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La OMC no es un gobierno
mundial, y nadie tiene ninguna intención de que lo sea. Sus decisiones son adoptadas por
Estados Miembros, y su trabajo es supervisado por Ministros que son, todos
ellos,
responsables ante sus respectivos gobiernos y pueblos, dijo el Director General Mike Moore
a las organizaciones no gubernamentales (ONG) al inaugurar el Simposio de Seattle sobre
las grandes cuestiones del comercio internacional en las primeras décadas del siglo
próximo.
El Sr.
Moore dijo que el mundo sin el sistema multilateral de comercio "sería un mundo más
pobre, con bloques rivales y política basada en la fuerza; un mundo de más conflicto,
incertidumbre y marginación". Añadió que "nuestro sueño debe ser el de un
mundo regido por la persuasión, el imperio de la ley y la solución pacífica de las
diferencias".
Se
adjunta el texto completo.
Una
década y media atrás se lanzó la Ronda Uruguay en un ambiente de apatía pública.
Nadie puede decir esto de Seattle, no cabe ninguna duda. Hemos pasado de la apatía a la
ansiedad e incluso a la ira, y no solamente me refiero a los manifestantes en las calles,
sino a las personas de todo el mundo que sienten que durante demasiado tiempo han estado
apartadas de los beneficios del crecimiento, y también me refiero a aquellos que temen
por su seguridad en una época de incertidumbre y de cambio.
Cuando la
gente -y especialmente los jóvenes- dicen que el desempleo es demasiado alto, tienen
razón. Cuando los sindicatos desean mejores salarios y condiciones de trabajo para los
trabajadores, tienen razón. Cuando los ambientalistas dicen que el crecimiento debe ser
sostenible -y no destruir el equilibrio ecológico del planeta- tienen razón. Cuando los
países en desarrollo dicen que no obtienen un acceso equitativo a los mercados ni
justicia económica, tienen absolutamente razón.
En primer
lugar, tengamos claro qué es lo que la OMC no hace. La OMC no es un gobierno mundial, un
policía planetario ni un agente de los intereses empresariales. No tiene ninguna
autoridad para decir a los países qué políticas comerciales -o cualquier otro tipo de
políticas- deben adoptar. No deroga las leyes nacionales. No obliga a los países a matar
tortugas o a bajar los salarios o a emplear a niños en las fábricas. En pocas palabras,
la OMC no es un gobierno supranacional, y nadie tiene ninguna intención de que lo sea.
Nuestras
decisiones deben ser adoptadas por nuestros Estados Miembros; los Acuerdos, ratificados
por los parlamentos, y cada dos años los Ministros se reúnen para supervisar nuestro
trabajo. Existe un poco de contradicción en el hecho de que afuera haya gente diciendo
que no somos democráticos, cuando aquí dentro más de 120 Ministros, todos elegidos por
el pueblo o nombrados por presidentes elegidos, deciden lo que haremos.
La OMC es
una organización internacional que actúa como mediadora en las diferencias comerciales,
trata de reducir los obstáculos entre los países y da expresión a los acuerdos. Como
dijo el Presidente Clinton, la globalización no es una opción política, es un hecho. La
globalización está dirigida sobre todo por el poder de la tecnología -por los
transportes más rápidos y menos costosos, por las nuevas comunicaciones, por la
creciente ingravidez de nuestras economías- los servicios financieros, las
telecomunicaciones, el espectáculo y el esparcimiento, y el comercio electrónico, que
constituyen una parte creciente del comercio mundial. También está guiada por los
valores comunes de la libertad, la democracia y el deseo de compartir lo que el mundo
tiene para ofrecer.
La
verdadera pregunta que deberíamos hacernos es si sería mejor dejar que la globalización
procediera sin trabas -dominada por los más fuertes y los más poderosos, regida por la
ley de la selva- o si sería mejor que fuera controlada por un sistema convenido de normas
internacionales ratificadas por gobiernos soberanos.
