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Quiero adherirme al Presidente Moreno en la
bienvenida que les ha dado a este primer examen regional de la Ayuda
para el Comercio para América Latina y el Caribe. También deseo
agradecer sinceramente al Banco Interamericano de Desarrollo — nuestro
asociado en esta actividad —, que ha asumido la carga más pesada de la
preparación y la organización. No ha sido fácil para Luis Alberto,
Toni y el resto del equipo hacerlo desde Washington, a miles de
kilómetros, y quiero felicitarlos por sus esfuerzos y por el
resultado. Sobre todo, quiero agradecer a nuestro anfitrión, el
Gobierno del Perú. Sabemos que son tiempos muy difíciles para su país,
tras el reciente terremoto, lo que hace aún más extraordinario su
empeño respecto de la celebración de esta conferencia.
Esta reunión tiene un solo objetivo: ayudar
a los países de América Latina y el Caribe a crear la capacidad que
necesitan para aprovechar el comercio. Forma parte de una iniciativa
mundial, puesta en marcha durante la Conferencia Ministerial de la OMC
celebrada en Hong Kong en 2005, para ampliar la asistencia financiera
internacional orientada a la creación de capacidad en los países en
desarrollo. Es la primera de tres conferencias regionales, a la que
seguirán una en Asia y otra en África, que nos darán la perspectiva
regional sobre la ayuda para el comercio, y que culminarán con el
“Examen General” que se celebrará en Ginebra los días 21 y 22 de
noviembre. El incremento de la ayuda para el comercio no forma parte
de la ronda de negociaciones multilaterales de Doha, cuyo objetivo es
reequilibrar las normas de la OMC de una forma más favorable al
desarrollo, y que debe tener éxito si realmente deseamos que el
comercio fomente el desarrollo. La ayuda para el comercio no es un
sucedáneo de mejores normas para el comercio, pero es un complemento
importante de un sistema comercial más justo.
Creo que esta iniciativa es crucial, tanto
para la región como para el sistema mundial de comercio. La economía
mundial actual, que podría ampliarse y fortalecerse mediante la
conclusión de la Ronda de Doha, está modificando profundamente la
dinámica del desarrollo y creando inmensas posibilidades para que los
países en desarrollo hagan del comercio un motor de su crecimiento.
Pero para aprovechar esta oportunidad también necesitan tener acceso a
la infraestructura básica que impulsa la globalización: corredores de
transporte y redes de telecomunicaciones propias del siglo XXI,
capaces de conectar a los exportadores con los mercados mundiales;
instalaciones aduaneras modernas que hagan más rápido y eficiente el
tránsito de los productos a través de las fronteras; laboratorios de
pruebas para asegurar que las exportaciones cumplan las normas
internacionales; “redes de seguridad” financieras que alivien las
preocupaciones relativas a las crisis y los ajustes económicos; y los
sofisticados conocimientos técnicos e instituciones indispensables
para orientarse en un sistema mundial de comercio de suma complejidad.
Algunos de estos elementos ya están
establecidos en esta región, pero muchos otros no lo están; y los
países en desarrollo por sí solos no pueden facilitar las inversiones
necesarias. La ayuda para el comercio tiene por objeto colmar estas
“brechas” mediante la movilización y multiplicación de los recursos
financieros necesarios y proporcionar un catalizador para acrecentar
los intercambios, la inversión y el crecimiento. Se trata de ayudar a
los países en desarrollo para que extraigan provecho del sistema
mundial de comercio. Pero también se trata de fortalecer el propio
sistema mundial de comercio, asegurando que las oportunidades que
brinda se distribuyan de manera más amplia.
Ayer tuvieron ustedes la oportunidad de
debatir uno de los actuales programas de ayuda para el comercio en la
esfera de las normas. Este programa conjunto de la OMC y el BID
ilustra cómo la ayuda específica a los países en desarrollo para
cumplir las normas en materia de alimentos puede ayudarles en el
acceso a los mercados mundiales.
Se trata de problemas importantes y contamos
con poco tiempo para abordarlos. Permítanme, entonces, sugerir tres
asuntos fundamentales en que debemos concentrarnos.
