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La pobreza, no el comercio, es la causa principal de las malas condiciones de trabajo y no
debe resolverse imponiendo sanciones sino mediante la expansión del
comercio, dijo el 28
de noviembre a los sindicalistas el Director General de la Organización Mundial del
Comercio, Mike Moore.
Haciendo
uso de la palabra en Seattle en la conferencia de la Confederación Internacional de
Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL) sobre la globalización y los derechos de los
trabajadores, el Sr. Moore advirtió que la "demonización de la globalización"
desvía la atención de las soluciones que necesitamos: promover el comercio para sacar de
la pobreza a los trabajadores de los países en desarrollo, y corregir la falta de
correspondencia que se observa en los países desarrollados entre las capacidades
profesionales que exige la nueva economía basada en los conocimientos y la falta de esas
competencias entre numerosos trabajadores.
La
conferencia de la CIOSL se celebró en vísperas de la Tercera Conferencia Ministerial de
la OMC, que se inaugura en Seattle el 30 de noviembre.
A
continuación se reproduce el texto completo del discurso.
Valoro
esta oportunidad de hacer uso de la palabra. Es la segunda vez en menos de un año que un
Director General de la OMC ha sido invitado a hablar ante la CIOSL. Entre tanto hemos
mantenido contactos e intercambios cada vez mayores a todos los niveles de nuestras
organizaciones, así como numerosas reuniones, privadas y sociales, con dirigentes y
representantes de esta Confederación y de algunas de sus filiales. Esto es reflejo de
nuestros intereses mutuos, y muestra la importancia de que en lo sucesivo continúe
nuestro diálogo.
Quise
este cargo porque veía en la OMC un medio para elevar los niveles de vida de los
trabajadores de todo el mundo. Creo también que la OMC tiene que ver fundamentalmente con
la solidaridad internacional, la interdependencia y la ruptura de barreras entre los
pueblos y entre las economías. Prosperidad y paz: eso es para mí lo que puede traer
consigo el sistema multilateral de comercio.
Nunca he
visto contradicciones entre el comercio y el trabajo, porque no creo que existan. Las
economías abiertas, por imperfectas que sean, han brindado más puestos de trabajo, más
oportunidades y más seguridad a más personas que sus alternativas. Los países que
profesan la apertura y la libertad han incrementado el ingreso real de sus trabajadores,
lo que a su vez ha elevado el nivel de las normas del trabajo y ha reducido la pobreza.
Los países que permanecen cerrados siguen siendo más pobres y subdesarrollados y
continúan aislados del mundo de los derechos y las libertades. Si una contribución hice
a mi país fue postular que comercio significa empleo e ingreso, ingreso imponible, para
solventar nuestros sueños de un mejor cuidado de la salud y una mejor educación.
Por eso
considero tan destructivos y engañosos el encarnizamiento y el divisionismo que
caracterizan al actual debate sobre comercio y trabajo. El debate es destructivo porque,
en muchos aspectos, es falso. Es destructivo porque encubre el consenso básico que existe
acerca de los problemas sociales con que se enfrentan todos los países en este mundo
interconectado, así como la necesidad de soluciones compartidas.
Por
doquier las familias quieren lo mismo: alguien a quien amar, un puesto de trabajo, un
lugar donde vivir y una esperanza.
¿Quién
apoya el trabajo de esclavos? ¿Quién el trabajo en las cárceles? ¿Quién desea que sus
hijos vayan a las fábricas en vez de ir a la escuela? ¿Quién de nosotros es inmune a
las perturbaciones sociales y económicas que trae la revolución tecnológica? Nadie.
La
mayoría de los 135 Miembros de la OMC son también miembros de la OIT. Representamos a
los mismos contribuyentes, los mismos gobiernos, los mismos electores. Todos estos
gobiernos tienen interés en mejorar sus normas sociales y laborales. Hay una conexión
profunda entre la libertad económica, política, social e industrial y el desarrollo
económico. Existe incluso el argumento de que la libertad es condición fundamental para
el éxito económico.
