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En nombre del Consejo Federal doy a todos la bienvenida a Ginebra.
Suiza está orgullosa de acoger aquí a las más relevantes
personalidades del mundo en el marco de las numerosas reuniones y conferencias
que se celebran en esta ciudad.
Mi país atribuye gran importancia a la Ginebra
internacional,
la apoya con determinación, y se esfuerza por lograr su esplendor,
porque valoramos plenamente la importante función de esta ciudad
en la que se forjan y estrechan vínculos de amistad que son fundamentales
para la estabilidad y el fortalecimiento de las relaciones internacionales.
Consciente de esa función, el Consejo Federal ha afirmado
claramente, animado por la actitud de apertura de la política exterior
de Suiza, su voluntad de integrar al país de la mejor manera posible
en los foros multilaterales, muchos de los cuales tienen su sede en Ginebra.
No es necesario recordar en este momento la función cada vez más
fundamental que tiene la diplomacia multilateral en un mundo globalizado.
Los dirigentes del mundo entero se han reunido hoy para conmemorar
el Cincuentenario del sistema multilateral de comercio por un motivo importante:
no sólo para reconocer los logros más concretos del sistema
-el espectacular aumento de los intercambios mundiales, la ampliación
y el fortalecimiento de las normas y nuestro rápido avance hacia
un sistema comercial verdaderamente mundial, sino por un motivo aún
más importante. Nos hemos reunido para conmemorar el éxito
de tres ideas fundamentales: la idea de que la apertura de las fronteras
y el comercio no discriminatorio pueden promover la estabilidad y la paz
internacionales, y la prosperidad (pueden, he dicho, porque sigue siendo
necesaria una condición complementaria, la voluntad política
de lograr la justicia social y de superar los conflictos con un espíritu
de tolerancia); la idea de que la primacía del derecho, y
no la de la fuerza, es la clave de un diálogo civilizado entre los
países; y, por último, la idea de que la prosperidad
y el bienestar de cada persona dependen esencialmente de la prosperidad
y del bienestar de millones de otros seres humanos.
Estas mismas ideas guiaron a los arquitectos del sistema hace
50 años. En 1948, el mundo acababa de salir del conflicto
más destructivo de toda la historia de la humanidad. Solamente
en Europa habían perdido la vida más de 30 millones de personas;
estaban en ruinas grandes ciudades; se habían derrumbado economías
que poco antes eran poderosas. El desafío al que se enfrentaban
en ese momento los dirigentes de todo el mundo no consistía únicamente
en reconstruir ciudades y fábricas, sino en reconstruir la economía
mundial y, junto con ella, el tejido de las relaciones internacionales
en su conjunto. En este contexto, la Unión Europea ha encarnado
en el continente -y es el Presidente de la Conferencia Suiza quien lo afirma-
un valor insustituible y ha representado un giro copernicano hacia la paz
y la colaboración amistosa en una Europa otrora atormentada por
una conflictividad permanente y trágica. Pero también
a nivel universal, el sistema de las relaciones económicas ha resultado
ser un mecanismo que no abarca únicamente las relaciones comerciales.
Los creadores de ese sistema pensaban que la libre circulación de
mercancías y de servicios a través de las fronteras permitía
el acercamiento de los distintos pueblos -y de las distintas economías-
y forjar en el mundo vínculos de interdependencia más estrechos.
Se pensaba que un sistema de normas multilaterales abierto y no discriminatorio
sustituiría a las alianzas y asociaciones cerradas que tanto habían
contribuido a atizar las rivalidades, las tensiones y la desconfianza en
el período anterior a la guerra, y que la prosperidad, favorecida
por el comercio, mejoraría la suerte de los pobres, los marginados
y los desheredados del mundo entero y, de ese modo, comenzaría a
atenuar las diferencias económicas y sociales que constituían
la raíz de los conflictos entre los hombres.
Eran ideas muy
ambiciosas, sobre todo porque para materializarlas
era preciso eliminar las tendencias proteccionistas, renunciar a una parte
de los ingresos que aportan los derechos de aduana y someterse a procedimientos
multilaterales para resolver posibles diferencias en la aplicación
del Tratado. Sin embargo, los notables logros del sistema en los
50 últimos años han superado incluso las previsiones más
optimistas. Al principio, el GATT sólo contaba con 23 Miembros;
tiene ahora 132 -y China, Rusia y otros 29 países en proceso de
adhesión podrían efectivamente pasar a ser Miembros a comienzos
del próximo siglo. El comercio mundial es 14 veces mayor que
en 1950. Las inversiones extranjeras directas han aumentado de manera
aún más espectacular: se han multiplicado por 25 en
el mismo período. Hace 50 años, el comercio internacional
era esencialmente un comercio de mercancías o de materias primas.
