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El pasado fin de semana, cuando los líderes de los ocho
principales países industrializados,
junto con el Presidente de la Comisión Europea (CE), nos reunimos para intercambiar
opiniones sobre
una serie de cuestiones de interés mundial, tomamos especial nota de que esta semana se
conmemoraba
el Cincuentenario del establecimiento del sistema mundial de comercio.
Lamentando profundamente que el nutrido programa de mi viaje por
Europa no me permita
hacer un alto en Ginebra, en espíritu estoy con ustedes para celebrar este trascendental
aniversario.
Tengo el convencimiento de que es importante que los dirigentes mundiales se interesen en la labor
del sistema comercial internacional, especialmente en este importante
aniversario, y que apoyen la
orientación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la definición de su
programa.
Me complace dirigir mis felicitaciones al Director General, Renato
Ruggiero, por la capacidad
de liderazgo y la dedicación que ha demostrado trabajando en nombre de todos nosotros en la
dirección
de la OMC.
Al reflexionar sobre la significación de este
aniversario, recuerdo
la visión de nuestros
predecesores cuando expresaron en la Carta de las Naciones Unidas el objetivo de preservar a las
generaciones venideras del flagelo de la guerra, reafirmar los derechos fundamentales del hombre,
crear condiciones sobre las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones
emanadas
del derecho internacional, y promover el progreso social y elevar el nivel de
vida. Cuando se establecieron las instituciones de Bretton Woods, sus
dirigentes nos transmitieron
los mecanismos internacionales para promover el adelanto social y económico de todos los
pueblos. Por lo
tanto, me parece particularmente apropiado que los cimientos del
sistema del comercio
mundial se encuentran en el Palais des Nations, edificio consagrado a la construcción de la
paz,
el
respeto de los derechos humanos, y la prosperidad económica y el desarrollo de las relaciones
entre
los países. El fortalecimiento de estos ideales sigue siendo el desafío para los
líderes de hoy.
La reunión de esta semana tiene una doble
finalidad:
- reconocer la contribución que ha
aportado durante estos años el sistema de comercio
basado en normas para mejorar el nivel de vida de nuestros ciudadanos; y
- expresar nuestro compromiso en favor del
fortalecimiento de la OMC como pilar de
este sistema. Nosotros,
canadienses, hemos obtenido sustanciales ventajas del
comercio internacional.
El Canadá fue uno de los primeros signatarios del GATT de 1947
y del Acuerdo sobre la OMC,
en 1994. Es parte en el acuerdo de libre comercio más amplio que jamás se haya
negociado, concertado
con los Estados Unidos y México. Estos últimos años, hemos concluido acuerdos
de libre comercio
con Israel y Chile. Los resultados combinados de estos esfuerzos han sido
impresionantes.
Desde 1950,
las exportaciones e importaciones del Canadá se han incrementado casi 80
veces.
Hoy,
- en el Canadá, un empleo sobre tres
está relacionado con el comercio;
- el 40 por ciento de nuestro PIB procede de
las exportaciones; y
- nuestras exportaciones anuales de bienes y
servicios siguen alcanzando nuevos récord.
En el momento en que se negoció el GATT, solamente un 7 por
ciento de la actividad económica
mundial se basaba en el comercio. Hoy día, los intercambios comerciales representan
más del 22 por
ciento de una economía mundial mucho más vasta, y para los países como el
Canadá la proporción
es mucho mayor. Esta triplicación del papel del comercio internacional nos dice dos
cosas: en primer lugar,
que los países son cada vez más interdependientes en sus relaciones económicas.
En segundo lugar,
que nuestra labor en esta esfera aún no está terminada. Quedan aún posibilidades
de crecimiento. Esta interdependencia de los países mejora nuestras perspectivas
de desarrollo sostenible. Pero
también significa que tenemos una responsabilidad colectiva con respecto al sistema
comercial,
el que
nos pertenece a todos. Y esto nos lo han demostrado en forma brutal los acontecimientos
económicos
que tuvieron lugar en Asia un año atrás. Por cierto, si bien la carga de estos
acontecimientos pesará
más gravemente en los ciudadanos de nuestros copartícipes asiáticos, todos
nosotros resultamos afectados. Esta es la razón por la que en Birmingham, exhortamos a todos los
países del mundo a mantener
abiertos sus mercados. Para ello se requerirá un firme compromiso en favor del sistema
comercial
multilateral.
Es evidente que la OMC no ha permanecido
inactiva. Desde que
nuestros ministros de comercio
han firmado el Acuerdo por el que se la ha creado, en 1994, la OMC ha obtenido nuevos resultados
impresionantes, liberalizando el comercio de productos de tecnología de la información,
los servicios
de telecomunicaciones y los servicios financieros. Y en el mundo de mañana, necesitaremos
aún el
tipo de liderazgo al que debemos los logros de hoy. Deseo asegurarles a todos ustedes que el
Canadá
se propone desempeñar el papel que le corresponde.