Todos los
Miembros de la OMC suscribieron en 1996 la Declaración de Singapur en la que se
comprometen a respetar las normas fundamentales del trabajo y a apoyar a la OIT, afirman
que el comercio contribuye a promover normas laborales de más alto nivel, se oponen a la
utilización de las normas del trabajo para fines proteccionistas y convienen en que no
debe cuestionarse en absoluto la ventaja comparativa de los países, en particular la de
los países en desarrollo de bajos salarios. En 1998 la OIT adoptó la Declaración
relativa a los principios y derechos fundamentales en el trabajo, en la que se reafirman
los principios básicos de la libertad de asociación, el derecho a la negociación
colectiva, la eliminación del trabajo forzoso, la abolición efectiva del trabajo
infantil y la eliminación de la discriminación en las prácticas de contratación y
empleo. Precisamente este año la OIT acordó prohibir las peores formas de trabajo
infantil, reconociendo al mismo tiempo que éste es en gran medida función de la pobreza
y que el crecimiento sostenido es la clave de la eliminación de sus formas explotadoras y
nocivas.
Todos
estos gobiernos son signatarios de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las
Naciones Unidas. Estos derechos no son propiedad de una organización, de una cultura ni
de un país, sino de todo el pueblo. Existe una presunción de que estos derechos son
europeos o incluso americanos. No lo son. Son derechos universales. Nadie se quejó de la
globalización cuando cayó el muro de Berlín o cuando se liberó Sudáfrica, ni cuando
los Coroneles volvieron a los cuarteles y resurgió la libertad. No. Los hombres y mujeres
de conciencia y compromiso de todas partes, desde el frente en Polonia y Sudáfrica hasta
la retaguardia en mi pequeño y verde país, y sospecho que aquí en Seattle, marcharon
manifestando su solidaridad con los pueblos oprimidos de Sudáfrica y Polonia. Eran los
sindicalistas quienes como internacionalistas desplegaban su solidaridad en pro de la
libertad en todas partes. ¿Por qué? Porque había valores universales en juego en todas
estas partes. ¿Deberíamos ahora desestimar sus necesidades de mercados y de puestos de
trabajo?
Hombres y
mujeres del movimiento sindical: debemos cumplir el mandato de Singapur y velar por que la
OMC y el OIT mantengan una buena colaboración. Mi predecesor, Renato Ruggiero, y yo hemos
estado en contacto constante con el Director de la OIT. He hablado con Juan Somavía y le
he asegurado que no quiero su puesto. Él me asegura que no quiere el mío. Ello es así,
en parte, porque no hay diferencias entre nosotros con respecto a la importancia vital de
promover las normas del trabajo y la necesidad de hacerlo por la persuasión, la
asistencia positiva, la obtención de puestos de trabajo y el crecimiento, incluido el
crecimiento a través del comercio. El desafío no es que una organización realice la
labor de todas sino que todas las organizaciones trabajen de consuno de un modo más
coherente. Llámense OIT, UNICEF, OMS, Banco Mundial, FMI u OMC, es necesario que aborden
estos problemas con cohesión. Ningún parlamento ni ninguna institución internacional
pueden eliminar mediante la legislación todos los males de nuestro planeta o todas las
desgracias, a menudo agravadas por malos gobiernos. No podemos tener aire puro en un solo
país, ni organizar nuestras pesquerías, ni siquiera administrar un sistema fiscal o una
compañía de aviación sin la cooperación de los demás. Juntos, en cambio, podemos
mejorar poco a poco las condiciones de los trabajadores y las familias.
