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Me dirijo a ustedes en nombre del Sr. Kofi Annan, Secretario General
de las Naciones Unidas.
Considero
muy oportuno que las Naciones Unidas tomen la palabra en esta
Conferencia del Cincuentenario del GATT. Porque las Naciones Unidas no
son únicamente uno de tantos observadores, sino la principal fuente
de legitimidad en el sistema internacional y la piedra angular del
sistema de organizaciones internacionales.
Además,
debe recordarse que las Naciones Unidas fueron el marco político y
jurídico en que tuvo lugar el acontecimiento que hoy conmemoramos. El
GATT fue un Acuerdo redactado y negociado en un Comité de las
Naciones Unidas. Y se suscribió como anexo a la Carta de una
Organización Internacional de Comercio (OIC) aprobada en la
Conferencia de La Habana en 1947. Para ser exactos, esa Conferencia se
denominó Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Empleo.
Aun cuando la OIC nunca llegó a existir, merece la pena recordar que
fueron las Naciones Unidas quienes organizaron la Conferencia de La
Habana, facilitaron recursos para su preparación y cedieron más
tarde el personal que pasó a constituir la primera Secretaría del
GATT. Con el tiempo, el GATT se convirtió en la piedra angular sobre
la que se construyó el sistema multilateral de comercio.
En
la Conferencia de La Habana, los países de América Latina
articularon por primera vez la conexión entre comercio y desarrollo.
Más tarde, la independencia de los países en desarrollo de África y
Asia dio nuevo impulso a una iniciativa mundial para crear un sistema
de comercio internacional compatible con la promoción del desarrollo
económico y social. En 1964 se estableció la UNCTAD, con el mandato
de tratar de conseguir ese objetivo.
Como
sucesor lógico del GATT, la OMC representa un orden nuevo en el
comercio multilateral. En efecto, refuerza las disciplinas del
comercio multilateral y las extiende a nuevos sectores. Y permite un
acceso mejorado y más seguro a los mercados, que es requisito previo
para aplicar con éxito estrategias de desarrollo orientadas a la
exportación. En cambio, limita más estrictamente las posibles
opciones de política con que cuentan los países en desarrollo para
aplicar esas estrategias.
Los
países en desarrollo tratan ya de participar efectivamente en ese
sistema, lo que exige capacidad para aprovechar las oportunidades
exportadoras, cumplir sus obligaciones para poder defender los
derechos adquiridos, formular políticas comerciales orientadas al
desarrollo y tratar de alcanzar esos objetivos de política en el
curso de las negociaciones comerciales. Establecer lo que en la UNCTAD
denominamos un programa comercial positivo es un requisito previo para
que los países en desarrollo puedan participar en negociaciones
futuras en condiciones de mayor igualdad y defender sus intereses.
Como
se puso de manifiesto en su primera Conferencia Ministerial, la OMC se
ha convertido en un marco de negociaciones multilaterales continuas.
Muchos países participan simultáneamente en negociaciones
comerciales a nivel regional y subregional. Así pues, una tarea
esencial es aumentar la capacidad de los países en desarrollo para
defender sus intereses eficazmente en las negociaciones comerciales y
establecer la universalidad de la OMC.
Todos
coincidimos en que es preciso que el proceso de liberalización del
comercio mantenga su impulso. Pero se debe prestar atención
prioritaria a los obstáculos al comercio cuyo objetivo son las
exportaciones de bienes y servicios de los países en desarrollo. Se
deben reducir las crestas arancelarias y someter a mayor disciplina
las denominadas sanciones comerciales. Asimismo, se debe facilitar el
acceso al movimiento temporal de las personas naturales.
El
concepto de trato especial y diferenciado a favor de los países en
desarrollo debe adaptarse para que su objetivo consista en mejorar la
capacidad de esos países para competir en un mundo globalizado. La
integración subregional de los países en desarrollo proporciona a
éstos un nivel de capacitación para competir en el mercado mundial,
lo que facilita su participación en las negociaciones comerciales.
