiados
hacia el exterior.
Esta
carrera por ver quién establece antes el mayor número
de áreas preferenciales está obligando a quienes quedan
fuera de los bloques a buscar sus propios acuerdos
bilaterales y regionales. En varios países asiáticos ya
se han iniciado los debates sobre los costos que puede
acarrear el quedar fuera de un bloque regional. Sin duda
se están celebrando debates similares en capitales de
todo el mundo, comprendida ésta. Los horizontes del
MERCOSUR ya se están ensanchando a escala continental.
Han concluido ustedes acuerdos de zona de libre comercio
con Chile y Bolivia y están negociando un acuerdo
similar con el resto del Pacto Andino. Hay quienes han
sugerido incluso que el MERCOSUR podría servir de piedra
angular de un posible Acuerdo de Libre Comercio de
América del Sur que abarcase todo el continente. Si de
lo que se trata es de ampliar la liberalización del
comercio y de hacer progresar un programa compatible con
la OMC, hay que aplaudir esta iniciativa. Ahora bien, si
su finalidad es defensiva servir de contrapeso a
un TLCAN que se expande desde el Norte , todos
tendremos motivos para preocuparnos por la estabilidad
del comercio hemisférico.
He
descrito un panorama sombrío. Adrede. Lo he hecho porque
creo que hoy día existe un equilibrio inestable entre
regionalismo y multilateralismo y que algunas de las
tendencias recientes podrían llevarnos en una dirección
que a fin de cuentas no beneficiaría a nadie, y mucho
menos a todos los países en desarrollo. La lógica del
regionalismo por sí sola, sin una liberalización
multilateral complementaria, no conduce a una economía
mundial abierta, sino a un sistema desequilibrado de ejes
y radios en el que los países ricos ocupan el
centro y tienen todas las cartas y los países en
desarrollo están en la periferia. Nos conduce a un mundo
de bloques rivales y de política de poder, un mundo más
conflictivo, con más incertidumbre y más marginación.
Debo
hablar en nombre de las economías pequeñas y
vulnerables, de los Miembros que no tienen grandes
mercados de consumidores ni grandes empresas
multinacionales. Sé que en la política de la
satisfacción inmediata es más fácil obtener apoyo para
un acuerdo de comercio preferencial o para un mercado
concreto que sea mensurable y que podría incluso
privilegiar a una empresa o una actividad. Es más fácil
y más directo hacer intervenir el egoísmo. Pero al
igual que cualquier otro país, o incluso más, los
países en desarrollo tienen considerables intereses en
juego en el multilateralismo. Necesitan normas mundiales
más estrictas, no menos rigurosas. Mercados más
amplios, no más restringidos. Para los objetivos de
desarrollo de todos los países nada mejor que una OMC
fuerte y en marcha, porque a la postre es la OMC quien
garantiza que impere el derecho y no la fuerza en las
relaciones comerciales internacionales.
Lo
fundamental es lo siguiente: si bien el regionalismo
puede ser una fuerza positiva, política y
económicamente, y representar un importante complemento
del sistema multilateral, no puede sustituir a éste.
Nuestros objetivos multilaterales deben ser tan
ambiciosos como nuestros esfuerzos regionales, lo cual
significa, sobre todo, que tenemos que impulsar con
firmeza una nueva ronda, la manera más segura de lograr
la convergencia de los intereses regionales y
multilaterales. También necesitamos maneras nuevas y
creativas de encauzar la energía de los acuerdos
regionales como el MERCOSUR hacia las
negociaciones multilaterales. Desde la relación entre
comercio y finanzas, hasta el recalentamiento del planeta
e Internet, cada vez se medirán más los éxitos del
regionalismo por su capacidad de hacer frente a los
desafíos mundiales. Si la meta de los diez últimos
años consistía en definir el papel de ustedes en el
MERCOSUR, la de los diez años próximos debería ser
definir el papel del MERCOSUR en el mundo. En el balance
de la historia el MERCOSUR ha sido algo bueno, y hay que
celebrarlo y reconocerlo. Así lo hago yo hoy.
Muchas
gracias.
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