
Una nueva ronda de negociaciones comerciales amplia
y equilibrada redundará en interés de todos, porque
todos tenemos en juego cuestiones vitales para los
respectivos países, dijo Moore. En particular,
preconizó la supresión de obstáculos comerciales a las
exportaciones de los países más pobres, enfrentados a
la amenaza de quedar aún más a la zaga en la economía
mundial.A
continuación se reproduce el texto completo de la
alocución inicial del Sr. Moore.
Alocución
del Sr. Mike Moore, Director General, en la Tercera
Conferencia Ministerial de la OMC, 30 de noviembre de
1999
Distinguidos
invitados:
Quisiera
empezar por rendir homenaje a nuestro anfitrión, los
Estados Unidos de América, por la prudencia, iniciativa
y vigor que ha demostrado al acoger esta importante
Conferencia.
Merecen
nuestro reconocimiento la Presidenta, Charlene
Barshefsky, que dirigirá nuestros trabajos durante los
próximos días, y la Secretaría de la OMC, por su
dedicación y profesionalismo.
En
nombre de todos ustedes deseo dar las gracias a la ciudad
de Seattle, que nos alberga, así como a sus dirigentes y
a su pueblo. Antes nadie creía que esta Conferencia
fuese a atraer tanta atención: 50.000 huéspedes, muchos
de los cuales incluso han sido invitados.
Señoras
y señores:
Esta
Conferencia está condenada: condenada al éxito. A pesar
de las diferencias que hay entre nosotros dentro y fuera
de esta sala, la OMC saldrá airosa, pues es demasiado
importante para fracasar. Hay demasiadas cosas en juego.
Es cierto que nos enfrentamos con problemas en Ginebra.
Un muro de oportunidades insuperables. No nos
fue posible obtener un texto único convenido para
presentar a los Ministros. Así sucedió también en
otras ocasiones en que se iniciaron rondas.
La
OMC es una organización nueva. Representamos a 135
gobiernos soberanos, de todas las regiones, todas las
culturas, todas las etapas de desarrollo. China se
apresta ya a unirse a nosotros, y muchos otros países
esperan su turno con impaciencia. Puede ser que haya
50.000 personas fuera del Centro de Conferencias pero
tenemos 1.500 millones de personas que desean adherirse.
Todos
nos damos cuenta de que ningún país puede disfrutar de
un agua y un aire puros, ni puede administrar una
compañía de aviación, ni siquiera organizar un sistema
fiscal o aspirar a frenar o curar el SIDA o el cáncer,
sin la cooperación de los demás.
Cuando
cayó el muro de Berlín, cuando Nelson Mandela obtuvo la
libertad, cuando los coroneles volvieron a los cuarteles,
el resto del mundo aplaudió. Aplaudió los valores
universales de la libertad política y económica. Nadie
lanzó entonces gritos, maldiciones ni improperios acerca
de los males de la globalización.
Cualquier
madre con un hijo enfermo desea para él lo mejor que
pueda ofrecer la ciencia en el mundo; nadie quiere una
tecnología antigua cuando va al dentista. Nadie se queja
en estos casos de la globalidad o universalidad de los
valores.
Tengo
cierta afinidad con algunos de los manifestantes que
protestan fuera. Ni son todos malos, ni están todos
locos.
Tienen
razón cuando dicen que quieren un planeta más seguro,
más limpio y más sano. Están en lo cierto cuando piden
el fin de la pobreza, más justicia social, mejores
niveles de vida.
Se
equivocan cuando culpan a la OMC de todos los problemas
del mundo. Se equivocan especialmente cuando dicen que
esta casa no es democrática. Los Ministros están aquí
porque así lo han decidido sus pueblos. Nuestros
acuerdos deben ser ratificados por los Parlamentos. Esta
es una Conferencia Ministerial.
Sé
que en gran parte el denominado punto muerto
de Ginebra es táctico. La sugerencia de un país en
desarrollo de detener los progresos sobre el comercio
electrónico hasta que se logre una mejor fórmula con
respecto a la aplicación suena muy bien en Ginebra. Pero
rechazar el comercio electrónico es el equivalente
moderno de resistir los ferrocarriles, las carreteras y
la electricidad. Lo bueno de este conjunto equilibrado
que terminaremos por concretar es que todos deben ganar.
