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La reunión que celebramos hoy es sumamente importante. Con la
conclusión de la Ronda
Uruguay en Marrakech se cerró un importante capítulo de la historia económica, y
ahora, con esta
primera Conferencia Ministerial de Singapur, se abre uno nuevo. Se trata de un nuevo
capítulo, no
sólo porque nuestra Organización tiene un nombre nuevo o nuevas esferas de
responsabilidad o un
nuevo procedimiento de solución de diferencias, sino porque hemos reunido a 127 países
en un empeño
común y en el marco de un conjunto de normas fundamentales que todos
comparten, y porque
nuestro
mundo de creciente integración e interdependencia requiere una nueva unidad de
visión.
La unidad de las economías
industrializadas, en desarrollo, menos
adelantadas y en transición
es el activo más valioso de esta Organización. Esa unidad es el motivo por el que la
pertenencia a
esta Organización resulta tan atractiva a los 28 países que han solicitado su
adhesión, países entre los
que figuran algunas de las economías más grandes y más pequeñas del
mundo.
Sin embargo, esa unidad es aún frágil. Hemos de hacer
todo lo que esté a nuestro alcance
no sólo para preservarla sino también para fortalecerla. Esta primera Reunión
Ministerial debe dejar
muy claro este mensaje, y puede hacerlo, ante todo, si se llega a un acuerdo sobre las pocas
cuestiones
que siguen pendientes en relación con la Declaración Ministerial. Esas cuestiones son
pocas en número,
pero indudablemente sensibles desde el punto de vista político. No
obstante, el proceso
preparatorio
ha permitido reducir las divergencias respecto de cada una de ellas en tal grado que debería
facilitar
considerablemente la tarea de los ministros para llegar a un acuerdo global. El consenso es la norma
de esta Organización, pero el consenso implica ante todo que hay responsabilidad
compartida.
Sé que
cada uno de los Ministros que asisten a esta Conferencia participará en ese
esfuerzo, por el
bien del
sistema y de todos sus Miembros. Celebramos esta reunión en un momento en que el sistema de
comercio se encuentra en una
etapa de transición en numerosos aspectos.
En primer
lugar, porque el proceso de integración
económica mundial progresa rápidamente
y, de hecho, ha adquirido ya un carácter irreversible. El significado de la
mundialización está presente
por doquier en nuestra vida cotidiana. Nuestra tarea en la OMC consiste en conseguir que este
proceso
vaya acompañado de normas y disciplinas convenidas y aceptadas a nivel internacional y
susceptibles
de ser aplicadas. Se trata de una contribución única que esta Organización puede
aportar a la prosperidad
y cooperación mundiales, y es, en gran medida, el motivo por el que las
naciones, grandes y
pequeñas,
desarrolladas y en desarrollo, por igual, la consideran tan importante.
En segundo
lugar, nuestro sistema evoluciona porque también
evoluciona la economía mundial.
La información, los conocimientos técnicos y las ideas son las nuevas fuerzas que
impulsan la economía mundial. Esta nueva economía será distinta de la que existía
antiguamente,
porque los conocimientos
son a la vez un recurso y un producto, es decir, el nuevo capital del crecimiento económico,
pero un
capital al que todos deben poder tener acceso. En la economía del siglo
XXI, los conocimientos, al
igual que el agua, serán un recurso esencial. Nuestra tarea consiste en extender y ampliar los
acueductos mundiales, para ayudar a irrigar terrenos inexplotados. Por ejemplo, con la liberalización de
las
telecomunicaciones podemos contribuir a que el teléfono llegue hasta la última
aldea, lo
que en algunos
casos es una cuestión de vida o muerte. Con la liberalización de las tecnologías
de la información
podemos educar a nuestros pueblos en un grado inimaginable hace 10 ó 20 años,
dándoles la capacidad
de competir en la economía mundial. Ésta es la dimensión humana de la
mundialización y el motivo
por el cual la liberalización es fuente de progreso para todos los pueblos del
mundo.
Y, en tercer
lugar, porque también nuestra manera de actuar
dentro del sistema multilateral
de comercio se encuentra en una etapa de transición. Nuestras negociaciones ya no pueden
centrarse
únicamente en sectores tradicionales ni basarse exclusivamente en ideas
tradicionales.
El grado de éxito que tendremos en los próximos días
vendrá determinado no sólo por nuestra
capacidad para ver el futuro sino también por nuestra voluntad de actuar como líderes.
Todos los países,
todos los gobiernos y cada uno de nosotros en esta sala tiene que asumir ese
liderazgo. La capacidad
de algunos países para asumirlo en el sistema de comercio se ha visto restringida por
limitaciones en
cuanto a la disponibilidad de recursos. Debemos esforzarnos más en el futuro para que estos
países
tengan mayor capacidad para hacerse oír. Además, ese liderazgo debe contar con el firme apoyo
público. También han quedado atrás
los días en que los acuerdos comerciales eran un asunto del que sólo se ocupaban los
negociadores
y los gobiernos.
