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Uno de los actos más importantes de la Italia democrática
surgida de la catástrofe de la segunda
guerra mundial fue la firma, en el otoño de 1947, de la Carta de La Habana.
La participación en el nuevo sistema multilateral que se estaba
formando en esos años fue decisiva
para la reconstrucción y la futura prosperidad de Italia. Esta decisión estuvo basada en la
convicción
política de que la creación de un sistema multilateral de comercio era fundamental, tal
como lo habían
concebido sus inventores, para una arquitectura internacional de paz. También nos
sentíamos seguros
de que la liberalización del comercio fomentaría el crecimiento económico
italiano. Unos cuantos años más tarde Italia aportó una
contribución decisiva al proceso que llevaba
a la integración europea. El proceso iniciado después de la guerra tuvo por consecuencia
la creación
de un mercado único y ahora de una moneda única, con la ambición de lograr en
el futuro la integración
política. En la Organización Mundial del Comercio, la Comunidad Europea habla ahora
cada día con
una sola voz. Estoy agradecido al Presidente Santer y al Primer Ministro Blair,
Presidente en ejercicio del
Consejo Europeo, por su participación en las celebraciones de hoy. Su presencia aquí
trae el mensaje
de una Europa profundamente convencida de la importancia fundamental del sistema del comercio
mundial. Desde un punto de vista italiano y
europeo, estos dos procesos -el
desarrollo de un sistema
multilateral y el proceso de integración regional- no han estado nunca en
conflicto: su adelanto
paralelo
representa una oportunidad para el crecimiento mundial. En momentos en que se crea el euro, que
ha requerido arduos esfuerzos de parte de nuestros países, y en que iniciamos una nueva
ampliación
de la Unión Europea a una escala verdaderamente continental, considero especialmente
importante
poner de relieve que apoyamos decididamente el punto de vista según el cual la
integración regional
puede y debe contribuir a fortalecer el sistema multilateral de comercio mundial y a fomentar la
prosperidad mundial.
Se habla mucho estos días de la "proliferación"
de los acuerdos regionales, y no sólo en Europa.
Si examinamos todos estos pactos, hallaremos que, dentro de no muchos años, casi todas las
regiones
y todos los países del mundo estarán vinculados por acuerdos o ya habrán
realizado uniones aduaneras
o zonas de libre comercio. Para entonces, estaremos cercanos al "mercado único
mundial", a condición
de que se canalicen y armonicen esas acciones dentro de un sistema multilateral y de que no se
opongan
unas a otras en una versión nueva y ampliada del nacionalismo económico llevado a
escala macrorregional. En breve habrá que dar un paso más adelante, con la ronda de
conversaciones que
se iniciará en el año 2000 y la admisión en la OMC de los países que por
distintos motivos hasta ahora
han permanecido fuera de ella.
El propósito doctrinal de los fundadores del sistema multilateral
era construir un orden mundial
de paz, prosperidad y libertad. Hoy día, debemos seguir adelante con su legado teniendo
plenamente
en cuenta la dimensión política y humana junto con el progreso de la tecnología,
la difusión del saber
y el aumento de las inversiones. En una palabra, esta gran transformación que denominamos
"globalización". Tenemos que reforzar y renovar los cimientos del actual sistema
internacional, dejando intactas
las finalidades universales esenciales que siempre hemos tratado de alcanzar. Para
lograrlo, debemos
tener debidamente en cuenta las exigencias de la solidaridad social. El resultado de los actuales
esfuerzos
dependerá de nuestra capacidad de renovar el "pacto de fundación" de hace
medio siglo, tarea que
plantea cuatro problemas:
- en primer lugar, las inquietudes de
carácter cultural, social y medioambiental de una
parte considerable de la población, en particular de sus capas menos
protegidas;
- en segundo lugar, la necesidad de impulsar
el desarrollo económico en las zonas
desfavorecidas del mundo y de hacer frente al flagelo de la pobreza;
- en tercer lugar, la modificación del
concepto de soberanía nacional en una época de
integración cada vez mayor y asimismo de resurgimiento de los nacionalismos
(especialmente en las regiones en crisis) y de los procesos de fragmentación;
- por último, la promoción y el
"buen gobierno" del progreso tecnológico.
Italia, que está tan cerca de muchos países en desarrollo y
países en transición, es especialmente
consciente de la dimensión humana de la globalización. Es nuestro deber tratar de
conciliar las
inquietudes sociales, ambientales y culturales con el sistema multilateral, robusteciendo la coherencia
de la cooperación internacional y fomentando la integración de los países en
desarrollo en el sistema
económico mundial. La obtención de resultados satisfactorios exige la creación de
mecanismos de
crecimiento endógeno, autosostenido.
Italia ha adoptado ya medidas en el plano nacional para evitar la
explotación de los niños y
desearía que se intensificara la cooperación entre la OMC y la OIT.
En cuanto a las repercusiones de la globalización en el ejercicio de
la soberanía nacional, en
lo que respecta a un país como Italia, que es parte de un proceso muy avanzado de
integración en el continente, la respuesta parece simple: la integración vale la
pena. Por ello, existe un
consenso universal
en que los problemas mundiales exigen respuestas mundiales y normas mundiales. A medida que
avanzamos en la configuración de las normas multilaterales necesarias para regir el proceso de
globalización no podemos dejar de tener este aspecto en cuenta y estimular en consecuencia la
participación de la sociedad y las instituciones sociales en el proceso. Volviendo al tema de las nuevas tecnologías, observo que la OMC
se está ocupando precisamente
ahora del comercio electrónico. Esto constituye un perfecto ejemplo de lo que debe
hacerse, en
otros
foros y con respecto a otras cuestiones, las biotecnologías por ejemplo, a fin de fomentar el
desarrollo
y la divulgación de la tecnología y evitar que se convierta en una esfera de conflicto en
lugar de una
nueva fuente de competencia leal. Este enfoque constructivo es la única forma de fomentar la
divulgación
de conocimientos, respondiendo así los temores que inevitablemente producen los
cambios. Estas cuestiones llevan años tratándose en diversos marcos
institucionales; no obstante, aún
queda mucho por hacer. La OMC es un foro esencial para hallar soluciones pero dados los
límites
de su ámbito de acción, no debería ser sobrecargada. La Organización es
responsable de una tarea crítica y difícil consistente en velar por el desarrollo y el
funcionamiento del sistema internacional de comercio, y la está cumpliendo de manera plenamente
satisfactoria. Concuerdo plenamente con la opinión de ciertos miembros de la
comunidad política y de
estudiosos y universitarios que sugieren un plazo de entre 20 y 25 años para completar el
desarrollo
de las normas del mercado mundial sobre la base de la renovación del pacto de
fundación.
Italia, en el marco de la Unión
Europea, está dispuesta a
hacer su parte íntegramente: la
contribución italiana no se limitará a los aspectos institucionales, sino que entraña
también la participación
de los empresarios, directivos, técnicos y trabajadores que han hecho posible decenios de
crecimiento
económico y desarrollo.
En conclusión, desearía manifestar mi convicción de
que la OMC, con el impulso que le ha
dado su Director General, Renato Ruggiero, a quien expresamos nuestro agradecimiento más
sincero
por su destacada actividad, ha desempeñado y seguirá desempeñando un papel
crucial con miras a ampliar
el comercio multilateral como requisito para la consecución de un mundo más
próspero y más libre.
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