En
Ginebra, durante más de un año hemos trabajado en la
preparación del terreno para las nuevas negociaciones y
en el establecimiento de nuestro programa de trabajo para
el futuro. Los representantes de los Ministros aquí
presentes han trabajado muy duramente y se han hecho
progresos.
Pero
la realidad es que no hemos podido zanjar nuestras
diferencias. En tres oportunidades pedimos a las
capitales más flexibilidad para poder llegar a un
acuerdo. Pero en las tres oportunidades se decidió no
dar más libertad de acción a los Embajadores. Ustedes
adoptaron esa decisión. Ustedes decidieron que
determinadas cuestiones solamente podían resolverse en
Seattle. Lo comprendo. Ustedes son Ministros, ustedes
fueron elegidos, la responsabilidad en última instancia
les corresponde a ustedes.
Todos
reconocemos, en el fondo, que una nueva ronda de
negociaciones comerciales amplia y equilibrada redundará
en interés de todos nosotros, porque todos tenemos en
juego cuestiones vitales para los respectivos países.
Muchos
países en desarrollo están experimentado dificultades
para poner en aplicación algunos de los compromisos
contraídos en la OMC, y desean que esas dificultades
sean atendidas antes de asumir nuevas obligaciones. Y lo
que no es menos importante, necesitan un mayor acceso
para sus exportaciones. Estas cuestiones son
especialmente acuciantes para los países en desarrollo
más pequeños y más vulnerables.
Algunos
países dependen de las exportaciones agrícolas y desean
el tipo de acceso que a su juicio les ha sido negado en
las rondas anteriores. Otros desean que se formulen
nuevas normas en esferas tales como el comercio
electrónico, las inversiones, la política de
competencia, la transparencia de la contratación
pública y la facilitación del comercio. Y también
están aquellos que creen en la necesidad de comenzar a
examinar la relación entre el comercio y las cuestiones
sociales para dar a la globalización un rostro humano.
No
deben postergarse las preocupaciones de los países menos
adelantados. ¿Qué costo real representa para las
naciones más ricas la supresión de los obstáculos a
las exportaciones de esos países sabiendo que no son
sino un 0,5 por ciento del comercio mundial? Si no
podemos efectuar esta pequeña concesión a los más
pobres de nosotros, ¿qué cabe entonces esperar de
nuestro gran compromiso de eliminar la pobreza en el
siglo XXI? La globalización no amenaza a los países
menos adelantados. La amenaza que sobre ellos se cierne
es la de desglobalización, al quedar
excluidos de la economía mundial y cada vez más a la
zaga. La culpa no es del sistema de comercio. Los propios
gobiernos tienen responsabilidades. Algunos gobiernos
pagan hasta nueve veces más para el servicio de la deuda
que para la salud. El implacable peso de la historia
está asfixiando a numerosos gobiernos Miembros.
Tienen
ante ustedes un orden del día ingente. Algunos alegan
que debería reducirse, ser más manejable, menos
controvertido. Pero ¿qué intereses estaríamos
promoviendo? ¿Los de quiénes estaríamos dejando de
lado? ¿Y cuál es el momento oportuno para abordar los
temas difíciles? ¿El año próximo? ¿Otra Conferencia
Ministerial? ¿La próxima Ronda? El riesgo de crisis
financieras o el de una mayor marginación de los pobres
no son desafíos de un futuro lejano que podamos
contemplar con desprendimiento o con una óptica
académica. Ya están aquí con nosotros. Están
planteados en Seattle, lo queramos o no. Y exigen
respuesta.
Piensen
solamente hasta qué punto estamos interrelacionados. La
cuarta parte de la producción mundial atraviesa
actualmente fronteras nacionales, y esta proporción es
aún mayor en el caso de los países en desarrollo: casi
el 40 por ciento de su PIB. Los países en
desarrollo necesitan igual que los demás un sistema de
comercio mundial seguro y estable. Necesitan una apertura
mayor, no menor. Normas más estrictas, y no más
endebles. Al igual que todos, necesitan nuevas
negociaciones comerciales para ampliar sus mercados,
abrir sus propias economías y realizar reformas. En
ellos reside el futuro de la economía mundial. Son los
clientes del futuro, y los niveles de vida de las
naciones ricas dependerán en el siglo próximo del poder
adquisitivo de las naciones más pobres.