No todos
quienes nos critican se equivocan. Nunca hemos tenido tanto como en esta época, pero
nunca nos hemos sentido tan inseguros. Una empresa anuncia un día los beneficios más
altos, y al día siguiente un millar de despidos. No podemos encontrar suficientes
trabajadores capacitados en sectores como la alta tecnología y en ciudades como Seattle;
empero, en otros sectores y en otras regiones los puestos de trabajo desaparecen para no
volver. Aun en las economías más dinámicas, como la de los Estados Unidos, vemos que
amplios sectores de la fuerza de trabajo pierden terreno o se enfrentan al desempleo. La
productividad se desconecta del empleo; el crecimiento, de la redistribución. La brecha
se ensancha, tanto dentro de los países como entre ellos.
La gente
quiere respuestas y una respuesta que oímos con insistencia consiste en echar la culpa al
comercio y a la globalización. El término "globalismo" se está convirtiendo
en una forma abreviada para referirnos a todo aquello que no nos gusta del mundo tal como
está. De la tecnología. Del temor de que los trabajadores extranjeros nos quiten
nuestros puestos de trabajo. De los países que no respetan las reglas del juego. O de los
tratados, normas y acuerdos que limitan la libertad de acción de nuestros propios
países. Esto es comprensible. Desde la revolución agraria hasta la revolución de la
información -pasando por la revolución industrial- cada gran período histórico de
transformación económica ha sido acompañado por la incertidumbre con respecto al
futuro, la decepción frente a nuestros líderes y la reacción ante el cambio. El actual
movimiento de cambio económico no constituye una excepción. Al comenzar el siglo, en mi
país el 80 por ciento de la población trabajaba la tierra; ahora lo hace menos del 10
por ciento, pero producimos muchas más fibras y alimentos. En la era de la información,
si todo lo que uno tiene para vender es un par de manos, sus posibilidades para el futuro
serán limitadas.
Esta
reacción ante la globalización entraña peligros que desatendemos a nuestro propio
riesgo. Es verdad que los beneficios de la economía mundial no están distribuidos
equitativamente, que nunca se gastará lo suficiente en educación para la salud o en los
ancianos. Está bien que los gobiernos soberanos tengan esta responsabilidad en cuanto a
las prioridades para los gastos, pero no se ayuda a los más vulnerables obstruyendo el
comercio, restringiendo la inversión y haciendo más pobres a las economías.
Consideremos las estadísticas: en los Estados Unidos, durante los últimos seis años,
las exportaciones han aumentado en un 51 por ciento, y ello ha representado más de un
cuarto de crecimiento económico. El comercio ha aportado casi 20 millones de nuevos
puestos de trabajo -puestos cuya remuneración es en promedio 25 por ciento superior a la
de los puestos no relacionados con el comercio-. Estas cifras indican que el comercio es
el aliado de los trabajadores, no su enemigo.
Lo que es
cierto para las economías avanzadas también lo es para las economías en desarrollo. La
imposición de sanciones comerciales -que empobrecen aún más a los países en
desarrollo- no impedirá que se haga trabajar a los niños. Ni elevará el nivel de
vida de sus familias. Todo lo contrario. La pobreza, no el comercio, es la causa principal
de las condiciones de trabajo inaceptables y de la degradación del medio ambiente. Y la
respuesta a la pobreza es más comercio y más actividad económica, no menos. La OCDE ha
llegado a la conclusión de que una nueva ronda de liberalización de los aranceles
podría impulsar la producción económica mundial en un 3 por ciento
-es decir en más de 1,2 billones de dólares- y los países en desarrollo serían
los más beneficiados. El PNB de la India aumentaría en un 9,6 por ciento, el de la
China, en un 5,5 por ciento, el de la región de África al Sur del Sáhara, en un 3,7 por
ciento. Y a medida que mejoran las condiciones de vida, también mejoran la educación, la
salud, el medio ambiente y las normas del trabajo. En las sociedades democráticas y
abiertas, el pueblo exige más. La innovación necesita libertad para prosperar, y en las
economías cerradas perecen tanto la esperanza como el crecimiento.
