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Desde que se estableció el GATT mi país ha apoyado
incondicionalmente el libre comercio
-y, del que sigue siendo hoy un paladín declarado. El sistema de normas y acuerdos
comerciales del
GATT ha hecho una contribución enorme, que no tendríamos que dar por
supuesta, a la
prosperidad
del mundo: ha contribuido a que en medio siglo el comercio mundial se multiplique por 16.
Nunca se hará bastante hincapié en los efectos que puede
tener el aumento del comercio y de
las inversiones. Dentro de tres días, los pueblos de Irlanda de Norte y de la República
de Irlanda se
pronunciarán en referéndum sobre un acuerdo que espero que traiga la estabilidad
política y la paz
a Irlanda del Norte. Creo que su decisión será afirmativa; que esa decisión
llevará al final definitivo
de la violencia, y que a su vez ese final definitivo de la violencia puede generar una expansión
de las
inversiones y el comercio. Cabe que esa perspectiva, por sí sola, no sea una razón
suficiente para
votar "sí". Hay en juego otras cuestiones. Pero de hecho es probable
que a raíz de una votación
favorable se produzca un aumento de las inversiones.
Así pues, espero que cuando vuelvan a su país, alienten a
sus empresas a que tengan presentes
las nuevas oportunidades de comercio e inversión que abrirá el acuerdo, en Irlanda del
Norte y nos
ayuden así a conseguir la prosperidad económica necesaria para apuntalar la
paz. No
podemos
desaprovechar la mayor oportunidad que se ha presentado en muchos años de conseguir una
auténtica
paz en Irlanda del Norte.
Que ello sea una señal de paz para las regiones del mundo
afectadas por conflictos.
El mundo se está abriendo con la mayor libertad de desplazamiento, los medios de comunicación
social y los sistemas de comunicación abiertos. El libre comercio es un elemento esencial de
esa tendencia. El MERCOSUR, el TLCAN, la ASEAN y, desde luego, la Unión Europea son
exponentes
de la intensidad de la marea favorable al libre comercio. Aunque en este momento estos fenómenos pueden tener un
carácter regional, todos ellos refuerzan
la tendencia a la ampliación del libre comercio, siempre que mantengamos esas zonas
comerciales abiertas
al resto del mundo, como está, y debe seguir estando, la Unión Europea. Así
pues, en este momento la cuestión no estriba en si debe
haber libre comercio, sino en la
forma de gestionar una tendencia que consideramos irreversible e irresistible para que todos los
países
y pueblos puedan beneficiarse de ella. Ese es el desafío del milenio, para nosotros y para la
OMC.
En todas las partes del mundo, en todas las esferas de la existencia humana, todos los pueblos
se enfrentan al reto de la transformación. La tecnología transforma sus puestos de
trabajo. La
mundialización modifica las estructuras en las que trabajan. Los mercados
financieros, que con
sólo
oprimir un botón pueden mover con rapidez asombrosa cantidades inimaginables de dinero a
través
de las fronteras internacionales, pueden cambiar toda la economía. Estos impulsos poderosos
de
transformación económica hacen que las personas se sientan inermes e inseguras ante el
futuro. Y
tras el cambio económico, el cambio social. La desintegración de las
comunidades, la
desestabilización
de las familias, los delitos y las drogas y la exclusión social. Aunque nuestro nuevo mundo
puede
ofrecer infinitas posibilidades a muchos millones de nuestros ciudadanos, son sus peligros los que se
perciben de forma más real.
La elección es clara: podemos oponernos al cambio, adoptar una
actitud pasiva o trabajar
conjuntamente para controlar sus consecuencias con objeto de preparar a nuestros pueblos para el
cambio
y ofrecerles las oportunidades y la seguridad que necesitan. Es fácil pedir que nos opongamos
al cambio,
pero la resistencia no tiene posibilidades de éxito y anularía los beneficios que pueden
derivarse de
la mundialización. La pasividad nos llevaría a la división y al
pesimismo. La
única opción realista
es trabajar juntos para obtener los máximos beneficios y reducir al mínimo los
perjuicios, como pone
claramente de manifiesto la forma en que comerciamos unos con otros. Considero que las tareas fundamentales son
cuatro:
En primer lugar debemos hacer llegar a todos los beneficios de la
mundialización.
La economía mundial es un hecho. La expansión del
comercio mundial -con un aumento de
las exportaciones de más del 50 por ciento desde 1990- ha creado millones de nuevos empleos
y ha
ofrecido muchas oportunidades de pasar de la pobreza a la prosperidad. La tasa anual del
crecimiento
de las inversiones extranjeras directas ha sido del 14 por ciento. Desde 1980 la renta por habitante
de 10 países en desarrollo, en los que vive la tercera parte de la población del
mundo, se
ha duplicado
con creces. Pero los beneficios de este proceso no han llegado a todos del mismo
modo. En algunos países
en desarrollo el comercio y las inversiones han quedado atrás. Este fin de
semana, la Cumbre del G8 destacó la necesidad de
ayudar a los países en desarrollo
para que se integren en la economía mundial y se beneficien así de las oportunidades
que brinda la
mundialización. Tengo la satisfacción de anunciar que el Reino Unido ha
consignado 10 millones de dólares
para la prestación, durante este año y el próximo, de asistencia técnica a
esos países para ayudarles
a que se preparen para la liberalización. En particular, es preciso prestar especial
atención a los países
menos adelantados. Todos debemos comprometernos a aplicar un régimen de aranceles nulos a
sus exportaciones. Simultáneamente, cada uno de los gobiernos debe también
desempeñar la función que le corresponde, manteniendo políticas macroeconómicas
estables, adoptando sistemas
financieros transparentes, alentando el ahorro y la inversión en infraestructura económica,
fomentando la competencia
e invirtiendo en educación.