Soy
optimista. Confío en que más allá de nuestras
diferencias inmediatas existe una amplia coincidencia
acerca del tipo de negociación equilibrada que se
necesita. Pero también tengo conciencia de los errores
que pueden cometerse. Los pasos en falso o los
malentendidos aún pueden convertir en fracaso la
victoria que está al alcance.
El
costo del fracaso es elevado. Los pobres no
pueden esperar; la ciencia y la tecnología no
van a esperar.
A
mi juicio la idea es simple. La primera mitad de este
siglo ha estado caracterizada por la fuerza y la
coacción. El próximo siglo deberá estarlo por la
persuasión y no por la coacción. Un siglo en que los
Estados resuelvan sus controversias por medio del
derecho, ese gran nivelador. Un siglo dotado de un
mecanismo vinculante para resolver las diferencias; un
siglo marcado por el compromiso y la interdependencia.
Soy
de un país pequeño pero no considero que lo que estamos
haciendo aquí sea una amenaza para nuestra soberanía.
La interdependencia es, a mi juicio, una garantía de
nuestra soberanía y seguridad. Los pequeños, los
vulnerables y los más pobres entre nosotros necesitan,
más que muchos, de nuestra Organización y del éxito en
Seattle.
Recuerdo
un certero comentario de Julius Nyerere; decía que, así
como antes la riqueza de cada aldea dependía del poder
de compra de la aldea vecina, así ocurre hoy con las
naciones. Nuestros padres aprendieron con la experiencia
de la gran depresión, que se hizo más profunda y
dañina con la imposición de obstáculos al comercio, de
los que se derivaron las tiranías gemelas de nuestra
época, el fascismo y el marxismo, y, por consiguiente,
la guerra: la guerra armada y la guerra fría.
Se
juraron que no volvería a suceder, y crearon una
estructura internacional que comprendía las Naciones
Unidas, el FMI, el Banco Mundial y el GATT, ahora la OMC,
a fin de lograr ese objetivo pacífico y esa noble
visión.
¿Somos
tan buenos como nuestros padres? ¿Podemos ver más allá
de las estrechas instrucciones que se escriben en las
distantes capitales?
Lo
que hay que decidir es si nos adentramos decididamente en
el próximo milenio con confianza, compasión y visión o
avanzamos con dificultad atrapados en una marisma de
indecisiones y paralizados por intereses creados. Les
pido que piensen en esos valientes hombres y mujeres de
la década del cuarenta y en otros que más recientemente
hicieron caer los muros de la opresión política y
económica.
Piensen
con comprensión en aquellos que, de todas formas, nunca
han tenido mucho. Aquellos que han venido aquí desde los
países más pobres, las islas y valles más lejanos y
que simplemente quieren una oportunidad. No desean
favores, sino una oportunidad.
Si
queremos que Seattle sea un fracaso, simplemente no
tenemos que hacer nada. Podemos volver a las capitales
sin que nuestros intereses se hayan visto afectados por
ningún compromiso. Podemos decir a los ciudadanos de
nuestros países que defendimos su postura hasta en los
más mínimos detalles. Pero ¿qué significaría eso?
¿Aplaudiríamos que se haya impedido a los países en
desarrollo obtener un trato más equitativo, que se deje
un mundo más inseguro e inestable, que se haya parado el
progreso? Sería lo mismo que aplaudir que Europa NO se
hubiera ampliado. Sería como alegrarse de que se
estuviera construyendo un nuevo muro de Berlín.
Pronto
se iniciará un nuevo año, se iniciará un nuevo siglo,
llegará un nuevo milenio. Recibámoslo con confianza. Yo
lo hago, porque hay demasiado en juego para que
titubeemos, seamos tímidos o fracasemos.
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