El otro
peligro que encierra la demonización de la globalización es que desvía la atención de
las soluciones que necesitamos. El principal problema que enfrentan los trabajadores de
los Estados Unidos y de otros países no es la competencia extranjera. Es la falta de
correspondencia entre las capacidades profesionales que exige una nueva economía basada
en los conocimientos y las capacidades que muchos trabajadores actualmente ofrecen al
mercado. Necesitamos preparar a nuestros niños -y sus padres- para afrontar el futuro, a
través de la educación, la capacitación y la asistencia para el reajuste. Los países
en desarrollo necesitan recibir más asistencia técnica, más ayuda a través de la
creación de capacidades, y un mayor acceso a nuestros mercados. La lucha por proteger el statu
quo podría brindar un refugio temporal. El proteccionismo puede salvar a corto plazo
algunos puestos de trabajo, sacrificando la inversión en nuevos puestos de trabajo para
terminar sin los nuevos ni los viejos. ¿Quién desea mantener el statu quo en la
medicina cuando sus hijos están enfermos? El statu quo es solamente el compromiso
con el pasado.
También
hay un lado más obscuro en esa reacción contra la globalización. Para algunos, los
ataques contra la apertura económica forman parte de un asalto más amplio contra el
internacionalismo: contra los extranjeros y la inmigración, o contra un mundo más
pluralista e integrado. La anti-globalización se convierte en el último capítulo del
antiguo llamamiento al separatismo, el tribalismo y el racismo, la visión de un mundo de
"ellos" contra "nosotros". Cuando yo era joven la palabra
internacionalismo era una palabra noble. También era una palabra que tenía un
significado real para los trabajadores. Tenían un contenido muy emotivo para nosotros las
antiguas canciones sobre la solidaridad internacional y la hermandad de todos los hombres.
Pero ahora, la idea de internacionalismo se ha convertido en algo que hay que temer o
atacar. Me preocupa que muchos de aquellos que sinceramente quieren un mundo mejor y más
justo se encuentren ahora alineados con quienes están contra el internacionalismo en
todas sus formas. Presumo que globalización es el último "ismo" que hay que
odiar.
Sé que
ustedes lucharán siempre por los intereses de los trabajadores. Los gobiernos vienen y
van pero el mundo del trabajo sigue adelante. Greenpeace promoverá los intereses del
medio ambiente y la Cámara de Comercio Internacional promoverá los intereses de las
empresas. ¿Y por qué no harían ustedes otro tanto? Es su obligación. En esto consiste
la democracia.
Pertenezco
a la primera generación de neozelandeses que no tuvieron que combatir en una guerra
mundial. Sabemos que la gran depresión causó el colapso del sistema mundial de comercio
porque los proteccionistas triunfaron entonces con los mismos argumentos que usan hoy. De
esa depresión vinieron la guerra y las tiranías gemelas de nuestra era, el fascismo y el
marxismo. Y las primeras personas que éstas encarcelaron fueron los sindicalistas
democráticos. Si aprendimos algo de la primera mitad destructora de este siglo, es que la
integración llevó al crecimiento económico, a la interdependencia y a valores comunes
compartidos que, a su vez, constituyen los ladrillos para edificar la paz. Necesitamos
volver a inventar los ideales de nuestros padres, de internacionalismo y solidaridad para
una nueva era de globalización, y ayudar a construir un consenso nuevo y equitativo en
torno al comercio y al trabajo para el pueblo trabajador de todo el mundo. El nuevo siglo
debe ser un siglo de persuasión y no de coerción, con un compromiso contraído a través
de normas y acuerdos multilaterales que nos permitan solucionar equitativamente nuestras
diferencias, sobre la base del derecho, y ese es el mandato de la OMC. No es perfecto,
puede ser mejorado, pero el mundo sería más inestable y más peligroso sin él.
Muchas
gracias.
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