En primer lugar, la importancia de una
dirección y una perspectiva nacionales, con el respaldo de una
estrategia global para alcanzar las metas. Nadie puede decirle a un
país cómo debe comerciar o hacerse más competitivo. La única
estrategia de crecimiento impulsado por las exportaciones que puede
tener éxito es la que los propios países desean, formulan y aplican
por sí mismos. Por ello, el primer paso para la movilización de la
ayuda para el comercio es hacer de la capacidad y la infraestructura
relacionadas con el comercio una prioridad nacional compartida por
toda la administración, con inclusión de los ministerios
fundamentales, como los de comercio, finanzas, planificación,
agricultura y otros. Y, puesto que el comercio atraviesa las
fronteras, estas prioridades tienen a menudo un alcance regional, lo
que significa encontrar nuevas formas de financiar y aplicar proyectos
a escala regional. Espero que en el próximo día y medio podamos
dedicar tiempo a escuchar sus estrategias, incluidas las regionales, y
la manera en que tienen previsto ejecutarlas.
En segundo lugar, debemos tratar la
financiación necesaria, la forma de lograrla y facilitarla con mayor
eficiencia y eficacia. Esta región ha tenido experiencias –buenas y
malas- en cuanto a procurar asistencia financiera para proyectos
relacionados con el comercio. Debemos analizar qué ha funcionado, qué
no, y por qué. Nuestro problema consiste en gran medida en lograr que
los donantes y los organismos internacionales se concentren más en el
comercio y el crecimiento en sus propios planes de desarrollo y
convencer de que en la actual economía mundial abierta e integrada no
puede haber reducción de la pobreza ni se pueden alcanzar otras metas
sociales de largo plazo sin intensificar el comercio y el crecimiento
económico. En esta jornada y media no vamos a cerrar la brecha del
financiamiento; pero sí determinaremos las medidas inmediatas y de
largo plazo necesarias para ello.
En tercer lugar, debemos concentrarnos en el
papel del sector privado, por la simple razón de que quienes comercian
son agricultores, empresas y sociedades, y no los gobiernos. Me
alienta que estén con nosotros tantos representantes del sector
privado. Queremos que nos hablen de los obstáculos a que se enfrentan
y de las medidas prioritarias que hace falta adoptar. También queremos
saber cómo se pueden incorporar de forma más directa las opiniones e
ideas del sector privado en la planificación y las estrategias
comerciales nacionales. Y puesto que la inversión privada, tanto
externa como interna, debe ser parte fundamental de la solución en
materia de creación de capacidad e infraestructura, debemos
concentrarnos en los incentivos que se requieren para movilizar los
recursos privados.
Lo que estamos emprendiendo es ambicioso.
Creo que la ambición es buena; es lo que permite obtener resultados.
Pero así como las mejoras en la capacidad y la infraestructura para el
comercio no se darán de la noche a la mañana, tampoco podemos
pretender que todas las respuestas se encuentren en Lima, ni debemos
proponérnoslo. Debemos recordar que esta es una labor en curso, y que
estamos al principio de lo que será un largo camino. Lo importante es
ponerla en marcha; y lo estamos haciendo.
También debemos recordar que no hay una
única solución mágica para todas las dificultades que he descrito,
sino muchas, y que la respuesta no es crear un nuevo mecanismo, sino
hacer que los muchos mecanismos ya existentes colaboren de forma más
eficaz. El éxito dependerá fundamentalmente de la “coherencia”: la
cooperación con todos los presentes en esta sala, con sus colegas en
las capitales y con los profesionales que actúan. En esta reunión no
se trata de imponer soluciones “desde arriba” se trata de crear
conciencia, compartir información y crear incentivos, poniendo el
problema en primer plano a fin de encontrarle y aplicarle soluciones.
Dije al comienzo que nuestra meta es una
ayuda para el comercio mayor y mejor, orientada a ayudar a los países
en desarrollo a aprovechar la apertura comercial y el sistema de
comercio. Con ese criterio habrán de medirse nuestros éxitos o
nuestros fracasos. Pero en ese desafío yace implícita la importancia
de cambiar mentalidades y no solamente construir más caminos y
puentes. Se trata de concentrarse en los profundos cambios económicos
a escala mundial que nos rodean, en lo que esta región debe hacer para
adaptarse a esos cambios, y para explotarlos, y en la visión que se
necesita para conseguirlo. La empresa es ardua, pero también
emocionante. Pongamos manos a la obra.
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