En la actualidad, el comercio de servicios, la información y las
ideas han pasado a ser factores esenciales de la economía mundial.
No
obstante, la historia del sistema multilateral en los 50 últimos
años no es solamente la historia del progreso económico.
Es la historia de un progreso político basado en el consenso, es decir, libremente negociado entre todos los
Miembros. Gracias a esta historia, el sistema multilateral se ha convertido en uno de los ejemplos
más edificantes para el conjunto de las relaciones internacionales.
Conmemoramos hoy todos esos
logros, pero no nos limitamos a eso.
Apoyamos de manera firme y decidida un sistema multilateral que se ha convertido
en piedra angular de la economía mundial. La experiencia del
pasado nos sirve también para afianzar nuestra función rectora
y para formular orientaciones para el futuro.
¿Sabemos lo que nos
espera? En primer lugar, sabemos
que viviremos en un mundo caracterizado por la integración y la
interdependencia económicas. No se trata de una ideología
ni de un programa político, sino del resultado de una evolución
económica y tecnológica dinámica, inevitable y necesaria.
Es un proceso que tendrá consecuencias de gran alcance no sólo
para la economía mundial sino también para el marco político
y social. Al finalizar el siglo XX, el mundo presenta dos caras:
es un mundo en el que el crecimiento y el desarrollo han alcanzado un nivel
sin precedentes en la historia, pero también es un mundo atormentado
por el temor a la inseguridad y la inestabilidad económicas.
En función de nuestra voluntad de aprovechar y de dar forma concreta
a las oportunidades intrínsecas que ofrece este mundo, predominará
una u otra cara.
Lo anterior nos lleva a una segunda conclusión, y es que
no habrá una respuesta única de cada país a las oportunidades
y a los grandes problemas de la economía mundial del futuro.
Tampoco habrá una respuesta única a nivel político.
Este nuevo mundo exige la mayor colaboración posible en el mayor
número posible de esferas; una colaboración que no
se limite al ámbito económico, sino que tenga por objeto
hacer frente a los desafíos del desarrollo y a las preocupaciones
medioambientales y sociales, porque no hay que engañarse:
la injusticia social y la brecha que separa a los ricos de los pobres siguen
presentes en las relaciones internacionales; una colaboración
de todos los países y de todas las regiones -y no la colaboración
de algunos dentro de unas fronteras bien definidas. El sistema multilateral
de comercio contribuirá de manera importante a este proceso -pero
no podemos esperar que permita resolver todos los problemas.
Nuestra tercera conclusión es que sólo aprovecharemos
el potencial de esta nueva economía mundial si también el
sistema de comercio es verdaderamente mundial por su ámbito y por
su alcance. Por este motivo, debemos redoblar nuestros esfuerzos
para integrar plenamente en el sistema a los países en desarrollo
y los países menos adelantados, así como a las economías
en transición. No me refiero simplemente al proceso de adhesión
a la OMC que han iniciado numerosos países -aunque sea un elemento
crucial. Tenemos la obligación moral de ayudar a los países
y sectores de población más marginados a sacar provecho del
crecimiento económico y del progreso, pero también tenemos
interés en reducir las inaceptables diferencias que existen entre
privilegiados y desheredados, en un mundo en el que los problemas sociales,
sanitarios y medioambientales transcienden cada vez más las fronteras.
En la actual economía
mundial, los desafíos y oportunidades
son nuevos, pero las opciones fundamentales siguen siendo las mismas.
¿Deseamos que las relaciones económicas entre los países
estén basadas en la apertura y la no discriminación, o en
la protección y la exclusividad? ¿Deseamos aprovechar
la transformación económica y tecnológica y ponerla
al servicio del interés de todos, o estamos dispuestos a dejar que
las fuerzas económicas mundiales nos dominen?
Lo mismo que los fundadores del sistema multilateral hace 50 años,
nos encontramos hoy en un momento crucial de la historia -en vísperas
de una nueva era y en un marco internacional nuevo. En el mundo en
el que entramos nada está predeterminado: es una obra en curso
cuya única constante es el cambio. No basta decir que la transformación
mundial es inevitable, sino que debemos indicar a dónde debe conducirnos,
el tipo de sistema mundial que deseamos y cómo nos proponemos
establecerlo.
Lo mismo que nuestros predecesores, cuya clarividencia y determinación
celebramos hoy, debemos pensar en el futuro -y explicar ese futuro a nuestros
contemporáneos, lo que requiere un diálogo universal caracterizado
por la confianza. Puedo asegurarles que Suiza está dispuesta
a cumplir su función en ese diálogo fundamental y urgente.
Lo mismo que nuestros predecesores en su época, somos hoy los únicos
dueños del futuro del nuevo siglo rico en promesas que se abrirá
a la humanidad dentro de 591 días.
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