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Hace cuatro años, en Marrakech, el sistema multilateral
de comercio del que conmemoramos hoy el Cincuentenario conoció su
apoteosis, con el nacimiento de la Organización Mundial del
Comercio,
la OMC.
Fue un momento privilegiado para todos
nosotros, y fue para el
mundo una etapa decisiva en la construcción, todavía inacabada,
de una comunidad de naciones deseosa de hacer prevalecer el derecho sobre
los atributos del desnudo poder.
Permítaseme pues rendir homenaje aquí a todos aquellos
que, desde La Habana en 1947 a Marrakech en 1994, pasando por Punta del
Este en 1986, han sido los pioneros de nuestro sistema multilateral y los
actores de una mutación económica y comercial sin precedentes
en el curso de este siglo. Una mutación a la que estamos asociados
y que, cuando se haya concluido, hará predominar los valores de
solidaridad y las obligaciones de apertura sobre las tentaciones del unilateralismo
y de la razón del más fuerte.
Conmemoramos hoy el Cincuentenario de un sistema comercial nacido
sobre las ruinas de la segunda guerra mundial. Un sistema que ha
contribuido de manera decisiva a la reconstrucción de la economía
mundial y, más recientemente, a dar impulso a un período
excepcional de crecimiento económico, progreso tecnológico
y reequilibrio progresivo de la distribución de la riqueza y del
saber en el mundo. Un sistema, asimismo, cuya dinámica y lógica
multilateral han contribuido de manera decisiva a enterrar definitivamente
el pacto colonial y a perfilar las reglas de una interdependencia económica
entre las naciones basada en la igualdad de derechos y obligaciones para todos.
Este
sistema, y cada uno de los aquí presentes lo sabe bien, no se limita a la sola construcción jurídica y diplomática
de otro pilar fundamental de la economía mundial. Es en primer
lugar la expresión de un universo en mutación, que va a abordar
el próximo milenio con unos intercambios mundiales cercanos a la
cifra irreal de 10 billones de dólares, o sea casi la cuarta parte
del producto interno bruto mundial.
Un
universo, asimismo, en el que la aceleración de la innovación
en las tecnologías de la información terminará por
dar a la aldea mundial, la de los hombres, los intercambios y el saber,
una realidad irreprimible.
¿Permite esta constatación decir que todo va a pedir
de boca? ¡Por cierto que no! En un mundo en el que la
imagen y la información ya no tienen fronteras, la extrema riqueza
y la extrema pobreza son vecinas y se miran todavía todos los días
por pantalla de televisión interpuesta. Es necesario, pues,
tomar la justa medida de esta realidad y de los desequilibrios que persisten,
dado que, aunque la integración creciente de la economía
mundial ha sido globalmente el motor de un enriquecimiento mutuo, no es
menos cierto que una franja importante de la población está
aún excluida de los beneficios de la prosperidad alcanzada y de
los progresos realizados. Los países emergentes han ciertamente
experimentado una aceleración del crecimiento desde principios de
los años noventa pero, en un plano más general, los desequilibrios
persisten y se agravan. El producto interno bruto per cápita
en los países del G8 es todavía 40 veces mayor que el del
promedio de los habitantes de los países más pobres del planeta.
Admitámoslo: el proyecto global anhelado por los
pioneros de nuestro sistema continúa sometido a fragilidad por la
condición de esos centenares de millones de personas que no aceptarán
indefinidamente quedar persistentemente al margen del gran movimiento de
prosperidad y de progreso que dinamiza a la parte desarrollada de nuestro mundo.
Es verdad que el crecimiento y el desarrollo no se
decretan.
Pero también lo es que no son fatales la marginación y el
subdesarrollo.
Su Majestad el Rey Hassan II, Mi Augusto Padre, lo había
señalado oportunamente en su discurso de clausura ante la Conferencia
Ministerial de Marrakech, sugiriendo una mejor coordinación de la
acción del FMI, el Banco Mundial y la OMC. Proponiendo igualmente
la creación de un Grupo de Reflexión sobre los nuevos mecanismos
de globalización económica y comercial, en busca de una integración
más equitativa de los países del sur. Nos incumbe a
todos retomar la iniciativa en esa dirección.
Las recomendaciones hechas por Su Majestad Hassan II hace cuatro
años eran premonitorias, si se considera lo que acaba de suceder
en algunos países de Asia.
Hemos asistido con inquietud y aprensión,
impotentes, al
derrumbe en pocas horas de los frutos del empeño y el sacrificio
de varios decenios. Estos logros han sido borrados en parte por la
deriva y los desequilibrios del sistema monetario internacional, cuya organización
ha sido puesta una vez más a dura prueba. Son éstos
algunos ejemplos que constituyen otras tantas escorias del sueño
de los padres fundadores de nuestro sistema, para cuya solución
debemos hoy movilizarnos.
