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El 30 de octubre de 1947, los representantes de ocho gobiernos firmaron
en Ginebra un
"Protocolo de aplicación provisional del Acuerdo General sobre Aranceles
Aduaneros y Comercio".
¡Qué visión de
futuro, terminada la segunda guerra mundial, apostar por un sistema comercial
fundado en la no discriminación y la apertura progresiva de los mercados! A la salida de un
conflicto letal, había que reconstruir. Establecer sobre nuevas bases las relaciones entre los
Estados.
Imponer
la visión de un orden internacional fundado en los intercambios y la prosperidad de cada
uno,
en interés
de todos.
Los pioneros del GATT, como las personas que
fundaron, en 1952, la
Comunidad Europea
del Carbón y del Acero, intuyeron desde una perspectiva política lo que había que
hacer. Tuvieron,
sobre todo, el coraje de hacer frente a un reto tan ambicioso como la reconciliación de las
naciones
centrándose en sus aspectos más pragmáticos. Técnica,
paciencia,
resolución ... los artesanos del GATT
apostaron por la solidez de los edificios construidos paso a paso. En cierto
sentido, el sistema de
comercio internacional, como la construcción europea, hacen del tiempo su cómplice, en
una visión
ajustada de lo que debe ser el futuro.
El GATT ha dado prueba de su
capacidad. Tratado provisional en sus inicios, no ratificado,
sus innegables logros le han permitido convertirse en una organización internacional de pleno
derecho.
Esta evolución no puede sino fortalecer la importancia que se atribuye a sus trabajos y la
firmeza jurídica
de los compromisos contraídos en Ginebra. La Organización Mundial del Comercio
constituye actualmente, con el Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, el tercer pilar del sistema
económico internacional.
Consolidar el desarrollo del GATT
En el curso de sus 50 años de
existencia, el GATT ha sido el
principal vector de la liberalización
del comercio internacional (una liberalización sin precedentes). En efecto, el porcentaje medio
de los
aranceles aplicados a los productos industriales por los países desarrollados ha pasado del 40
por ciento
inmediatamente después de la segunda guerra mundial al 4 por ciento después de la
Ronda Uruguay.
¿Es preciso recordar que durante esos 50 años el comercio
internacional ha sido uno de los
principales motores del crecimiento económico, y por ende de nuestra
prosperidad? En
última instancia,
el éxito de las orientaciones económicas defendidas desde el principio por el GATT ha
sido lo que
hoy en día ha llevado a las antiguas economías centralmente planificadas a querer
integrarse en la OMC. Ciento treinta y dos países celebran hoy el aniversario del GATT,
132 países con los más diversos
niveles de desarrollo económico y que representan a todas las regiones del
mundo. Y 33
gobiernos
han iniciado negociaciones para la adhesión de su país a la OMC, una
organización que evidentemente
tiene clara vocación de universalidad y en la que todos los países participan en
condiciones de igualdad
en la formación del consenso.
Ante los futuros miembros de la OMC, me permitiría
señalar las ventajas económicas de la
adhesión. Una adhesión no se aceptará a cualquier precio, porque las ventajas que
se otorgan
mutuamente los Miembros de la OMC presuponen el respeto de las reglas del juego. Pero la
adhesión
a la OMC no debe presentarse, a mi entender, como la adaptación brutal de las
economías que todavía
quedan al exterior del sistema. Es, en primer lugar, un proceso, un camino gradual hacia la
apertura,
un programa de reformas por ejecutar. La Comunidad ya presta asistencia técnica a
economías tan
grandes como las de Rusia y China para ayudarlas a preparar mejor sus negociaciones de
adhesión
a la OMC. Otro desafío importante de estos próximos años es la
plena integración de los países en desarrollo
en el sistema multilateral. La Comunidad Europea ha hecho en ese sentido grandes esfuerzos para
que los países menos adelantados tengan acceso a los mercados. Ha cumplido sus
compromisos. Sería, evidentemente, deseable que todos lo
hicieran.
Confirmar la primacía del sistema multilateral Entre los signatarios iniciales del GATT figuraban cinco Estados
miembros de lo que más tarde
llegaría a ser la Comunidad Europea. Por lo demás, el espíritu del GATT
reaparece 10 años después
en el texto mismo del Tratado de Roma que creó la Comunidad Económica
Europea.
Con sus 370 millones de
consumidores, un mercado en gran medida abierto, uno de los niveles
de ingresos por habitante más altos del mundo y, ya pronto, una moneda común para 11
de sus Estados miembros, la Comunidad Europea es la entidad comercial más importante del
mundo. Esto es
algo
que no tengo necesidad de subrayar ante quienes están familiarizados con los trabajos de
Ginebra.
Sin embargo, más allá de las
cifras, la Comunidad Europea
aporta una dimensión original,
la de una integración regional acompañada de una amplia apertura a terceros
países. Una integración
regional de carácter muy especial, donde la integración comercial de los Estados
miembros no es el
fin último, sino un medio para una integración política cada vez más
profunda. Una integración que,
por su grado de ambición, no puede compararse con otras formas de cooperación
establecidas hasta
el presente entre los Estados. Una integración cuyas características especiales merecen
ser reconocidas
y defendidas en las negociaciones multilaterales.
En todo
caso, en el plano estrictamente comercial todos reconocen que la
realización del mercado
interior también ha abierto más el mercado europeo a las importaciones de terceros
países. En otras palabras, la Europa de los 15 es un ejemplo fructífero de integración por lo que respecta
al GATT.
