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Conmemoramos hoy una efemérides tan llena de buenos augurios como
colmada de todas las contradicciones de la última mitad del siglo XX.
Cuando
la comunidad internacional se afanaba por establecer un nuevo orden
sobre la devastación de una guerra en la que se combatió por los
principios universales de la libertad, sólo dos países africanos
firmaron el Acuerdo original del GATT. Esos países eran Rhodesia del
Sur y la Unión Sudafricana, que hoy se llaman Zimbabwe y República
Sudafricana.
Por
entones ambos eran componentes del Imperio Británico en diferentes
etapas de gobierno colonial.
No
necesitamos demorarnos en las razones concretas por las que se
integraron en el GATT.
Sabemos
que los pueblos de África no fueron consultados.
Yo,
como la inmensa mayoría de los sudafricanos, no podía votar, y
estaba completamente excluido de ese tipo de decisiones.
El
Gobierno sudafricano de entonces participó en el reconocimiento
colectivo, en la introducción del Acuerdo de 1947, de que
"las
relaciones comerciales y económicas deben tender al logro de niveles
de vida más altos, a la consecución del pleno empleo y de un nivel
elevado, cada vez mayor, del ingreso real y de la demanda efectiva, a
la utilización completa de los recursos mundiales y al
acrecentamiento de la producción y de los intercambios de productos".
Entonces
nos hubiéramos mostrado de acuerdo con tan nobles sentimientos, como
lo hacemos ahora. Lo doloroso es que no se aplicaron en mi país, ni
en nuestro continente, ni, de hecho, para la mayoría de la humanidad.
En
el caso de Sudáfrica hubieron de transcurrir otros 47 años de lucha
hasta que tuvo lugar una elección democrática.
En
esos 47 años, Sudáfrica comerció ampliamente, aportando con ello
una demostración objetiva, si fuera necesaria, de que el comercio no
conlleva por sí o en sí mismo un mundo mejor.
Sin
embargo, durante esos mismos 47 años, la comunidad internacional
reiteró con vigor creciente que la libertad es indivisible.
Se
identificó con nuestras aspiraciones y nos ayudó a hacerlas realidad.
Juntos
pudimos luchar por una causa más grande y justa.
Hoy
tengo el orgullo de poder dirigirme a ustedes como Presidente de una
República de Sudáfrica libre y democrática, y como representante de
uno de los muchos Miembros africanos de la OMC.
La
libertad ha dado a Sudáfrica la oportunidad de conseguir una vida
mejor para todo nuestro pueblo mediante nuestro Programa de
Reconstrucción y Desarrollo. Como parte de ese programa estamos
fortaleciendo nuestro compromiso con la OMC, pues somos conscientes de
su importancia para nuestra economía y para la de África Meridional.
Por
todo ello, al conmemorar el quincuagésimo aniversario del GATT, Sudáfrica
ha optado por mirar hacia adelante antes que por referirse a las
imperfecciones del pasado.
Sin
embargo, si en nuestra búsqueda de un futuro mejor pasamos por alto
las lecciones del pasado corremos un gran peligro.
Aunque
las inversiones y el comercio internacional han sido siempre parte
integral de la economía mundial, la medida en que todas las partes se
han beneficiado de ellos ha dependido de las circunstancias de cada
caso.
El
actual proceso de globalización no es excepción a esa regla.
La
medida en que todos los países se beneficiarán dependerá de la
forma en que nosotros, los Estados Miembros, actuemos mancomunadamente
para configurar los procesos necesarios.
En
los 50 años de existencia del GATT hemos sin duda aprendido lo
suficiente -a pesar de la exclusión de facto de muchos, muchos países
en desarrollo- para perfeccionar enormemente la gestión del sistema
de comercio mundial en beneficio mutuo de todas las naciones y los
pueblos.
Creemos
firmemente que la existencia del GATT, y ahora la de la Organización
Mundial del Comercio, como sistema basado en normas, sienta los
cimientos sobre los que pueden apoyarse nuestras deliberaciones para
progresar.
Somos,
no obstante, conscientes de que para hacer realidad las aspiraciones
de todos se requiere un trabajo prudente.
La
OMC nació precisamente como respuesta a la necesidad de establecer un
entorno reglamentario, de supervisión y aplicación más eficaz para
las inversiones y el comercio mundial que el que el GATT podía
entonces ofrecer.
Sin
embargo, ahora vemos que el éxito del sistema acordado en Marrakech
en 1994 dependerá de la prudencia con que se aplique y se haga
progresar.
Al
abordar una cuestión compleja es natural recurrir a la propia
experiencia, y confío en que me permitan hacerlo.
Los
sudafricanos lucharon contra un horrendo abuso de poder y están
resueltos a que nunca más vuelva a producirse.
Decidimos
por ello gobernarnos mediante una constitución -es decir, un sistema
basado en normas- que nos proteja igualmente a todos.
Pero
no pudimos olvidar que la injusticia y la discriminación contra las
que luchamos tiene efectos estructurales profundamente arraigados.
Si
nuestra constitución fuera ciega a la realidad de la desigualdad y
los desequilibrios históricos que hacen imposible una verdadera
igualdad de oportunidades, se convertiría en una fuente de injusticia,
tanto teórica como real.
Las
normas deben aplicarse sin temor ni favor, pero si contienen
prescripciones que no todos pueden cumplir, o si quienes se benefician
de sus resultados son demasiado pocos, surgirá la injusticia.