Mi Gobierno tampoco ha permanecido
inactivo. En el Canadá,
seguimos aprovechando las
posibilidades existentes de liberalizar el comercio y las inversiones. Sobre una base regional, somos interlocutores de otros 33 países
en el lanzamiento de la
negociación de una Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA);
participamos en esfuerzos
voluntarios con otros 17 miembros del APEC (Foro de Cooperación Económica de Asia
y el Pacífico)
para liberalizar el comercio; la semana pasada, en Londres, convinimos con nuestros amigos de la
Unión Europea (UE) en preparar opciones y recomendaciones para ampliar los vínculos
a través del
Atlántico; y la semana próxima nos reuniremos con los países de la AELC
(Asociación Europea de
Libre Comercio) para determinar los parámetros de un acuerdo de libre
comercio.
También estamos
negociando acuerdos de cooperación económica con países de África. Sobre
todo, cooperamos en Ginebra con otros interlocutores comerciales, grandes y pequeños,
para garantizar que se aplican plenamente los acuerdos alcanzados en el pasado y que los acuerdos
regionales contribuyen a fortalecer la OMC. El Canadá considera que las iniciativas
comerciales
regionales son compatibles y complementarias con la labor de la OMC. Como hemos
visto, se
refuerzan
y definen mutuamente.
En mi opinión, la tarea que habremos de desempeñar en el
futuro consistirá en canalizar esos
esfuerzos para conseguir en el marco de la OMC un conjunto unificado de normas que sean de
aplicación
más universal. No será tarea fácil, pero merece la pena
intentarla.
En nuestro empeño por fortalecer la OMC y utilizar el comercio
para incrementar el crecimiento mundial, tendremos que asegurarnos de responder a las expectativas y preocupaciones de nuestros
ciudadanos.
Los
canadienses, como muchos otros, reconocen que el sistema
internacional de comercio es
uno de los pilares del desarrollo, la cooperación y la seguridad en el
mundo, es decir, la
herencia que
hemos recibido del Palais des Nations. Pero los
canadienses, como los ciudadanos de otros países,
también albergan temores fundados
acerca de los efectos que pueden tener sobre sus vidas la mundialización acelerada de la
economía
mundial y la rápida expansión del cambio tecnológico. Las inquietudes sobre la
soberanía, la integridad
de las políticas sociales, la protección del medio ambiente, la preservación de la
identidad nacional
y la distribución más equitativa de los beneficios del comercio encuentran el mismo eco
en el Canadá
que en los demás países.
A mi
juicio, es necesario atender esas preocupaciones. Uno de los retos
principales a los que
habrá de hacer frente el sistema mundial de comercio será el de conseguir una
participación más amplia
del público en el proceso de consultas, con el fin de que nuestra labor sea más
comprensible y aceptable.
A medida que progresemos en la realización de nuestro programa, la OMC deberá
desempeñar una
función importante para conseguir mayor confianza y apoyo entre nuestras respectivas
comunidades
en el mundo.
A pesar de esos temores sobre los efectos de la mundialización,
estoy convencido de que un
mundo más integrado y más comprometido es mucho mejor que el mundo de los
años cuarenta que
condujo al establecimiento de la Carta de las Naciones Unidas y de las Instituciones de Bretton
Woods.
Es mucho mejor que el viejo mundo de la guerra fría, caracterizado por el aislamiento y la
beligerancia,
en el que nuestros misiles se apuntaban mutuamente. Ahora sólo enviamos misiones
comerciales y
recogemos los beneficios de la cooperación económica.
Mi Gobierno está firmemente decidido a consultar con los
canadienses para definir nuestras
prioridades nacionales en el ámbito del sistema comercial. Deseamos también compartir
nuestros puntos
de vista con los demás Miembros de la OMC para afrontar los desafíos de la
política comercial del
próximo siglo. Más que una opción, la liberalización del comercio y
la inversión es cada vez más una necesidad
en este mundo interdependiente, pero sólo la podremos conseguir con el apoyo de nuestros
pueblos
y con unas políticas económicas, sociales y culturales capaces de concitar ese
apoyo.
El objetivo del Canadá
-como el de tantos otros de ustedes que
participan hoy en esta
conmemoración- consistirá en seguir aprovechando la energía de la
liberalización y la integración
económica mundial en beneficio de todos nosotros.
Para ello será necesario aceptar el cambio y la
apertura,
conservando al mismo tiempo todo
aquello que nos hace diferentes; aplicar las políticas gubernamentales adecuadas y ejercer la
soberanía
para apoyar la apertura de los mercados; y conseguir que los beneficios del comercio se distribuyan
de manera más equitativa -entre las naciones y entre nuestros ciudadanos-, en consonancia con
los
designios de nuestros predecesores. Hemos recorrido un largo camino en estos 50 años, pero
todavía quedan cosas por hacer.
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