En segundo lugar, hemos de mantener mercados abiertos y equitativos.
No parece concebible una vuelta al proteccionismo abierto y al
estancamiento del comercio
que dieron un perfil tan negativo al decenio de 1930: no cabe duda de que hemos asimilado esa
experiencia. Pero siguen existiendo formas sutiles de proteccionismo, y en una
situación de crisis las presiones
se intensifican. Hemos de velar por que las actuales dificultades financieras de Asia no nos lleven
a refugiarnos en el proteccionismo. Por ello, es alentador que en la reunión de países de Asia y
Europa celebrada en Londres,
dirigentes de 25 países que en conjunto representan la mitad del PIB del
mundo, se hayan
comprometido
a hacer frente a las tendencias proteccionistas, mantener abiertos los mercados y seguir impulsando
la liberalización multilateral. El último fin de semana, en Birmingham, el G8
decidió mantener abiertos
los mercados de sus países en respuesta a la crisis de Asia, e invitó a otros países
a actuar de la misma
forma.
Y por último, en la Cumbre de la Unión Europea y los
Estados Unidos celebrada ayer en Londres, hemos decidido seguir reduciendo los obstáculos al comercio entre los Estados Unidos
y Europa
y hemos encontrado una forma eficaz de resolver la cuestión de las sanciones de los Estados
Unidos
en relación con nuestro comercio con Cuba, Libia y el Irán.
En tercer lugar, es necesario que ampliemos la liberalización del comercio.
Soy consciente de que la aplicación de la Ronda Uruguay no ha
resultado fácil, sobre todo
para los países en desarrollo. Pero es imprescindible que todos cumplamos nuestros
compromisos. Tenemos, además, que seguir avanzando. Las negociaciones
sobre la agricultura y los servicios,
que comenzarán en el año 2000, requerirán grandes esfuerzos. Pero los beneficios
que pueden obtenerse
son enormes. Los actuales niveles de ayuda a la agricultura son costosos e
ineficientes. A mi juicio,
no redundan en interés del medio ambiente ni de la comunidad rural en general. Es necesario
que
nos preparemos ya para esas negociaciones, que adoptemos un enfoque amplio y que demos a las
negociaciones un carácter urgente, para llevarlas a término rápidamente y de
forma satisfactoria. Pero, en cuarto lugar, al promover la expansión del comercio
mundial, hemos de velar también
por que ese objetivo no se alcance a cualquier precio. A mi juicio el principal reto con
el que nos
enfrentamos al entrar en el próximo siglo tal vez sea la protección del medio ambiente
mundial. Es
necesario que los gobiernos tengan en cuenta el impacto ambiental de las medidas que adopten en
cualquier esfera, incluida la del comercio. Las normas comerciales no pueden utilizarse para imponer
a los países en desarrollo normas poco equitativas, ni para discriminar sus
exportaciones.
Considero que, mediante el establecimiento de nuevas asociaciones, podemos conseguir que el aumento de la
prosperidad económica del comercio vaya unido a la protección del medio
ambiente. Simultáneamente, debemos esforzarnos, en la OIT y en otros
foros, por conseguir que se respeten
en todo el mundo las normas fundamentales del trabajo, en beneficio de todos los trabajadores; y
ello,
no como un obstáculo al comercio, ni para bloquear las exportaciones de los países en
desarrollo, sino
porque todos los trabajadores tienen derecho, con independencia del país en que vivan, a
condiciones
aceptables de trabajo. Debemos impedir también la explotación de los niños. Por último, hemos de obtener los mayores beneficios posibles de
la era electrónica y de la
economía sin fronteras.
La revolución electrónica constituye un desafío para
todos nosotros. El G8 acaba de establecer
una serie de principios para conseguir un entorno internacional coherente, en el que el comercio
electrónico pueda desarrollarse bajo la dirección del sector privado, respetando al mismo
tiempo los
intereses de los consumidores y de la sociedad en general. La OMC ha hecho ya una
contribución
a ese respecto con sus acuerdos sobre telecomunicaciones y tecnología de la información.
Pero en
el futuro habrá que prestar una atención mucho mayor a la regulación y el
desarrollo del comercio
electrónico.
El GATT antes, y la OMC ahora, han conseguido una serie de
éxitos de la que podemos estar
orgullosos. He expuesto las tareas que hemos de realizar. Pero para llevarlas a cabo necesitamos,
que la labor de la OMC cuente con el apoyo popular, con el apoyo de la sociedad. Hemos de enviar un mensaje en el que se distinga claramente lo
siguiente:
- que el proteccionismo no
genera prosperidad;
- que 50 años de liberalización
del comercio han generado un crecimiento sin precedentes;
la economía mundial y la revolución electrónica pueden contribuir a que la
prosperidad
llegue a más lugares;
- que los Miembros de la OMC
solucionamos nuestras diferencias basándonos en las
normas y no en la fuerza, nos oponemos a las discriminaciones que tienen efectos
perjudiciales, y respetamos los acuerdos a los que hemos llegado libremente por
consenso;
- que nos esforzamos por promover la
expansión del comercio mundial de forma
responsable, sensible a las necesidades de todos, para elevar los niveles de vida, luchar
contra la pobreza, fomentar el desarrollo sostenible y la protección del medio ambiente
y contribuir a la seguridad internacional;
- y, sobre todo, que una mayor apertura de
los mercados y una expansión del comercio
suponen crecimiento y creación de empleo, en beneficio de nuestros pueblos. Este es el mensaje que deberíamos enviar en esta reunión a
los pueblos de nuestros países al
conmemorar el Cincuentenario del GATT y considerar los 50 próximos años del sistema
multilateral
de comercio.
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