Hace exactamente 11 años que el Reino de Marruecos se adhirió
al GATT: la firma estampada el 18 de mayo de 1987 se inscribía
en la lógica y la coherencia de 30 años de construcción
paciente de una economía marroquí moderna, basada desde su
origen en la libre empresa, el respeto de la propiedad privada, el imperio
del derecho y la prioridad atribuida a la integración regional.
Esta estrategia lúcida, voluntarista y ambiciosa ha sido
posible y fructífera porque las opciones políticas y el proyecto
de sociedad trazados desde la independencia por Su Majestad Hassan II no
han variado nunca: una monarquía constitucional y parlamentaria,
fundada en el pluralismo político y sindical y en el respeto de
los derechos humanos.
Este
proceso, profundamente anclado en nuestras instituciones
y en nuestra cultura, ha alcanzado su plena madurez con la alternancia
democrática hecha realidad hace algunas semanas, y que constituye
un paso lleno de esperanzas y promesas para nuestra región.
Si hacemos referencia a esta dimensión del designio constructor
de Marruecos es porque hemos comprendido hace mucho tiempo que una liberalización
de la economía que no esté en armonía con un proceso
político coherente sería incompleta y vulnerable.
Sabemos igualmente que sin una vinculación a agrupaciones
económicas y comerciales que posean una masa crítica suficiente
sería difícil contemplar resultados duraderos en materia
de crecimiento y competitividad. Hay que interpretar en esa perspectiva
nuestra determinación de poner por obra un nuevo modelo de relaciones
con nuestro vecino del norte, la Unión Europea.
Al renunciar a la comodidad confortable pero precaria y limitada
de las preferencias unilaterales y optar por preferencias multilaterales
y recíprocas, Marruecos no ha elegido la facilidad sino unos resultados
que descontamos serán más sustanciales y perennes.
Somos plenamente conscientes de que esta vinculación a
Europa estaría privada de un elemento decisivo si no se apoyase
en una visión regional cuyo impacto y cuyas promesas no hay que
menospreciar. Ya se trate del Maghreb, del Oriente Medio o de África,
los progresos de la integración regional son indispensables e incluso
ineludibles para optimizar la situación creada por la aceleración
y profundización de la mundialización.
Fundada en la
historia, la geografía, la cultura, la lengua
y la religión, la región puede y debe ser para Marruecos
la plataforma privilegiada de una inserción fructífera en
la competencia global.
A partir y en virtud de su realidad
nacional, de la pertinencia
de sus opciones políticas y de la solidez y proyección de
su liderato, Marruecos tiene la legítima ambición de ser
protagonista del proceso multilateral y de la cooperación regional.
A partir de esta estrategia hemos determinado nuestro comportamiento
en tanto que país Miembro del GATT primero y de la OMC después.
Ustedes conocen el papel que hemos asumido en el seno de esta
institución, incluso en los momentos más difíciles.
Al frente del Grupo Africano o del Grupo de Países en Desarrollo,
o con ocasión de las negociaciones multilaterales. Marruecos
ha privilegiado siempre el diálogo y la comprensión y ha
contribuido a la formación del consenso que ha hecho evolucionar
el sistema multilateral hacia el nivel en que está situado hoy en
día.
Con ese espíritu Marruecos contribuyó a la elaboración
de un plan de acción integrado en favor de los países menos
adelantados, adoptado en Singapur, que permitió celebrar el año
pasado una reunión de alto nivel dedicada a concretar ese proyecto.
Las preferencias que Marruecos se comprometió a otorgar a esos países
en el continente africano se harán efectivos y se notificarán
a la OMC en el curso de las próximas semanas.
En la puesta en práctica de los compromisos que ha
suscrito,
Marruecos también ha velado por el escrupuloso respeto de todos
los plazos, permaneciendo fiel a la convicción de que una institución
universal, abierta a todos, en condiciones de acceso equitativas, podrá
garantizar a nuestro sistema comercial la previsibilidad, la transparencia
y la equidad sin las cuales el imperio del derecho no sería más
que ilusión.
El debate en curso en la OMC sobre la gestión del programa
de Marrakech y de Singapur, sobre su ampliación y sobre la metodología
de las negociaciones futuras no debería ocultar nuestros objetivos
estratégicos. A este respecto, todo lo que pueda contribuir
a una solución voluntarista de los desequilibrios y las dificultades
que he expuesto ante ustedes deberá figurar en un orden del día
abierto e innovador.
En esta perspectiva, Marruecos, apoyándose en sus logros
y en las enseñanzas de las negociaciones de la Ronda Uruguay, tiene
más que nunca la intención de desempeñar su papel
en la realización fecunda del futuro programa de acción de
la OMC y de continuar asumiendo con determinación las responsabilidades
que le corresponden.
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