¿Cómo
se hará más estable la economía mundial si se socava su mismo fundamento de normas y
cooperación? ¿Volviendo al mismo sistema de bloques regionales y anarquía comercial que
contribuyó a precipitarnos a la guerra mundial en los años 30?
¿Cómo
ayudaremos a los países en desarrollo si cerramos nuestros mercados, restringiendo sus
exportaciones y agravando su marginación?
¿Cómo
se mejorará el medio ambiente mundial si se retrasa el crecimiento, distorsionando los
precios o subvencionando el consumo de recursos escasos?
Las
economías dirigidas tienen las peores consecuencias para el medio ambiente, para los
derechos humanos y para los puestos de trabajo, la educación y la salud. Y, de paso sea
dicho, los países totalitarios siempre representan una mayor amenaza para la paz.
¿Cómo
vamos a hallar puestos de trabajo para los desempleados, o vivienda para los desposeídos,
si hacemos más pobres nuestras economías y sociedades? Considérese lo siguiente: las
exportaciones han representado más de la cuarta parte del crecimiento económico de los
Estados Unidos en los seis últimos años, y casi 20 millones de nuevos puestos de
trabajo.
Los
Estados Unidos consumen hoy menos acero que hace 30 años. El comercio entre países no
puede hacer más daño al medio ambiente que el comercio dentro de los países. Las cosas,
desde luego, pueden estar mejor, y es por eso que ustedes y yo estamos aquí.
La OCDE
ha llegado a la conclusión de que una nueva ronda de liberalización arancelaria
incrementaría el producto de la economía mundial en un 3 por ciento -o sea en más de
1,2 billones de dólares- y los países en desarrollo serían los más beneficiados. El
PIB de la India crecería un 9,6 por ciento; el de la China, un 5,5 por ciento; el
del África al sur del Sahara, un 3,7 por ciento.
No quiero
dar a entender que el sufrimiento y los problemas relacionados con los cambios
tecnológicos y económicos no sean reales. Lo son. Y debemos abordarlos con las
políticas internas adecuadas: esa es la función de los gobiernos.
Recuerden
cuando cayó el muro de Berlín, cuando Nelson Mandela obtuvo la libertad, cuando se
desmembró el último imperio europeo, cuando los coroneles volvieron a sus cuarteles en
América del Sur. Del Congo a Camboya, de Polonia a Chile, todos celebramos estos valores
universales de libertad. Nadie condenó la globalización ni los ideales de libertad.
¿Por qué, cuando se disipa el humo, la gente elige la libertad? Ahora esos mismos
combatientes de la libertad están en Seattle, pidiendo una oportunidad para comerciar
libremente. ¿Van ustedes a decirles que los viejos tiempos y los métodos del pasado eran
mejores? Yo no. Estoy aquí para abrir las puertas a los hombres y mujeres de trabajo.
Quienes
se oponen y protestan ni son todos malos ni están todos locos. Muchos quieren mejorar la
OMC. Otros quieren capturarla para que refleje sus intereses, lo cual, supongo, es una
forma de halagarla. La mayoría busca un compromiso franco. El Fondo Mundial para la
Naturaleza, para no citar más que un ejemplo, ha hecho varias propuestas constructivas
con respecto a la mejora de la interfaz entre comercio y medio ambiente. Debemos escuchar,
reflexionar y luego actuar. Recientemente tomé la palabra ante la Confederación
Internacional de Organizaciones Sindicales Libres. También en este ámbito hay un
sorprendente grado de común entendimiento sobre la forma en que el comercio puede
contribuir a mejorar las normas del trabajo, y viceversa.
Si
elevamos los niveles de vida mejoraremos y promoveremos las normas del trabajo y los
derechos humanos y obtendremos mejores resultados para quienes son víctimas de la
enfermedad o tienen ansias de aprender.
El
comercio no es la panacea para todos nuestros problemas pero es parte de la solución. Es
posible que 50.000 personas se manifiesten contra nosotros en Seattle. Pero también hay
que recordar que más de 13 países -unos 1.500 millones de personas- quieren incorporarse
a la OMC. Saben lo que ésta ofrece y quieren ser parte de ella. Pregúntenles a ellos lo
que quieren.