Mientras
tanto, debe continuar la búsqueda de una mayor coherencia entre los
sistemas comercial y financiero. Como ha puesto de manifiesto la
actual crisis asiática, el sistema de comercio sufre las
consecuencias de la adaptación a las insuficiencias del sistema
financiero. En esta Conferencia, la comunidad comercial internacional
tiene ocasión de mostrar su solidaridad en el ámbito comercial para
ayudar a los países asiáticos a remediar su situación.
En
la presente ocasión, son indispensables unas palabras de cautela
sobre la ampliación de las fronteras del sistema comercial a nuevos
sectores. La utilización de las normas comerciales como mecanismo
para imponer disciplinas en sectores no comerciales crearía fuertes
tensiones en el sistema. Es preciso considerar a la OMC como asociado
en la labor internacional de conjunto -llevada a cabo por las Naciones
Unidas y sus diversos organismos- destinada a promover el desarrollo
sostenible y los derechos humanos y alcanzar las metas establecidas en
la Carta de las Naciones Unidas.
Todos
nos movemos en la rápida corriente de la globalización. Pero ello no
significa que debamos dejarnos arrastrar sin rumbo por las aguas. La
OMC, al igual que las demás organizaciones internacionales, ha de
enfrentarse a los desafíos de la globalización, y en particular
evitar la marginación de los miembros más débiles de la comunidad
internacional.
Como
el Sr. Annan subrayó en su mensaje al G-8, reunido el pasado fin de
semana, y ha reiterado el Sr. Renato Ruggiero, Director General de la
OMC, se deben suprimir inmediatamente los obstáculos al comercio con
que se enfrentan los países menos adelantados. Además, esos países
deben obtener apoyo internacional que refuerce su competitividad y su
capacidad para atraer inversiones. Para todos nosotros, es una empresa
moral y práctica de primer orden desarrollar su capacidad para
competir eficazmente y en igualdad de condiciones. La UNCTAD, en
cooperación con la OMC y otros organismos, está plenamente
comprometida con esa tarea.
Volviendo
a la Conferencia de La Habana debemos recordar que en ella se
establecieron dos grandes metas: el comercio y el empleo. En aquellos
tiempos, los estadistas y economistas creían aún en la posibilidad
del pleno empleo. Hoy día, en la práctica casi se ha renunciado a
esa meta. Sólo en los países de la OCDE existen 35 millones de
personas sin empleo. En el mundo en desarrollo, su número se cuenta
por cientos de millones. La desigualdad entre las naciones y dentro de
ellas no se ha reducido.
Sin
duda, el comercio no tiene la culpa de que el siglo XX no haya
resuelto ese acuciante problema. Pero, en un momento de
liberalización del comercio mundial, la existencia de desempleo
masivo, inseguridad laboral y profundas desigualdades sin duda tiene
algo que ver con el malestar -a veces, reacción adversa- que la
liberalización del comercio y de las inversiones suscita en diversas
regiones. Esas preocupaciones se han manifestado en marcos tan
distintos como el debate sobre la "vía rápida" celebrado
en el Congreso de los Estados Unidos, las negociaciones de la OCDE
sobre un acuerdo plurilateral de inversión, y las protestas y
manifestaciones de los últimos días aquí, en Ginebra.
Nadie
debe dejarse engañar por la atmósfera festiva de estas celebraciones.
En el exterior existe angustia y miedo, inseguridad por el empleo y lo
que Thoreau describió como una "vida de tranquila desesperación".
Eso forma parte de la realidad en la misma medida que los
extraordinarios logros de la liberalización mundial. El sistema de
las Naciones Unidas, la OMC y las instituciones de Bretton Woods
tienen el sagrado deber de aportar razones para creer en el futuro y
devolver a la población motivos fundados de esperanza.
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