Un sistema mundial de comercio que cuente con el apoyo de una
comunidad mundial informada
e involucrada estará en unas condiciones mucho mejores de poder encauzar las fuerzas de la
mundialización en beneficio de todos. Por eso es tan importante la presencia aquí de
tantos representantes
de organizaciones no gubernamentales, del sector empresarial y de los medios de comunicación.
Estoy
seguro de que esta Conferencia les transmitirá un mensaje claro, a ellos y al resto del
mundo.
Debería
ser un mensaje firme sobre nuestra determinación de luchar contra la marginalización de
pueblos y regiones, y sobre el poder que tiene el comercio para promover un crecimiento que permita a los
gobiernos resolver los problemas de distribución. Debería ser un mensaje positivo sobre
la relación
entre las políticas comerciales y las ambientales, y debería ser la reafirmación de
que, dado que uno
de los propósitos básicos de nuestros esfuerzos es elevar los niveles de vida en el mundo
entero, la
liberalización del comercio contribuye a crear un entorno más favorable para la
observancia de normas
de trabajo fundamentales.
El liderazgo en un mundo interdependiente es ahora más que
nunca el arte de la cooperación.
Se trata de reconocer que nuestros intereses nacionales son cada vez más intereses mundiales y
que
nuestra seguridad económica depende, crecientemente, de la solidez de los demás. Si
queremos que
el sistema multilateral de comercio haga frente a los retos de esta realidad en rápida
transformación,
todos nosotros debemos abandonar los viejos hábitos de pensamiento y pautas de
comportamiento y
desarrollar juntos nuevos enfoques para negociar normas y compromisos que resulten mutuamente
beneficiosos en sectores en los que los productos pueden atravesar las fronteras en una fracción
de segundo. Si mantenemos siempre posiciones contrarias en la mesa de negociación, el consenso
puede
dejar paso a la parálisis. Nuestro programa para esta Conferencia y para el futuro es muy
complejo. Debemos lograr
un equilibrio que respete el deseo común de hacer hincapié en la aplicación de lo
que ya ha sido acordado. La aplicación en los próximos años de las 27.000 páginas de que
constan los acuerdos
celebrados por todos los Miembros de esta Organización constituye una tarea de gran
envergadura,
que además acabamos de emprender. Sería erróneo imaginar que esta labor de
aplicación no significa
también mantener el impulso liberalizador. Deseo rendir tributo a los esfuerzos desplegados
por todos los Miembros a este respecto, y muy especialmente a los enormes esfuerzos que realizan los
países
en desarrollo y las economías en transición y a los ingentes esfuerzos de los
países menos adelantados.
El informe del Consejo General que el Embajador Rossier les acaba de
presentar constituye
una prueba convincente de la magnitud de los logros obtenidos en los dos últimos años en
el proceso
de aplicación, así como de los retos a los que todavía nos
enfrentamos. Su
importancia se subraya
en el Informe Anual de la OMC que ahora les presento, en el que se señala la evolución
de las políticas
comerciales de los países Miembros desarrollados, en desarrollo y con economías en
transición hacia
regímenes comerciales liberales, un mayor recurso a las medidas de tipo arancelario y la
transparencia.
Estas políticas representan la manera más segura de ampliar la participación de
todos los países en
un comercio internacional que presenta actualmente un dinamismo cada vez mayor. Por otra
parte,
en el Informe Anual se indica también que el comercio sigue siendo un poderoso motor de
crecimiento.
El comercio mundial volvió a registrar el año pasado uno de los índices más
rápidos de crecimiento
de los diez últimos años y supera actualmente por vez primera los 6 billones de
dólares EE.UU., con
el estímulo que esto representa para la creación de empleo en todo el
mundo.
La consolidación de este círculo virtuoso está en sus
manos, que son las que guían el programa
de trabajo de la OMC, en gran parte ya acordado. Y además de eso tienen frente a ustedes el
reto
de acordar la liberalización de los productos de la tecnología de la información y
de dar a las
negociaciones sobre telecomunicaciones básicas el impulso que contribuya a garantizar que
puedan
concluirse con éxito antes de que se cumpla el plazo fijado para el 15 de
febrero. A la luz de
lo que
acabo de decir, la importancia de estos acuerdos no puede sobreestimarse, ya que son sectores en los
que verdaderamente se trata de un comercio para el futuro.
La conclusión de las negociaciones no menos cruciales en el sector
de los servicios financieros
y nuestro firme compromiso, junto con el de los candidatos, de concluir algunas de las grandes
negociaciones de adhesión, o de lograr avances reales en este sentido, son otras de las
principales
prioridades para 1997. También insto encarecidamente a todos los gobiernos Miembros a que
hallen
una solución rápida y positiva a una importante cuestión de aplicación que
aún sigue pendiente, a saber,
el establecimiento formal de la Secretaría de la OMC en tanto que entidad
distinta, en
consonancia
con las decisiones adoptadas en Marrakech. Por último, desearía ver en todos los Ministros presentes en
esta reunión una señal de su intención
de dar un marcado relieve a la celebración, a principios de 1998, del 50 aniversario del sistema
multilateral de comercio. Sería una ocasión única no sólo para celebrar uno
de los mayores éxitos
internacionales de nuestro tiempo sino también para mirar hacia el futuro y explorar las
perspectivas
en rápida evolución del próximo siglo.
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