¿Y qué
hay de malo en querer que China y Rusia formen parte de un mundo basado en normas? Es una
de esas grandes contradicciones que, mientras el mundo celebra la propagación de la
libertad política a través de Europa, África, Asia y Sudamérica, los espíritus
abiertos que aplauden estas libertades cierran con frecuencia su mente a las libertades
económicas que ofrece el comercio. Hay una contradicción entre aquellos que dan con
generosidad en la iglesia los domingos cuando hay una inundación o un terremoto en el
tercer mundo, y el lunes firman una petición para excluir los productos que crean los
trabajadores de los países afectados.
¿Por
qué luchamos en Seattle? Luchamos por un sistema multilateral de comercio que sea un
elemento esencial de la estructura de la cooperación internacional. Un punto de apoyo
firme en un mundo incierto. El mundo no sería un lugar más seguro sin las Naciones
Unidas, el FMI, el Banco Mundial o la OMC, pese a sus imperfecciones. El sistema del
GATT/OMC es una fuerza de paz y orden internacionales; una fortificación contra el
desorden. Esta es una razón suficiente para insistir en lo bien fundado de lo que estamos
haciendo.
También
luchamos para reducir la pobreza y crear un mundo sin exclusiones. Todos queremos un mundo
más justo, un mundo de oportunidades al alcance de todos. Pregunten a la madre con un
hijo enfermo que busca la mejor opinión médica del mundo, venga ésta de Boston, Oxford
o Johannesburgo. Cuando yo era muchacho, habría hecho falta un año de salario de un
obrero para que éste pudiera comprar la Enciclopedia Británica a sus hijos. Hoy en día,
es gratuita en Internet. ¿Quién quiere ir a ver a un dentista cuya tecnología esté
atrasada 20 años? Piensen en lo que están haciendo la tecnología y la ciencia en pro de
la educación y la salud.
Ya no son
aplicables las antiguas divisiones norte-sur, o izquierda-derecha. Lo que hoy nos divide
es la diferencia entre los que acogen satisfechos el futuro y los que le temen.
Actualmente forman la OMC 135 países, frente a los 23 que negociaron el GATT en 1948.
Ninguno de estos países quiere menos comercio, menos inversiones, menos puestos de
trabajo, tecnología o investigación. No; quieren para sus familias lo mismo que queremos
nosotros.
Por
último, luchamos para crear un mundo que sea más abierto e interdependiente, un mundo de
menos barreras y mayor libertad. Hace más de 35 años el Presidente Kennedy nos recordó
que "la libertad es indivisible". Deben recordarlo todos aquellos que desean
volver a levantar muros entre nosotros. Claro está que la libertad económica no es la
única libertad, pero es parte indispensable de todas las otras libertades que
consideramos importantes: la libertad de palabra, la libertad de conciencia, la libertad
de elección y de oportunidad.
Existe un
fuerte postulado según el cual la libertad económica, social y política es condición
básica para el desarrollo.
Empecé
preguntando cómo sería el mundo sin el sistema multilateral de comercio. Permítanme
contestar mi propia pregunta: sería un mundo más pobre, con bloques rivales y política
basada en la fuerza; un mundo de más conflicto, incertidumbre y marginación. Una parte
demasiado grande de este siglo ha sido marcada por la fuerza y la coerción. Nuestro
sueño debe ser el de un mundo regido por la persuasión, el imperio de la ley y la
solución pacífica de las diferencias por medio del derecho y la cooperación. Seattle,
pues, deberá recordarse con confianza, si, como postulamos, la libertad económica y
política significa niveles de vida más altos y un mejor estilo de vida. Esperemos que
nuestra visión del nuevo siglo corresponda a la de nuestros padres, quienes, tras superar
la depresión y la guerra, nos crearon a nosotros y a nuestras instituciones.
Honrémoslos. Gracias.
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