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El pasado mes de marzo el Gobierno norteamericano hizo pública
la "Agenda de la Política Comercial de Estados Unidos para 1998",
donde textualmente señala que está llamada a ser "agresiva,
globalmente directa y para todas las regiones del mundo"; que "los
Estados Unidos, como la más importante y exitosa economía
en el sistema comercial global, está en una fuerte posición
para usar sus poderes de persuasión e influencia para dar impulso
a esta Agenda"; y que "a pesar de las sustanciales aperturas de los
mercados que se han alcanzado en años recientes, aún se mantienen
demasiadas barreras para las exportaciones de bienes y servicios de Estados
Unidos a lo largo del mundo". Es un lenguaje preocupante.
Unido a
esto, en septiembre de 1995, por iniciativa de Estados Unidos, a pesar de existir ya la Organización Mundial del
Comercio,
integrada por 132 países en diversas etapas de desarrollo, se iniciaron
conversaciones en el seno de la Organización de Cooperación
y Desarrollo Económicos, club exclusivo del primer mundo, para elaborar
un Acuerdo Multilateral de Inversiones.
Por problemas obviamente relacionados con la soberanía
de los Estados, la idea posterior de negociar este acuerdo en el seno de
la Organización Mundial del Comercio encontró fuerte oposición
de numerosos Miembros de la Organización en su Conferencia Ministerial
de Singapur, en diciembre de 1996. Lo acordado por ésta no
impidió que la OCDE, constituida -como dije- por países
desarrollados,
continuara el proceso de elaboración del Acuerdo Multilateral de
Inversiones.
A partir de los intentos de Estados Unidos de introducir aspectos
esenciales de la Ley Helms-Burton en dicho Acuerdo, la negociación
se estancó, quedando sólo Estados Unidos y Europa.
Las restantes 13 naciones de la OCDE quedaron marginadas.
La mencionada ley ilustra los procedimientos aplicados por Estados
Unidos en su guerra económica contra Cuba. El carácter
extraterritorial de éstas y otras medidas dio lugar a que la Unión
Europea solicitara a la OMC la creación de un Grupo Especial que
fue aprobado el 20 de noviembre de 1996.
Posteriormente, el 11 de abril de 1997, se llega a un entendimiento
sobre la base de determinados compromisos de Estados Unidos, relacionados
con la aplicación y modificaciones de la Ley Helms-Burton.
La Unión
Europea, que no deseaba debilitar la OMC, suspende
provisionalmente el inicio de las actividades del Grupo Especial.
En sorprendente y astuta
maniobra, Estados Unidos, del banquillo
de los acusados en la OMC, pasa entonces a dictar en el marco de la OCDE
nuevas pautas en el derecho internacional, pretendiendo incluir con carácter
retroactivo en el Acuerdo Multilateral de Inversiones la ilegalidad, a
su juicio, de las nacionalizaciones realizadas a fines de la década
de 1950: una fecha que coincide exactamente con el triunfo de la
Revolución en Cuba y un principio aplicable también a cualquier
nacionalización de las que tuvieron lugar en otros países
con posterioridad a 1959. Se pretende con ello internacionalizar
los principios de la infame Ley Helms-Burton al amparo de un tratado multilateral.
Dicha Ley, que no ha sufrido modificación alguna, había convertido
arbitrariamente en norteamericanos expropiados a ciudadanos que eran cubanos
en el momento de la expropiación.
El carácter extraterritorial del bloqueo se viene aplicando
en realidad desde hace mucho rato, antes de que existiera esa bochornosa ley. A toda empresa norteamericana instalada en cualquier país
se le prohíbe por el Gobierno de Estados Unidos comerciar con Cuba.
Eso viola la soberanía y es extraterritorial. El mundo tiene
sobrados motivos para sentirse humillado y preocupado, y la OMC debe ser
capaz de impedir el genocidio económico. Cualquier diferendo
entre Estados Unidos y la Unión Europea por causa de esta Ley, no
debe resolverse a costa de Cuba. Sería un impensable deshonor
para Europa. Los acuerdos anunciados ayer en Londres son confusos,
contradictorios, amenazantes para muchos países y nada éticos.
El bloqueo económico ha costado ya a Cuba 60.000 millones de dólares.
En los últimos años, Estados Unidos aprobó
más de 40 leyes y decisiones ejecutivas para aplicar sanciones económicas
unilaterales contra 75 naciones que representan el 42 por ciento de la
población mundial.