Una integración que, lejos de introducir nuevos obstáculos entre su espacio integrado y el
resto del mundo, abre el camino a una mayor liberalización del comercio
mundial.
En las relaciones comerciales de la Comunidad con terceros países
se tiene en cuenta la primacía
acordada al sistema multilateral. Nuestro objetivo principal es la acción multilateral, y la OMC
ha
de seguir siendo el motor principal de la liberalización mundial. Esta visión de las cosas es ampliamente
compartida. En ese
sentido se han manifestado, hace
pocos días, los Jefes de Estado o de Gobierno que participaron en Birmingham en la
reunión de los
países más industrializados. De manera análoga, la Unión Europea y los
Estados Unidos, con ocasión de la cumbre que tuvo ayer lugar en Londres, se han
comprometido a preparar juntos las próximas
etapas de liberalización multilateral. Esto no excluye, por otro lado, ciertos progresos
bilaterales,
fundamentalmente con el fin de velar por una mayor convergencia de los sistemas reglamentarios
europeo
y americano. Estos acercamientos facilitarán el desarrollo del proceso multilateral en esferas
tan
complejas como éstas.
Fortalecer la legitimidad democrática del sistema de comercio internacional
Los trabajos de la OMC, que antaño, por lo general, sólo
conocían los gobiernos, las
administraciones y los universitarios, suscitan hoy el interés creciente de los medios
comerciales y
de numerosas organizaciones no gubernamentales. Hay que felicitarse por ello, porque las decisiones
adoptadas en Ginebra, en un mundo cada vez menos fragmentado, tienen repercusión directa en
la
vida de los ciudadanos.
En ese
contexto, es particularmente satisfactorio que por fin se haya
establecido un sistema
de solución de diferencias que garantiza a todos los países Miembros el respeto del
conjunto de los
acuerdos concertados. La Comunidad Europea tiene plena confianza en el sistema de solución
de diferencias, aunque siempre será posible introducir mejoras en un sistema cada vez más
eficaz y profesional.
Con
todo, es preciso que el movimiento de integración mundial,
para ser plenamente comprendido
y aceptado, sea mejor percibido por sectores más amplios de la opinión pública.
La OMC no puede
aceptar que se consolide la imagen de una organización antidemocrática que no respeta la
diversidad
de culturas, el medio ambiente o las normas sociales y actúa en contra de los intereses de la
gran mayoría
de los ciudadanos, en particular los más desfavorecidos. Sabemos que esto no es
cierto. Sin embargo, los técnicos del
GATT y de la OMC tal vez
no han dedicado tiempo suficiente a explicar sus actividades y convencer a los
ciudadanos. Creo, por
consiguiente, que es urgente no sólo aumentar la
transparencia de los trabajos de
la OMC sino también iniciar un verdadero diálogo con todos los representantes de la
sociedad civil.
Es una tarea en la que la Comunidad Europea desea participar.
Profundizar la liberalización de los intercambios Permítanme ahora abordar el importante tema de la nueva ronda
de negociaciones multilaterales,
que podría denominarse la ronda del milenio. A nuestro entender, la mejor forma de
contribuir al
progreso de la liberalización multilateral es iniciar una nueva ronda. La experiencia demuestra,
en
efecto, que un enfoque mundial abre mejores perspectivas que un enfoque regional o sectorial. La
Comunidad Europea alienta por ello a todos a preparar activamente esas nuevas negociaciones, cuyos
objetivos deberían ser lo suficientemente diversos como para suscitar el mayor
interés.
Me permito alentar a los Miembros de la OMC a aplicar ese enfoque.
Bien sé -todos sabemos-
que hay otras formas de ver las cosas. No somos dogmáticos. La Comunidad Europea tiene
también
una lista de temas predilectos, cuya negociación prioritaria en el curso de breves negociaciones
puede
rendir los mejores resultados. Pero ¿es esto verdaderamente posible, habida cuenta de la
diversidad
de las preocupaciones de cada uno?
En el curso de una nueva ronda de negociaciones, la Comunidad
prevé que se aborden
especialmente el programa de trabajo, la cuestión del comercio y el medio ambiente, los temas
escogidos
en Singapur, los aranceles industriales y los obstáculos no arancelarios. Quiero destacar
igualmente
la importancia que la Comunidad atribuye a la Declaración de Singapur sobre normas
fundamentales del trabajo. Es preciso profundizar la cooperación con la Organización
Internacional del Trabajo, así
como, a mi entender, debe hacerse lo posible por cooperar con la Organización Mundial de la
Salud.
Esas pasarelas son necesarias para asegurarse de que todos los aspectos de cada cuestión se
analicen
adecuadamente, y de que en el proceso de adopción de las decisiones de la OMC se tengan
presentes
otras preocupaciones.
He evocado sucintamente algunas cuestiones que habremos de abordar.
Me permito reiterar,
para concluir, que la OMC es un instrumento esencial de estabilidad económica y de paz entre
las
naciones. Ahora que la crisis financiera en Asia ejerce sobre la economía mundial presiones a
veces
preocupantes, la OMC debe desempeñar plenamente su papel. Es más necesario que
nunca que los
Miembros de la OMC reafirmen su oposición a las medidas proteccionistas y se comprometan a
preservar
la apertura de los mercados y a profundizar en el proceso de liberalización multilateral.
Los éxitos del GATT, su capacidad para reformarse y adaptarse
después de 50 años y su andadura
hacia la universalidad constituyen sólidos factores de optimismo.
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