Es
por ello, prudente recordar que no hay norma, ni aplicación de normas,
que pueda derrotar a quien lucha con la justicia de su lado.
Eso
también es parte de nuestra experiencia y de la experiencia de otros
pueblos de todo el mundo.
Cuando
existen desigualdades manifiestas es preciso, al establecer normas,
aplicar medidas especiales y prudentes.
Esta
prudencia inicial promoverá las condiciones que sostendrán y
protegerán a un sistema basado en normas.
Debemos
ser francos en nuestra evaluación del resultado de la Ronda Uruguay.
Los
países en desarrollo no pudieron lograr que las normas se acomodaran
a sus necesidades reales.
Por
razones fáciles de entender, fueron principalmente las preocupaciones
y problemas de las economías industriales avanzadas las que dieron
forma al Acuerdo.
Las
secciones dedicadas a los países en desarrollo y los países menos
adelantados no se ponderaron con el suficiente cuidado.
Tampoco
se han aplicado plenamente.
Tenemos
ya los elementos de una respuesta al problema: el mecanismo
consistente en la ampliación del plazo para que los países en
desarrollo cumplan sus compromisos; y recientes mejoras en la
capacidad de la OMC para prestar asistencia técnica en cooperación
con otros organismos multilaterales.
Pero
esta respuesta no es aún completa.
¿Qué
podemos exactamente hacer?
Debemos
empezar por reafirmar que la construcción de un sistema multilateral
basado en normas es fundamentalmente correcta.
Las
economías poderosas deben dejar de aplicar medidas unilaterales, y
los países en desarrollo deben negociar sus necesidades específicas
dentro de ese marco.
Las
reglas son respetadas cuando, tanto en teoría como en la práctica,
van más allá de la oportunidad del momento.
Los
países en desarrollo deben ahora tomar la iniciativa en la elaboración
de un programa positivo que aborde plenamente sus necesidades.
Al
hacerlo pueden aprovechar la labor realizada desde la Conferencia de
Singapur para integrar el trabajo de las instituciones multilaterales.
Tienen
que definir concretamente las esferas que obstaculizan su progreso en
el sistema de comercio mundial.
El
problema objeto de nuestros debates no debe ya ser el libre acceso a
los mercados para los países menos adelantados. Son más bien los
efectos prácticos de la aplicación de ese concepto lo que es preciso
integrar en el sistema multilateral.
La
OMC fracasará si es utilizada para defender las actuales pautas de
producción.
Muchos
países en desarrollo tienen una clara ventaja comparativa en materia
de agricultura y textiles.
Se
están manifestando nuevas ventajas competitivas en el campo de los
productos manufacturados.
Estas
ventajas constituirán la base para el desarrollo.
La
OMC debe ser capaz de facilitar esos cambios en la producción mundial,
y en ningún caso ser utilizada como un medio para recaer en la
protección.
Los
acontecimientos se suceden rápidamente, y la realidad nos exige hacer
frente a las denominadas nuevas cuestiones, en particular porque ya
están emergiendo, y en el futuro emergerán, nuevos asuntos urgentes.
Pero
sólo si confían en el sistema podrán las partes sentirse cómodas
al hacerlo.
Es,
por tanto, indispensable que fomentemos la confianza en el sistema.
Sería
imprudente pasar por alto la creciente frustración de la gente común,
o confundir la paciencia a la que se recurre en pro del progreso con
la renuencia por cumplir.
Estos
asuntos son complejos, y no tienen fácil solución.
Pero
cuando hay voluntad de buscar soluciones conjuntas negociadas siempre
se encuentra el camino.
Sudáfrica
está preparada para desempeñar su papel en la contribución al
desarrollo de un programa positivo y detallado para la próxima
Conferencia Ministerial, a fin de abordar en todos sus aspectos el
desafío de la erradicación y derrota del subdesarrollo.
Creemos
que la cooperación con la OMC, la UNCTAD, la OIT, el PNUD, el Banco
Mundial y el FMI es esencial.
Debemos
abrir un diálogo franco y abierto para definir las funciones
separadas y combinadas de tan importantes instituciones multilaterales.
Aunque
en ningún caso debe rechazarse el debate sobre asuntos como las
normas del trabajo, las cuestiones sociales y el medio ambiente, todos
han de estar también dispuestos a escuchar cuidadosamente antes de
tomar una decisión.
Si
los países en desarrollo sienten que de todo ello no pueden sacar
sino nuevas cargas, será difícil abordar esas cuestiones cruciales.
Hace
50 años, cuando los fundadores del GATT evocaron los vínculos entre
el comercio, el crecimiento y una vida mejor, pocos podían haber
previsto cuánta pobreza, carencia de hogar y desempleo experimentaría
actualmente el mundo.
Pocos
habrían imaginado que la explotación de los abundantes recursos del
mundo y el prodigioso crecimiento del comercio mundial se verían
acompañados por un aumento de las diferencias entre ricos y pobres.
Y
pocos podían haber previsto la magnitud de la carga de la deuda de
muchas naciones pobres.
Al
conmemorar los logros en la configuración del sistema de comercio
mundial, mostrémonos resueltos a no desaprovechar la menor
oportunidad para trabajar juntos con el fin de velar por que nuestros
principios compartidos se traduzcan en realidades en todo el mundo.
Forjemos,
al entrar en el nuevo milenio, una asociación para hacer realidad el
desarrollo por medio del comercio y la inversión.
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