Estados Unidos logró prácticamente todo lo que deseaba
con los acuerdos que dieron lugar a la creación de la OMC, y de
modo especial con el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, un
viejo sueño. De igual forma con el Acuerdo sobre los Aspectos
de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio,
aspecto en el que ejerce un domino privilegiado gracias a su desarrollo
tecnológico y a la sustracción sistemática de las
mejores inteligencias del mundo. Algunas de sus patentes obtuvieron
hasta 50 años de exclusividad. Ha logrado ya adicionalmente
otros acuerdos de gran beneficio para ese país.
Estados Unidos
posee, además, el singular privilegio de
emitir la moneda en la cual se mantiene la mayor parte de las reservas
en divisas de los bancos centrales y de los depósitos de los bancos
comerciales de todo el mundo. Siendo la nación cuyos ciudadanos
menos ahorran, sus empresas transnacionales compran las riquezas del mundo
con el dinero que ahorran los de otras naciones y con los billetes que
imprimen sin el respaldo en oro acordado en Bretton Woods, unilateralmente
eliminado en 1971.
Por
ello, si el euro surge como una moneda fuerte y prestigiosa,
¡bienvenido el euro! ¡Sería beneficioso para la
economía mundial!
Nuevos temas en la agenda de la OMC, introducidos por los países
ricos, amenazan con reducir las posibilidades de los países en desarrollo
para competir, en condiciones ya de por sí difíciles y desiguales,
que servirán sin duda de seguros pretextos para barreras no arancelarias,
o impedir el acceso de sus productos a los mercados.
Los países del tercer mundo han ido perdiendo
todo:
aranceles que protegían sus nacientes industrias y generaban ingresos;
convenios de productos básicos; asociaciones de productores;
indización de precios; tratamientos preferenciales;
cualquier instrumento para proteger el valor de sus exportaciones y contribuir
a su desarrollo. ¿Qué se nos ofrece?
¿Por qué no se menciona el injusto intercambio
desigual?
¿Por qué no se habla ya del peso insoportable de la deuda externa? ¿Por qué se reduce la Asistencia Oficial al
Desarrollo? Si todos los países desarrollados hicieran lo
de Noruega, el tercer mundo podría contar anualmente con 200.000
millones de dólares para su desarrollo. ¡Imítese
a Noruega!
¿De qué vamos a
vivir? ¿Qué
bienes y servicios vamos a exportar? ¿Qué producciones
industriales nos van a preservar? ¿Sólo aquéllas
de baja tecnología y elevado consumo de trabajo humano y las altamente
contaminantes? ¿Se pretende acaso convertir a gran parte del
tercer mundo en una inmensa zona franca llena de maquiladoras que ni siquiera
pagan impuestos?
¿Por qué la más poderosa potencia económica
del mundo obstruye el ingreso en la OMC de China, que cuenta con la quinta
parte de los habitantes del planeta? ¿Por qué dificulta
el ingreso de Rusia y otros países? Ninguna nación
grande o pequeña puede ni debe ser excluida de esta importante institución,
ni ser sometido su ingreso a humillantes condiciones.
Los países en desarrollo no podemos permitir que nos
dividan.
La unión es la única riqueza que poseemos, la única
garantía para la defensa de nuestras legítimas aspiraciones.
Los que ayer fuimos colonias y hoy sufrimos todavía las
consecuencias del retraso, la pobreza y el subdesarrollo, somos mayoría
dentro de esta Organización. Cada uno de nosotros tiene un voto. Nadie posee el derecho al veto. Debemos convertirla en
un instrumento de lucha por un mundo mejor y más justo. También
hay que contar con estadistas responsables que indudablemente existen en
muchos países desarrollados y que son sensibles a nuestras realidades.
En medio de tanta euforia nadie puede asegurar hasta cuándo
el sistema económico de Estados Unidos, regido por las ciegas leyes
de la economía de mercado, puede impedir que el globo financiero estalle. No hay milagros económicos. Está
demostrado.
Los precios, inflados hasta el absurdo, de las acciones en las bolsas de
valores de esa economía, aunque es sin duda la más fuerte
del mundo, no pueden sostenerse. En situaciones semejantes la historia
no ha conocido excepciones. Sólo que ahora una gran crisis
sería también global y tendría consecuencias impensables.
Ni aun los que somos adversarios del sistema imperante podemos desearla.
Valdría la pena que la OMC valorara estos riesgos y entre
sus llamados "nuevos temas" incluyera otro: "Crisis económica
globalizada. ¿Qué hacer?"
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